El secreto de la princesa -parte dos-

Parte tres: ¿Quién manda a quién?

Gisselle no sabía cómo enfrentar las cosas, quería ser fuerte y al mismo tiempo era débil. Sus intensos ojos verdes mostraban tristeza y al mismo tiempo alegría. Ella sabía que faltaba poco para ver a su amado.

Pensaba que era maravilloso poder amar y que no había mayor felicidad que saberse y sentirse amado; también pensaba que no había mayor amor que desear que la persona amada fuera feliz, sin importar si era con ella o no. Ese era el verdadero amor, amar sin condiciones. Pero no siempre el verdadero amor triunfaba. ¿A eso estaba ella destinada? Eso se preguntaba. Tal vez su amor con Guepp era imposible y secretamente lo supo desde siempre. Siempre fue un amor prohibido.

Pero ella no quería dejarlo ir, no quería olvidarse de todo lo bello que había vivido con Guepp, su amado Guepp. Giselle no quería desprenderse de todos aquellos momentos felices al lado del joven que había atrapado su corazón, no lo quería dejar ir, pero algo dentro de ella le decía que eso iba a ocurrir tarde o temprano, pero se rehusaba a aceptarlo.

Entonces buscó la manera de escapar del palacio otra vez, aunque no imaginaba que su padre estaba a punto de saber toda la verdad, sí sabía que él no la dejaría salir sola, por eso tomó una decisión. Lentamente abrió la puerta de su recámara, observó con cautela que nadie la viera. Luego salió sigilosamente y bajó las escaleras tan rápido como pudo. Salió por la puerta que daba al jardín, pasó cerca de los rosales gigantes y fue rumbo a las caballerizas para buscar a Emperador, su fiel corcel blanco.

Con esfuerzos de ladrona profesional, avanzó hacia su destino, usando aquel vestido verde entallado que le quedaba a la perfección. Su brillante cabello rubio y ondulado le caía por su espalda y caminaba con elegancia, como lo que era, una doncella que pertenecía a la nobleza. Verla escabullirse entre las plantas y los pilares para no ser vista, era como ver a un ángel esconderse por alguna travesura cometida.

Pero aquel ángel maravilloso había sido descubierto y los ojos malévolos de un perro la seguían y también el olfato de la mascota de aquel perro. El Guiller era ese perro y no perdió de vista los movimientos de Gisselle. Era su oportunidad de venganza. Siguió a la joven hasta las caballerizas y se percató de que la doncella no llevara una espada en sus manos, pues había demostrado ser muy buena en el manejo de esta arma.

Gisselle llegó a las caballerizas detrás de palacio y ahí encontró a Emperador y este al verla se inquietó. Su inquietud se debía a las miradas que desde lejos seguían a la princesa. Emperador podía sentir la mínima presencia humana o animal aunque esta se encontrara a muchos metros de distancia. Gisselle no supo interpretar la inquietud de su caballo y no se dio cuenta del peligro que corría.

 Ella se acercó al enrome cuadrúpedo.

―Hola hermoso amigo ―dijo con su voz dulce y suave. Emperador movió la cabeza y relinchó―. Sabes, vengo por ti para que vayamos a ese lugar al que tanto me gusta ir. ¿Sí te acuerdas? Donde pasábamos mucho tiempo, esperando por Guepp y siempre llegaba tarde ―agregó con alegría y nostalgia―. Donde conocí el amor. A ese lugar maravilloso, donde amar es lo único que mueve al mundo, donde no hay padres que quieren obligar a sus hijas a casarse con príncipes. Donde se puede ser feliz a toda hora. Donde se llora de felicidad. ¡Vamos Emperador! Llévame de nuevo, pues el debe estar allí, esperando por mí y yo quiero verlo, quiero abrazarlo y besarlo. Quiero ver sus adorables ojos dorados, que me derriten cuando se pasean sobre mis ojos y sobre mis labios. Me ponen nerviosa y me hacen sonrojar. Sabes, cuando me mira, me siento feliz y también especial, pues es un ser divino el que me observa, además, quiero ver esa sonrisa que me lanza cuando me quiere dar un beso. Extraño todo eso ―dijo Gisselle entusiasmada.

El caballo solo asintió con la cabeza y la bella joven lo acomodó para montarse en él.

Desde el otro extremo, entre unos árboles y observando atentamente, el Guiller se preocupó, pues si la joven se marchaba su plan no funcionaría. Así que pensó rápido qué hacer para evitar que la princesa escapara en el caballo. Quería llevar acabo su malvado plan, el cual ya tenia muy bien trazado.

Se suponía que el Guiller debía estar en la puerta de los guardias principales, pero también tenía otra función: vigilar los alrededores internos del palacio para evitar cualquier anomalía. Y esta vez el hombre se aprovechó de su puesto para armar un escándalo.

Cuando Gisselle estaba a punto de montar a Emperador, escuchó una señal de alarma y se puso muy nerviosa.

―¡Guardias! ―gritó el Guiller a todos―. ¡Un ladrón está en las caballerizas! ―advirtió como bocina chillona y luego se rio en silencio con maldad.

Gisselle sabía que se referían a ella. Aquella voz le sonaba familiar, pero no lograba recordar dónde la había escuchado.

―¿Y ahora qué? ―pensó la princesa sin subir sobre su caballo―. Lo siento amigo, creo que me esconderé y después vuelvo por ti ―dijo cabizbaja, al darse cuenta que debía esperar.

Corrió tan rápido como pudo hacia el monte y logró alejarse de las caballerizas, donde los guardias buscarían primero. El Guiller la observó atentamente, siguiendo cada paso que ella daba.

―¡Vamos Camuflage! Hay una venganza que consumar ―y caminó hacia donde la princesa se había escondido.

Camuflage fue tras el Guiller.




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