Al abrir los ojos, todo era de un blanco conocido. El zumbido de un monitor le martillaba los oídos, el olor del desinfectante del hospital le hería los sentidos. Enrico parpadeó con dificultad, sintió el pecho pesado, extraño. Ilena oraba a sus pies, en silencio, con los dedos entrelazados y los labios temblorosos. Mientras, André dormitaba en un sillón en la habitación, con el bastón apoyado en las rodillas. Strozzi la llamó por su nombre con voz torpe y ronca. Todos lo miraron de inmediato
- ¡Papá! - Dijo Ilena con la voz temblorosa, abrazándolo con tiento, conteniendo las lágrimas. André se incorporó, al verlo consciente, le sonrió con un alivio que le nubló los ojos.
- Llamaré al médico. - Dijo antes de salir de la habitación.
- ¿Qué sucedió? - Preguntó con un susurro y los labios resecos.
- Tuviste un infarto, mientras hablabas con Joss. Los médicos de la casa pudieron estabilizarte, mientras te traíamos al hospital. - El nombre de Joss lo trajo todo de vuelta: la discusión, el sobre, la ira, el anillo. Alarmado se tocó el pecho.
- No debes moverte. - Advirtió Ilena, preocupada. - Te quitamos las joyas.
Ilena le mostró una bolsa transparente que estaba sobre una mesa cercana. Dentro, entre un reloj, una cadena y varios anillos, descansaba intacto el anillo de la corona. Por un momento, Enrico contuvo la respiración, sorprendido de verlo: Joss… Ricardo no lo había tomado.
- ¿Y Joss? - Preguntó con un hilo de voz. El semblante de Ilena decayó al escucharlo.
- Se fue… Cuando los doctores dijeron que estabas estable, volvió a casa, dejó un recado y se marchó. Dijo que debía hacer algo importante y que debía irse… sólo eso... - Dos lágrimas cayeron de las mejillas de Ilena.
Enrico, sintió cierta tranquilidad al oírla. Enrico se quedó en silencio, mirando al cielo por la ventana, recordando a aquel muchacho. Una sonrisa cansada se dibujó en su rostro. <<Tal vez no está tan perdido. >> Se dijo para sí.
***
Eran cerca de las tres de la mañana cuando el avión donde viajaba Ricardo y José sobre volaba la Ciudad de México. José durmió profundamente la mayor parte del viaje, pero Ricardo apenas y había podido cerrar los ojos. Cada vez que el sueño lo alcanzaba, regresaba a ese instante: el viejo Strozzi desplomándose frente a él, el anillo de la Corona brillando a sus pies y aquella palabra “cobarde” susurrándole al oído, una y otra vez. <<No pude hacerlo… No pude tomarlo…>>
Después de dar la alerta, había escondido los documentos bajo su chaqueta, la misma que ahora llevaba puesta. Bajo ella, apretaba contra el pecho el sobre que lo había delatado.
Cuando aterrizaron, José rentó un coche para llevarlos directamente al Corral. Las luces brillantes de la ciudad cruzaban fugaces frente a sus ojos, llenando a Ricardo de nostalgia. Los recuerdos de su estadía en Alemania no paraban de agobiarle, al estar sentado en la parte trasera del auto Ricardo, volvía a vivir su tiempo como Valet Parking; cuando conoció a Ilena, a André y al viejo Strozzi. Pero eso había terminado, Joss había muerto. Ahora, sólo quedaba Ricardo Jiménez Otero, un chico de 15 años; hijo de Berenice Otero, dueña de NeoTecMex; desheredado, excluido como paria y rebajado a ser un vulgar ladrón que luchaba por recuperar lo que perdió… El Rubio Loco.
Un nudo le apretó la garganta y comenzó a temblar.
- José, llévame a casa. - Ordenó, con la voz ronca. José lo miró de reojo desde el retrovisor; dudó en decir algo, pero prefirió callar.
- Como ordene jefe. - El auto cambio de rumbo en la siguiente esquina.
José, veía furtivamente a su jefe. Horas antes, apenas había podido abordar el avión. Cuando llegó al área de abordaje José ganaba tiempo para detener el vuelo. El encargado del avión estaba molesto cuando avisaron de la llegada de aquel pasajero retrasado. Cuando Ricardo apareció jadeaba, tenía el rostro pálido y estaba empapado de sudor; sus ojos estaban húmedos y su semblante lleno de dolor. Había corrido hasta el último minuto. Al verlo en tal estado, el encargado no le riñó con él, con sólo verlo, podías saber que algo grave había pasado.
Una vez a bordo, su jefe parecía a ver retomado aquella actitud altiva y despreocupada que lo caracterizaba. Se disculpó con cortesía, por las molestias que le había causado, se colocó unos lentes oscuros para dormir y guardó silencio el resto del viaje. José sabía que algo pasaba, pero no tenía el valor para preguntárselo directamente.
La mansión Jiménez estaba completamente en silencio cuando arribaron. Ricardo bajó del coche, mientras José bajaba el equipaje. El aire comenzaba a sentirse fresco, el verano agonizaba y el frío del otoño anunciaba su llegada. Ricardo permanecía inmóvil, observando aquel imponente edificio con las luces apagadas, había pasado tanto tiempo… desde la última vez que había estado ahí. El aroma que precede a la lluvia lo rodeó. Cerró los ojos, por un momento esperaba escuchar el movimiento del agua de la fosa que rodeaba la mansión de los Strozzi. Aquella molestia en el pecho se tornó en un enorme vacío. Debía ser realista aquel lugar hacía tiempo que no se sentía como un hogar, nada en esa ciudad, ni la escuela, ni el Corral, nada lo era. Sólo… Leo… Leonardo siempre había sido su salvavidas cuando todo se desmoronaba. Leo lo anclaba al mundo, pero… Leonardo y él… nunca más. Ahora, ni siquiera eso le quedaba. El dolor se volvió insoportable, sentía como le quemaba el alma de manera insoportable. Ricardo salió corriendo del estacionamiento. José iba a llamarlo, pero una ligera lluvia comenzó a caer, debía resguardar el equipaje.
El eco del timbre resonó por toda la casa. Al abrir los ojos, percibió el ruido de una ligera llovizna golpeando las ventanas y nuevamente el eco del timbre resonó. Segundos después una mujer regordeta bajaba lentamente por la escalera.
- Voy, voy. - Gritó apurada una voz somnolienta.
Mientras buscaba las llaves de la casa, dio un vistazo al enorme reloj junto a la puerta. Eran casi las 4 de la mañana. <<Vaya que poco he dormido>> Pensó. - Ya voy espera. - Dijo mientras abría los cerrojos.