HABITACIÓN DE MATEO Y ANDREA – NOCHE
El cuarto apenas se ilumina con el parpadeo de los relámpagos. Mateo está en su cama, aferrado a las sábanas hasta la nariz. Andrea, decidida, camina descalza con pasos temblorosos hasta su hermano.
Mira debajo de su almohada y saca las tres monedas antiguas. Son negras, metálicas, parecen más pesadas de lo que deberían ser. Apenas las toca, un sonido profundo, como un lamento bajo tierra, se oye desde el armario.
MATEO (asustado):
—No… no las toques, Andrea… ¡¡Te dije que no!!
ANDREA (temblando):
—Esto es una tontería. No pasa nada con unas monedas, ¿lo ves? Las alza con desafío. El sonido es solo por la tormenta. O quizás... son ratones, no monstruos, Mateo.
Un trueno cae con violencia, sacudiendo la casa. Las luces parpadean una vez más y luego… se apagan por completo.
SILENCIO. TOTAL.
Ni lluvia, ni viento.
Solo el ruido… dentro del armario.
Mateo se sienta en la cama. Sus ojos grandes, húmedos, brillan en la oscuridad. Parece saber más de lo que dice.
MATEO (en voz baja):
—No son solo monedas… son… llaves. Llaves de cosas que no tienen puerta…
Su mirada se va al armario.
—Ellos hablan. Cuando tú duermes. Me dicen cosas.
ANDREA (temblando):
—¿Quiénes?
MATEO:
—Los que están en el armario.
Andrea traga saliva. Da un paso hacia atrás.
ANDREA (enfurecida, en voz baja):
—Tú… tú me estás haciendo esto a propósito. ¡Siempre con tus juegos raros! ¡No hay nadie en el armario!
De repente…
CLAC.
El armario se abre. Solo un poco. Apenas una rendija. Un leve gemido de madera, como si alguien lo empujara desde dentro.
Andrea y Mateo se quedan paralizados.
Las monedas en la mano de Andrea están ardiendo. No fuego, pero sí una temperatura anormal. Las suelta al piso. Las monedas ruedan… hasta quedar justo frente al armario.
De adentro, algo… susurra.
VOZ SUSURRANTE (grave, hueca, apenas perceptible):
—Uno… dos… tres… el cuarto está por volver.
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Ambos hermanos se abrazan en silencio. El armario vuelve a cerrarse solo, lentamente. Un golpe sordo, y las monedas... ya no están donde estaban.
SALA DE ESTAR – MANSIÓN GREYEM – NOCHE
La tormenta arrecia afuera. El sonido de pasos suaves, arrastrados, aún se escucha entre el golpeteo de la lluvia. No hay electricidad. La linterna en la mano de Sofía pesa como si estuviese llena… pero no alumbra nada.
Sofía aprieta el botón. Nada. Mira su celular: 0% de batería. Su reflejo en la pantalla la inquieta. Está completamente sola ahí abajo. Mira a Alice en sus brazos, luego al sillón, luego a la linterna. Piensa rápido.
Sube las escaleras apresuradamente. Los peldaños crujen.
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PASILLO – HABITACIÓN DE LOS NIÑOS – SEGUIDO
Sofía entra y habla rápido pero en voz baja.
SOFÍA (susurrando):
—Chicos, por favor, no hagan ruido. Afuera hay… algo. No sé qué, pero está caminando. ¿Lo escucharon?
Andrea y Mateo asienten. Se miran, pero callan. El miedo los empuja a no decir la verdad sobre el armario, sobre las monedas. Mateo, sin embargo, da un paso hacia adelante.
MATEO (nervioso):
—Mamá… guardó una caja de juguetes viejos… en el sótano.
SOFÍA (frunciendo el ceño):
—¿Y eso qué tiene que ver?
ANDREA (interrumpiendo):
—¡Ahí están mis muñecas robot! Y los carritos de Mateo… ¡Son a batería!
Sofía se queda inmóvil un segundo. Aún sosteniendo a Alice, trata de unir las piezas en su mente.
MATEO (con una mirada brillante, sin pestañear):
—Mis juguetes… tienen lo que tú estás buscando.
Sofía abre los ojos. Por fin lo entiende. Asiente en silencio.
SOFÍA (rápido, pero en voz baja):
—Perfecto. Quédense aquí. Andrea… quédate con Alice. No se muevan. No hagan ruido. No toquen nada…
(en un susurro, casi para ella misma)
—Y no abran ninguna puerta.
Le pasa a Alice con cuidado a Andrea, quien la abraza instintivamente.
Sofía mira a Mateo por última vez. Él no dice nada, pero su mirada parece suplicarle que no baje.
ESCALERA AL SÓTANO – MOMENTOS DESPUÉS
La madera se siente fría bajo los pies. El pasamanos está húmedo. La tormenta sigue golpeando la casa. El aire huele a humedad y polvo viejo.
Sofía abre la puerta del sótano. Un viento suave, casi un suspiro, le da en el rostro. El sótano está completamente oscuro. Da el primer paso, bajando lentamente.
Cierra la puerta detrás de ella. En cada paso, el crujido de la madera parece retumbar por toda la casa.
Una vez abajo, sus ojos tardan en acostumbrarse. Solo la luz de algún relámpago entrando por las pequeñas rendijas del ventanal al ras del suelo le permite ver algo. A lo lejos, ve la caja con juguetes.
Camina hacia ella. Tropieza con algo que no puede ver. Cae sobre las rodillas. Se queja, pero no grita. La tormenta se detiene unos segundos… y en el silencio absoluto, Sofía escucha una risa.
Una risa infantil. Pero no de sus hermanos.
SÓTANO – MANSIÓN GREYM – NOCHE
La risa vuelve. Suave. Hueca. Cercana.
Sofía respira agitada, paralizada por un momento. Mira hacia donde cree que vino el sonido. Nada. Pero... algo se mueve. Algo se arrastra por la sombra, a la izquierda. Apenas visible.
Un carrito de juguete rueda lentamente desde la oscuridad, crujiendo sobre el suelo de madera desgastada. Se detiene justo frente a los pies descalzos de Sofía.
Ella se inclina y lo toma con una mano temblorosa. Observa el juguete bajo un tenue rayo de luz que se cuela por una rendija: no es de Mateo. Es viejo. Mucho más viejo. Con pintura descascarada y ruedas flojas.
Su instinto le grita: “salí de ahí”. Sofía se gira y corre hacia las escaleras, sin mirar atrás.
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SALA DE ESTAR – MOMENTOS DESPUÉS
Sofía cierra la puerta del sótano con rapidez... pero no del todo. La deja entreabierta, sin notarlo en su apuro.
Editado: 30.12.2025