CAPÍTULO 1
EL AMOR PROHIBIDO
“Un amor prohibido bajo el sol caribeño”
El sol de aquel pueblo costeño caía duro desde temprano, como si Dios hubiera dejado un fogón prendido encima del Caribe. Las paredes de las casas coloniales sudaban calor, los perros dormían debajo de las motos buscando sombra y el aire olía a fritanga recién hecha, a café colao y a sal marina. En la plaza principal, donde una ceiba centenaria levantaba sus raíces como manos viejas enterradas en la tierra, el pueblo respiraba lento, pero con un ojo abierto. Porque en esos pueblos pequeños, compae, el chisme camina más rápido que una moto sin placa.
Los loros cruzaban el cielo azul entre chillidos y corrientes calientes de brisa, mientras un picó viejo sonaba desde una terraza cercana con una cumbia rasposa que hacía vibrar las ventanas. Y ahí, justo frente a la plaza, estaba María.
María tenía el plumaje encendido como un atardecer de corraleja. Vendía arepas de huevo en un puestico humilde de madera, bajo una sombrilla desteñida por el sol y la lluvia. El aceite hervía alegre en el caldero, soltando un olor sabroso que se mezclaba con el mango maduro y el humo de los carros viejos.
—¡Arepa de huevo, calentita! —gritaba ella con una sonrisa cansada pero linda—. ¿Quién quiere, mi amor? ¡Aquí no hay hambre que no se cure con una arepa!
Y la gente llegaba. Obreros sudados, pescadores oliendo a río y ron, señoras con abanico y pelaos descalzos que siempre aparecían con hambre. Porque las arepas de María tenían fama de curar tristezas.
Desde la rama alta de un almendro, Juan la miraba en silencio.
Ay, mi arma… ese pobre loro estaba enamorao hasta el pescuezo.
Tenía el pecho rojo brillante y unas alas que parecían pintadas con fuego y carnaval. Pero lo que más le ardía era el corazón. Cada vez que veía a María reír, sentía que el cuerpo se le volvía guarapo caliente. Y ahí estaba, agarrado de la rama como bobo e’ yuca, mirándola con esos ojos grandotes llenos de ganas y miedo.
“Esa lorita me tiene el corazón en un puño”, pensó. “Y yo ni sé cómo decírselo sin que el pueblo entero se venga encima.”
Porque claro… el problema no era quererla.
El problema era quién era él.
Juan era hijo de Doña Carmen.
Y cuando en ese pueblo decían “Doña Carmen”, la gente bajaba la voz igualito que cuando se habla de muertos o de políticos peligrosos. Aquella lora de cabeza amarilla tenía más orgullo que plata y más veneno en la lengua que una culebra brava. Dueña de media plaza, de varias casas y de la opinión ajena, caminaba como si el pueblo le perteneciera.
Y quizás sí.
Apareció aquella mañana agitando un abanico enorme, moviendo las alas con una elegancia pesada, acompañada por dos comadres que parecían escoltas de entierro.
—¡Juan! —tronó su voz desde media plaza—. ¡No te me acerques a esa plebeya!
La música del picó siguió sonando, pero varias conversaciones se apagaron de una.
—Un loro de mi estirpe no se junta con cualquiera, ¿o sí?
El silencio cayó espeso.
María sintió el golpe de esas palabras como quien recibe agua fría en plena madrugada. Bajó la mirada despacio. El humo del aceite le ardía en los ojos, pero no era por eso que quería llorar.
Ay, mi arma… otra vez lo mismo.
Otra vez recordándole que ella era “la hija de nadie”, “la vendedora de arepas”, “la lorita pobre”.
—Esto me cansa más que un día entero en el mercado… —murmuró bajito.
Juan abrió el pico indignado.
—¡Mamá, ella no es ninguna plebeya! —soltó con rabia—. María es especial… y si usted no puede verlo, ese es su problema.
La plaza entera quedó viendo un chispero.
Una vieja dejó caer el dominó. Un mototaxista soltó un “¡Ave María!” bien sabroso. Hasta los loros que pasaban arriba parecieron bajar la velocidad.
Porque nadie le hablaba así a Doña Carmen.
Nadie.
Y desde un arbusto cercano, escondido como rata de patio, Pedro observaba todo con una sonrisa torcida.
Pedro era pequeño, nervioso y más escurridizo que jabón mojao. Tenía fama de sapo profesional y de cargar chismes como otros cargan mercado.
—Jejeje… —se rio por lo bajo—. Esto va a estar más sabroso que chicharrón con limón. No joda, aquí se va a prender esta vaina.
María sintió las lágrimas subiéndole calientes por el rostro. No era solo la humillación. Era el miedo.
Porque ella sabía cómo terminaban esas historias en los pueblos.
Mal.
Muy mal.
El sol siguió caminando lento sobre las calles polvorientas hasta que la tarde comenzó a ponerse naranja. Entonces Juan buscó a María cerca del río.
El río bajaba pardo y silencioso, oliendo a barro húmedo y tiempo viejo. La brisa traía olor a leña mojada y pescado frito desde unas casas lejanas. Los grillos comenzaban su concierto mientras el cielo se partía entre tonos rosados y morados.