CAPÍTULO 2
LA PROMETIDA DESCONOCIDA
“Cuando el río revuelve lo que el pueblo enterró”
La tarde cayó sobre el muelle con un calor de esos que derriten hasta los pecados. El río bajaba pardo y lento, arrastrando ramas secas, botellas vacías y secretos viejos, como si supiera más de la vida de ese pueblo que el mismo cura de la iglesia. En la orilla, los pescadores recogían las atarrayas mientras un picó sonaba a lo lejos con una cumbia vieja que hablaba de cachos, traiciones y amores que terminaban peor que pelea de machete en corraleja.
María tenía el pecho hirviendo.
Estaba parada frente a Juan, debajo de un cielo color mango maduro, con las manos temblándole de rabia y tristeza. El olor a pescado frito y gasolina de lancha se mezclaba con la brisa caliente que venía del río.
—Juan, ¿quién es esa lorita? —soltó ella, clavándole los ojos—. Dime la verdad, que yo no soy ninguna boba. No joda, llave.
Juan parecía un pelao regañado por la mamá. Sudaba más que botella de cerveza en diciembre. Se pasó la mano por el cabello y miró hacia el agua, como si el río pudiera salvarlo.
—María, yo no sabía nada… te lo juro. Mi mamá arregló todo sin decirme. ¡No es lo que parece!
Pero en los pueblos del Caribe las palabras llegan tarde. El chisme siempre corre primero.
Y justo cuando Juan iba a acercarse, apareció Doña Carmen.
La vieja venía caminando por el muelle con esa autoridad que tienen las mujeres que han mandado toda la vida. A su lado iba Lucía, vestida de blanco sencillo, como una novia que no estaba segura de querer llegar al altar. El viento le movía el cabello oscuro y por un segundo todo el mundo se quedó callado.
Hasta los grillos parecieron aguantar la respiración.
—Juan —dijo Doña Carmen, seca como rama de trupillo—, esta es Lucía, tu prometida. Y no acepto un no por respuesta. Así son las cosas en esta familia.
María sintió el golpe como un machetazo en las costillas.
Lucía, en cambio, miró a Juan con una tristeza rara, antigua.
—Hola, Juan… ¿no te acuerdas de mí? Ajá ve… hace mucho tiempo que no nos vemos.
El silencio olía a problema.
Desde la esquina del puerto, apoyado contra un poste lleno de avisos viejos de cerveza y rifas de motos, Pedro observaba la escena con una sonrisa torcida. El humo del cigarrillo le subía despacio por la cara.
—Esto está mejor que La Usurpadora —murmuró—. Aquí hay más chisme que en mercado de pescado, compae.
Y sí. Se armó el mierdero.
Porque el pueblo entero empezó a mirar. Las señoras dejaron de comprar yuca. Los mototaxistas apagaron los motores. Hasta el vendedor de raspao se quedó quieto, como esperando el próximo golpe de la novela.
Pero el verdadero problema todavía no había mostrado los dientes.
La ceiba estaba detrás de la vieja cancha, enorme y silenciosa, como si hubiera visto morir generaciones enteras bajo sus raíces. Allí fue donde Lucía encontró a Pedro esa noche.
La brisa venía caliente como boca de fogón. Sonaba un vallenato lejano y el olor a ron barato salía de una cantina cercana donde unos hombres discutían política a los gritos.
Lucía llegó con los ojos aguados.
—Pedro… ¿por qué no me dijiste que eras mi hermano?
Pedro soltó una risita amarga.
—Porque sabía que esto iba a pasar.
Ella sintió que el mundo se le aflojaba debajo de los pies. La ceiba crujió suave con el viento, como si estuviera escuchando.
—Esto está más enredado que pelea de pulpo…
Pedro la miró fijo. Tenía la rabia vieja de los hombres que crecieron sintiéndose abandonados.
—Y ahora voy a cobrarme mi venganza, aunque me cueste el pellejo.
Lucía tragó saliva.
Entonces volvió el recuerdo.
La tormenta.
El río crecido.
Dos niños llorando mientras el agua arrastraba media vida del pueblo. Gente corriendo. Mujeres gritando santos. Perros ladrando desesperados. Y aquella noche negra donde el río decidió partir una familia en dos.
Pedro todavía recordaba la mano de Lucía soltándose de la suya.
El río no perdona.
Y la sangre tampoco olvida.
En la casa grande de los Carmen el ventilador daba vueltas haciendo más ruido que frescura. Las paredes olían a madera vieja y flores secas.
Doña Carmen estaba parada frente a Juan con los brazos cruzados.
—Si no te casas con Lucía, te desheredo.
Así. Sin anestesia.
—Un loro de mi estirpe no puede quedar mal ante el pueblo.
Juan sintió que la rabia le subía por dentro como aguardiente barato.
—¡Pero mamá! María es la mujer que amo. No me importa lo que diga la gente ni nadie más.