El Secreto de Emma. Tomo I.V "Extractos"

CAPÍTULO 11. METAMORFOSIS

Días después en México, la mansión Jiménez resplandecía bajo lámparas de cristal, el lugar se había vestido de gala; el ambiente se impregnaba del sonido de la música; camareros se deslizaban silenciosamente entre las mesas rellenando las copas de champán y sirviendo una deliciosa cena gourmet; el jardín estaba iluminado como un teatro, y las risas de políticos y empresarios flotaban entre copas de champaña. Aquella noche festejaban los quince años del hijo mayor de los Jiménez. En una mesa lateral, los hermanos Méndez departían como los invitados especiales de David.

La celebración casi había terminado cuando los hermanos discutían.

- Deja esa actitud tan patética Leon. - Lo regañó su gemelo. Al verlo cabizbajo. Leonardo había querido levantarse de la mesa desde que habían llegado. Su actitud apática había puesto a Leobardo de mal humor.

- Vamos, Leo. Déjalo. - Trató de mediar Gerardo.

- Arruinará todo. David no necesita a este tonto, pensando en aquel idiota. - Reprochó Leobardo. Leo alcanzó a ver a su amigo de reojo acercarse. - Shhh. Ahí viene.

- Lo siento chicos. - Se disculpó David, acercándose algo sofocado.

- No te preocupes. - Le respondió Gerardo. - Nuestros padres ya se fueron. Gracias por ofrecernos quedarnos.

- Ten. Debes estar cansado. - Leobardo le ofreció un vaso con agua. David bebió con ansia.

- Al contrario, espero que se la hayan pasado bien. Discúlpenme por no poder pasar mucho tiempo con ustedes. Saben que de ser por mí. La fiesta sólo sería entre nosotros cuatro, pizza y un buen videojuego. - Dijo dejándose caer en una de las sillas. - Ah… Me duelen los pies. - Se quejó, mientras se quitaba los zapatos.

- ¿Como no? Esa chica Aranzambula, no te soltaba. - Comentó Leobardo en burla. - Realmente se ha puesto la meta de conquistarte. - Añadió sonriente.

- Sí. - Respondió David, rodó los ojos, reprochando aquella idea.

- Joven Jiménez - Saludó, un hombre alto, de cabello rizado y ojos azules.

- Señor Canul. - David se puso de pie de un brinco. Algo avergonzado por la falta de zapatos. Los Méndez lo reconocieron, era Lucas Canul, el abuelo de Emma.

- Jóvenes. - Saludó a los hermanos, inclinando la cabeza. Gerardo se levantó.

- Buenas noches. Gusto en saludarlo. - Gerardo extendió la mano derecha y con la otra le hizo un gesto a Leobardo para que ayudara a David a colocarse los zapatos. - ¿Cómo ha estado? Hace tiempo que no nos vemos. - Entabló conversación el mayor de los Méndez para darle tiempo de alistarse.

- Bien, llegué un poco tarde. Justo en el momento en que sus padres salían, me temo que no alcancé a saludarlos. Podría darles mis saludos, por favor. - Señaló el hombre con amabilidad.

- Claro, señor. - Cuando David estuvo listo se paró a su lado.

- Excelente. - Gerardo al notar su presencia, le cedió la conversación, retirándose junto a sus hermanos. - Joven Jiménez, quería felicitarlo personalmente a nombre de toda mi familia. - Dijo, estrechando la mano de David. El corazón del muchacho se detuvo al escucharlo. El recuerdo de Emma le perforó el pecho como una penetrante y dolorosa punzada. Leobardo le dio un leve golpe en la espalda para que reaccionara.

- Eh… sí, por supuesto, muchas gracias. - Balbuceó el muchacho.

- Tenía la intención de felicitar a su hermano, pero temo que llegué tarde para hacerlo. - Al escucharlo, Leonardo se levantó bruscamente. Leobardo iba a detenerlo, pero Gerardo se lo negó, tocándole el hombro y yendo tras él en su lugar.

- Ah, no. Lo siento señor Canul. Mi gemelo, está en un campamento de verano, fuera de la ciudad. - Respondió David, incomodo de tener que disculpar a su hermano.

- Oh, que lastima. - Lucas sonrió cortésmente. - Hacía tiempo que no lo veía y deseaba darle mis mejores deseos. La celebración estuvo excelente…

***

Dentro de la casa, Gerardo alcanzó a Leonardo en la escalera que daba hacia la recámara de los gemelos Jiménez.

- ¡Leon! ¿Qué haces?

- Nada. - Dijo soltando el barandal y dándose la vuelta. - Sólo… creí que tal vez Rick aparecería. - La mirada de Leonardo se llenó de lágrimas. Gerardo lo tomó de los hombros.

- Sabes que aún no ha vuelto de su viaje. Oíste a David. Además, sabes que él y tu no pueden verse.

- Sí, lo sé. - Susurró Leon, apretando los puños. - Es… sólo que… - Leon lanzó un suspiro. - Que él amaba arruinar estas fiestas. Creí que… tal vez, sólo hoy podría verlo. Aunque sea un momento. Escucharlo reír, mientras huía después de arruinar todo, como solía hacerlo. - Leonardo sonrío al recordar aquellos momentos. Pero su sonrisa se quebró pronto, al estallar en llanto. Leonardo se abrazó a su hermano mayor. - Gera… Lo extraño. Además… - Leon apretó los labios para no decirlo. - <<Sé que nadie celebrará su cumpleaños.>> - Pensó.

***

Mientras afuera en el jardín David terminaba la conversación con el señor Canul.

- En fin, Me retiro. - David hizo alusión de acompañarlo. - No se moleste conozco la salida. Agradezco mucho la invitación. Le deseo lo mejor para este año que comienza. - Se despidió jovialmente.

- Sí, le agradezco mucho. - Se despidió David de la misma forma. Cuando el señor Canul estuvo fuera de su vista. Leobardo se acercó a David. Su amigo, se había quedado inmóvil, en silencio.

- ¿Estás bien? - Preguntó Leo preocupado. David respiró hondo, como si tratara de desprenderse de una enorme carga.

- Sí. Sólo vinieron demasiados recuerdos de golpe en mi mente. Eso es todo. - Respondió con un suspiro. El semblante de David se notaba acongojado.

- Tranquilo. - Leobardo le dio un abrazo fraternal. - Vamos. - Leobardo le dio un pequeño golpe en la mejilla. - Necesitas tomar un baño y descansar. Mañana te espera el segundo round con nosotros. - Dijo apresurándolo.

- Sí. - David sonrió débilmente. Trató de cambiar el tema. - Aun me matan los pies. - Se quejó.

Mientras caminaban hacia la casa, el eco de la fiesta se desvanecía, el personal de limpieza comenzaba a recoger la cristalería y la mantelería manchada. A lo largo del camino, David repasaba la conversación del señor Canul. El hombre había sido muy cuidadoso para no mencionar a Emma. Eso lo confirmaba… ella no volvería. Miró al suelo, con pesar, mientras la conversación de Leobardo, sonaba lejana. Y contra toda su lógica un pensamiento lo persiguió en silencio: <<Emma, ¿Qué estarás haciendo ahora?>>




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