El Secreto de Emma. Tomo I.V "Extractos"

CAPÍTULO 5 : El Precio

Una noche, en la madrugada, Ricardo volvía a su cuarto después de una larga sesión de entrenamiento en el gimnasio de la casa. Había pasado por la ducha antes de subir, así que vestía únicamente una camiseta sin mangas y un pants. Se secaba el cabello con una toalla, mientras subía las escaleras. <<Un cigarro antes de dormir me caería bien.>> Pensaba. Al llegar al descanso del segundo piso creyó escuchar un ruido. Se detuvo unos segundos. Miró el largo pasillo que daba hacia la habitación de su hermano mayor, apenas iluminado por las lámparas de pared. Frunció el ceño. Haciendo memoria, cayó en la cuenta de que hacía ya varios días que no le había visto. Se colocó la toalla sobre los hombros, recorrió el pasillo y pegó la oreja en la puerta. Escuchó algo de movimiento al otro lado. El sonido de un teléfono llamando, hacía eco en el lugar.

- Por favor. Por favor. - Se oía a su hermano decir con la voz entrecortada. Ricardo arqueó una ceja. Después de unos segundos, un gruñido frustrado seguido por el estruendo de algo estrellándose contra la pared resonó. Luego un breve silencio. Después, escuchó a su hermano lanzar un grito ahogado contra el colchón. Ricardo sonrío burlón, al pensar que su hermano sufría por algo tan insignificante. Escuchó unos minutos más. La sonrisa desapareció del rostro de Ricardo cuando el gruñido dio paso a un sollozo amargo. Poco a poco, se sintió incómodo de escucharlo, así que, sin hacer ruido, volvió rápidamente a su dormitorio.

No pudo conciliar el sueño. Durante largo rato permaneció despierto, observando el techo de su cuarto, mientras los ecos apagados del sufrimiento de David atravesaban el pasillo. No fue hasta que los sollozos del otro lado del pasillo cesaron, que Ricardo pudo cerrar los ojos.

Al día siguiente era casi medio día cuando Ricardo salió de su habitación. Instintivamente su mirada se dirigió al otro extremo del pasillo. <<¿Seguirá ahí?>> Se preguntaba. Ricardo, frunció el ceño, con lentitud bajó las escaleras, mirando furtivamente de vez en vez hacia la habitación de su gemelo. <<Posiblemente. Mis padres no han podido hacer que salga en semanas.>> Ricardo sintió una incomodidad en el cuello.

Al llegar a la cocina encontró a su Nana y a Judith revisando una libreta, mientras se organizaban para la comida del día.

- Niño. Buenos días. - Saludó la señora Norma al verlo.

- Joven. - Secundo la otra mujer sin despegar la vista de la libreta.

- Buenos días. Nana. - Respondió. Normita le sonrió de inmediato. Judith no se movió ni un ápice, mientras Normita se acercaba a atender a Ricardo.

- ¿Qué quieres de desayunar, niño?

- Déjalo, Nana. Yo me prepararé algo. - Respondió el chico mientras abría los gabinetes de la alacena y el refrigerador. La barra pronto se llenó de varios trastes e ingredientes. Mientras, el muchacho aplacaba el hambre con un plátano. Norma volvió a sus asuntos, sin embargo, le observaba de reojo, podía notar algo diferente en él. Así que mandó a Judith a hacer unos menesteres fuera de la cocina. A los pocos minutos de estar solos, Ricardo rompió el silencio.

- Normita… ¿mi hermano ya bajó a desayunar? - La señora Norma, alzó las cejas sorprendida por tan inesperada pregunta. <<Así que era eso.>> Pensó sonriente. A pesar de sus constantes peleas, Norma siempre había sabido que entre aquellos dos existía más cariño del que querían admitir. Al fin y al cabo, habían compartido el vientre durante nueve meses… Y eso, le hacía guardar la esperanza de que algún día se llevarían mejor. Normita respondió con un suspiro.

- No. Niño. Hace días que no sale de su habitación. De hecho, tampoco ha cenado. Usualmente prueba bocado por la tarde, pero muy poco. - Normita bajó la mirada y jugó un poco con delantal. - Estoy muy preocupada, tal vez se enferme. - Dijo con pesar. Ricardo guardó silencio, volvió la atención a lo que estaba cocinando y no volvió a hablar nuevamente. Normita no volvió a dirigirle la palabra, el semblante del muchacho se veía tenso.

Minutos después, Ricardo había terminado de preparar el desayuno. Sobre la mesa descansaba una jarra de jugo antigripal, avena con yogur griego y melón, cuatro huevos duros, tres pedazos de salmón con arroz integral y ensalada descansaban sobre la mesa. Normita observó aquél variado menú con cierta sorpresa.

Mientras Ricardo limpiaba un poco la cocina, le habló sin mirarla.

- Nana. Creo que hoy no deberías preparar nada. - La mujer levantó una ceja. - Pide Boeuf Bourguignon en Délice français. - La mujer lo miró sorprendida. Aquella recomendación era el platillo favorito de David.

- Sí, niño está bien. - Ricardo se veía algo inquieto, miraba la comida que había colocado en el desayunador. Parecía decir algo más. Un poco de color se le subió a las orejas.

- También, si quieres… - En eso se escuchó que alguien llamaba a la puerta.

- Permítame niño. - Normita salió a recibir a la visita. Ricardo tomó asiento, pero no tardó en escuchar voces provenientes del recibidor. Poco tiempo después, Ricardo escuchó una voz conocida dentro de la casa. Agudizó el oído… y la reconoció. Se levantó de inmediato y colocó su comida en una charola.

A los pocos minutos se oyó a Normita entrar a la cocina.

- Pase joven Leo. Llega en un excelente momento, el niño aún no despierta. Podrían desayunar juntos. - Dijo la mujer feliz.




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