El Secreto De La Mansión Embrujada

Capítulo 13

Ecos del linaje

Gabriel
Hay algo que ocurre en el silencio de esta casa que no se parece a ningún otro silencio que haya escuchado antes. No es vacío. No es paz. Es... expectación. Como si la Mansión Salvatierra contuviera la respiración, esperando el momento exacto para revelarse por completo.
Después de lo que pasó en la biblioteca, todos estamos distintos. Valeria no me lo ha dicho directamente, pero puedo verlo en su mirada. Algo del diario la sigue rondando. Y yo… yo no he dejado de escuchar esa voz.
A veces se filtra entre las paredes, como un eco de un pensamiento que no es mío. Otras veces es más clara. Masculina. Grave. Antigua.
Y me llama por mi nombre.
Luna se separó del grupo temprano, alegando que necesitaba espacio. Marcos fue tras ella, aunque intentó disimularlo con una excusa poco creíble sobre revisar el ala oeste. Sofía y Valeria decidieron quedarse cerca de la sala principal, investigando los retratos de la familia Salvatierra. Iván, como siempre, se sumergió en teorías, esta vez en el comedor, con un plano que encontramos escondido en la parte trasera de un mueble podrido.
Yo caminé.
Sin dirección.
Mis pasos me llevaron por un pasillo que no recordaba haber visto antes. Ni en el plano, ni en nuestras primeras exploraciones. Parecía desdoblarse de la mansión como si esperara a que yo lo encontrara. O tal vez, como si solo pudiera aparecer… para mí.
Las paredes estaban cubiertas de papel tapiz azul oscuro, desgastado y rasgado en varios tramos. Había cuadros antiguos, más antiguos aún que el resto de la decoración. Retratos de hombres con ojos profundos, con nombres que no reconocía, salvo uno: Damián Salvatierra. Mi corazón se detuvo por un segundo. Ese nombre había sido susurrado por la voz en mis sueños. El padre de Isadora. El que inició el pacto.
El pasillo terminaba en una puerta de madera tallada, con un símbolo grabado justo en el centro. Era el mismo que vi en el diario, el que apareció en la habitación secreta: una luna encerrada por ramas que se entrelazaban como si quisieran sofocarla.
Mi pulso se aceleró.
No sé por qué, pero supe que tenía que entrar.
El cuarto estaba cubierto de polvo, pero intacto. Como si nadie hubiera entrado allí en siglos. Era un dormitorio, pero uno extraño. No había cama, solo una silla de respaldo alto frente a un espejo. Otro espejo. Pero este no estaba roto ni distorsionado como el del ala norte. Este era limpio, perfecto. Demasiado perfecto. Su reflejo era nítido, pero… no mostraba exactamente lo que había frente a él.
Me acerqué.
Y ahí estaba.
Yo… pero no yo. Vestía ropas antiguas, como de principios del siglo pasado. La expresión en su —mi— rostro era fría, distante. Como si llevara siglos atrapado allí.
—¿Por qué sigues resistiéndote? —dijo mi reflejo, aunque mis labios no se movieron. Su voz era idéntica a la que me susurra en los sueños.
—¿Quién eres?
—Tú. O lo que serás, si no recuerdas.
Dio un paso al frente. El espejo no se quebró, no vibró. Pero el aire sí. Como si algo invisible se deslizara entre ambos mundos. Quise retroceder, pero mis pies no respondieron.
—Tienes la sangre, Gabriel —continuó—. Tienes la llave. ¿Por qué finges que no lo sabes?
—¿Qué llave? ¿Qué se supone que debo hacer?
—Aceptar tu herencia —susurró—. O condenarlos a todos.
La voz se desvaneció tan rápido como había llegado. El espejo volvió a la normalidad. Mi reflejo era mío otra vez. Pero yo ya no era el mismo. Salí de la habitación sin mirar atrás.
Cuando volví a reunirme con los demás, Valeria me miró como si pudiera ver la sombra detrás de mis ojos. Como si supiera que algo me había tocado… y me había dejado marcado.
—¿Dónde estabas? —preguntó, su voz apenas un susurro.
La miré. Y por un momento quise contarle todo. El pasillo, el espejo, la voz. Pero algo en mi interior me detuvo.
No aún.
La verdad es una carga pesada, y en esta mansión, cada palabra parece tener un precio.
—Solo explorando —mentí.
Pero sentí que ella no me creyó.
Y peor aún… yo tampoco.




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