Al siguiente sábado, comenzaba la tarde en la ciudad de México. Henrick esperaba en el despacho privado de un restaurante, en medio de la ciudad. Desde el primer piso, miraba atento por el ventanal hacia el jardín viendo el ir y venir de los meseros, marcado por las órdenes de los comensales que llenaban las mesas como una granja de hormigas.
Un hombre delgado embutido en un traje holgado con saco a cuadros negro con rojo, chaleco a rayas del mismo color, camisa beige y una enorme corbata colgante color rojo brillante, entró por la puerta. Henrick, no podía dejar de sentir incomodidad al ver a Hugo vestir como un payaso, arruinando a su paso cualquier toque de distinción construido a su alrededor, pero era bueno en su trabajo y traía buenas noticias.
La puerta se cerró de golpe detrás de él, custodiada por dos hombres que vigilaban la entrada. Un hombre con un montón de instrumentos sobre una mesa aguardaba en silencio, mientras Henrick estaba parando en el ventanal tras su escritorio, esperándole.
- ¿Y Loco?
- Se disculpa con usted, Jefe. - Respondió Hugo, acomodándose la enorme corbata. - Le sentó muy mal el cambio de horario. Volvió a casa a descansar, después del vuelo. Pero me pidió entregarle esto. - Extendió un pequeño sobre. Henrick parecía inexpresivo, pero se le había cortado la respiración y sus ojos delataban su emoción de ver cumplido aquel encargo. Con la cabeza le hizo un gesto a Hugo para que entregase el sobre al hombre que aguardaba sentado en la mesa.
Aquel individuo abrió el sobre con minuciosidad y con ayuda de unas pinzas sacó un anillo de oro blanco con diamantes alrededor de un zafiro azulado. Henrick exhaló, de forma imperceptible. El hombre lo colocó en una pequeña balanza y comenzó a analizarlo.
Hugo al ver tal parafernalia se sintió ofendido, pero comprendía su desconfianza. Sobre todo, después de haber visto al Rubio Loco cubierto de lodo y llorando como un niño dentro de la camioneta, mientras huían hacia el aeropuerto de Berlín. Aquella misión había sido demasiado personal para él. Y Henrick lo sabía.
Cuando el gemólogo alzó la vista, después de revisar con el cuentahílos, tornó la mirada hacia Henrick y asintió. Henrick no pudo ocultar su sonrisa.
- Excelente. Excelente Hugo. - Dijo Henrick mientras daba una palmada en el aire a manera de celebración. - Sabía que juntos no habría fallas. Me encantaría escuchar los detalles después. Dile a Loco que, en cuanto pueda, se pase al Corral. Aunque esté de vacaciones, conozco su debilidad por el whisky de la barra. - Henrick encaminó a Hugo hacia la salida tomándolo de los hombros. La felicidad se le escapaba por la voz. Uno de los guardias les abrió la puerta. - Lo acordado estará en sus cuentas a más tardar el lunes y tres meses de vacaciones. - Murmuró Henrick al oído de Hugo antes de darle un leve golpe en el hombro. - Come algo antes irte. Corre por mi cuenta. - Hugo asintió antes de que la puerta de la habitación se cerrara a sus espaldas.
***
Aquel sábado el sol brillaba en lo alto, el cielo estaba despejado. Ricardo observaba a un grupo pequeño de golondrinas volando juntas hacia el sur. Caminaba despacio, con una mochila al hombro, tenía una sensación pesada en el cuerpo desde antes de subir al avión y su mente estaba lejos, muy lejos de ahí. <<A esta hora quizá ya habrían enterrado al anciano.>> Aquella idea le apretó el pecho. Los ojos le ardían, sabía que ninguna lágrima más saldría al respecto. Se sentía agotado… seco de revolver aquellos sentimientos. «Encuentra una luz y protégela», recordó la última vez que oyó la voz de Enrico. Suspiró, guardando ese último consejo en lo más profundo de su alma, como quienes temen olvidar un recuerdo importante.
Entonces, algo impactó contra él, con tal fuerza que lo derribó sobre el pavimento. Un aroma dulce vainilla impregnó el aire y lo envolvió en su calidez. Ricardo parpadeó, desconcertado. Frente a él se erguía una chica, con el cabello negro - lacio, ligeramente revuelto; con los ojos más azules y brillantes que recordaba haber visto. Tenía las mejillas encendidas y surcadas por las lágrimas. Su respiración entrecortada. Ello lo miraba a los ojos sin verlo en realidad. Su mirada llena de dolor puro se clavó en su mente. <<Es…>>
- ¡Emma! ¿Estás bien? - A lo lejos, escuchó la voz de su hermano. David al verla en el suelo corrió hacia ellos, la tomó del brazo y la ayudó a levantarse. Con manos temblorosas intentó limpiarle la tierra de las piernas. Ricardo notó un ligero estremecimiento en Emma antes que ella se apartara de su gemelo, como si el contacto con David la quemara. Los ojos, enormes y quebrados, de la chica, se llenaron de una tristeza tan honda, al ver a su hermano ser tan servicial. Bajó la mirada y un dejó de decepción se marcó en sus labios. Sus rodillas estaban raspadas, pero parecía no sentirlo. - Ven. Te revisaré. - Insistió David, halándola de nuevo hacia la casa. Pero, Emma negó con la cabeza y se soltó bruscamente.
- ¡Ya basta David no tenemos nada que hablar! ¡Entiende! - Lo empujó y echó a correr, perdiéndose más allá de la puerta.
David quedó clavado en el lugar, mirando el vacío que dejaba ella al verla huir de él nuevamente. Ricardo observó la escena. No necesitaba que nadie le explicara. Vio a su hermano completamente abatido; dentro de él, algo se derrumbaba en silencio. Ahora entendía por qué su hermano había bebido hasta perderse, esa noche. A Rick le incomodaba verlo así, así que usó la única forma que tenía para sacarlo de ese trance.
- Vaya. Lograron que la gritona regresara. - Comentó mientras se levantaba. Ricardo vio la mejilla enrojecida de David y sonrió con malicia - Le dio gusto verte. - Dijo risueño.
- Cállate - Espetó David, molesto. Saliendo de su ensimismamiento y avergonzado de que su hermano el paria lo hubiera visto ser humillado así, apretó los puños. Ricardo recogió sus cosas en silencio, aun sonriendo. David esperaba otra burla de su parte, pero Rick se limitó a darle un leve empujón con el hombro antes de cruzar el umbral de la mansión.