El secreto de la princesa -parte dos-

Parte dos: órdenes del rey

Gisselle era a quien el rey más amaba en la vida, pero permitiría que anduviera con un campesino oportunista. Albert era el padre más amoroso del mundo, pero esta vez se había enojado bastante y aunque no se atrevía a ser hosco con su hija, sí tenía que ser estricto y firme.

Llegó hasta el cuarto de Gisselle y Gloriett tras él, tratando de no ser vista.

―Abre, hija, no quiero hacerlo yo mismo ―dijo furioso Albert, golpeando la puerta―. Abre rápido, tenemos que hablar. Gisselle, ¡Gisselle! ―gritó y él mismo abrió la puerta. Revisó el interior con desesperación―. No esta ―dijo serio y molesto.

Su mirada se clavó en dos pequeños pajaritos blancos que se encontraban en la alcoba. Observó detenidamente aquel papel que Dénis tenía en sus patitas.

―Y ustedes, ¿qué hacen aquí? Ah, ya te recuerdo. Tú eres aquella paloma que Gisselle traía cuando recién llegó ―dijo señalando a Dénis―. ¿Y qué es eso que tienen ahí? ―preguntó, mirando el papel.

Trato de arrebatarlo de la pata del ave, pero ambos echaron a volar. Albert no les dio importancia y comenzó a buscar a la princesa por todo el palacio, gritando su nombre una y otra vez, pero ella no respondió.

Bajó las escaleras muy enfadado y se dirigió a la puerta principal.

―¡Guardias! ―gritó desesperado. Al sonido de su voz se presentaron varios guardias.

―Mande usted, alteza ―dijo sumiso el capitán.

―¿Alguno de ustedes ha visto a mi hija, la princesa? ―preguntó enojado el rey.

―No señor, claro que no ―respondió de inmediato el capitán―. Usted nos lo tiene prohibido y nunca desobedeceríamos a un mandato suyo.

―Comprendo. Pero no me refiero a eso, sino a que si la han visto salir del palacio. ¿Ha habido algo extraño en los últimos momentos? ―preguntó el rey intranquilo.

―Pues ahora que lo menciona señor ―el capitán se rascaba la cabeza―, sí ha pasado algo extraño en los últimos momentos. Sabe, me dio un mareo, pero bien feo… como si quisiera dolerme la cabeza, eso fue tan extraño, a mi casi nunca me pasa...

―No sea tonto, capitán Germán. Me refiero a algo extraño al interior del palacio.

―¡Ah señor! Perdone usted, yo pensaba en otra cosa… pero si, fíjese que hace rato, el oficial Platas alarmó a todos, diciendo que había un ladrón en el palacio, ¿usted cree? ―dijo como chismeando el hombre.

―¿Y dónde está el oficial Platas, por qué no está con ustedes? ―preguntó serio el rey. De pronto aparecieron dos hombres: Eugenio y el Guiller.

El primero había ido a buscar al segundo que venía todo rasguñado, con algunas mordidas en el cuerpo y la ropa destrozada.

―¿Qué significa todo esto, oficial Platas? ―preguntó el rey.

―Ay señor, es que… Camuflage es muy juguetón y pues, andábamos jugando a las mordiditas, jeje ―rio fingidamente el Guiller, pero Camuflage no estaba con él.

―Me comenta el capitán Germán que usted miró un ladrón, ¿es cierto?

―¿Un ladrón?... ¿Cuándo? ¿Dónde? ¿Yo? No señor, yo no vi nada. Ya les dije a los soldados que fue una confusión.

―Entonces ponga más atención para que no se ande confundiendo ni alarmando a los demás sin razón. Por lo pronto tengo una tarea para todos ustedes.

―Díganos, majestad ―dijeron los soldados.

―Tengo la sospecha de que mi hija, la princesa Gisselle, ha escapado del palacio y no sé cómo ustedes no pudieron verla. Son unos inútiles ―los insultó―. Quiero que salgan del palacio y la busquen en dondequiera que esté y también quiero que capturen a cualquier hombre que esté cerca de ella y lo traigan aquí, ¿entendido?

Todos permanecieron callados por un momento. No entendían qué estaba pasando. El Guiller sonrió maliciosamente.

―Pero majestad, ¿cómo haremos eso? ―preguntó interesado el capitán―. Nosotros no conocemos a la princesa.

―¡Pero yo sí! ―dijo el Guiller con los ojos brillantes.

―¿Qué esta diciendo, oficial? ¿De dónde conoce a la princesa? ¿Acaso desobedeció mis órdenes? ―preguntó enojado el rey.

El Guiller se sintió pequeño.

―Fue sin querer queriendo, majestad ―argumentó―. Es que yo estaba vigilando las caballerizas, cuando de pronto miré una joven caminando por el jardín. Llevaba un vestido verde y lucía preciosa ―dijo las últimas palabras mientras se lamia los labios, pero al ver al rey hizo como que no había pasado nada―. Y… este… después me acerqué para saber sus intenciones y descubrí que era la princesa… le juro que yo no sabía que era ella ―negó con la cabeza―, pero me dijo que tenía planes de salir y si yo decía algo, me acusaría con usted para que me mandara a la horca. Yo preferí quedarme callado.

Todos escuchaban las mentiras del Guiller y continuó casi llorando.

―Entonces comprendí que ella me tenía en sus manos. Su hija es muy lista, alteza, y me dijo que gritara que un ladrón estaba en las caballerizas, así distraer a los guardias y a los soldados para poder escapar. Fue cuando todos llegaron y yo tuve que decirles que era una sombra, porque si decía algo distinto, mi cabeza rodaría.

Aquel drama pareció muy real, pues todo coincidía. El monarca no podía creer que su hija fuera capaz de algo así, sin embargo, últimamente ya no sabía qué creer o no de su hija.




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