El secreto de la princesa -parte dos-

Parte tres: Confrontación

Por su parte, Gisselle estaba en su cuarto y había dejado de llorar. Acariciaba a los dos palomitos que habían regresado de su viaje por el aire. Hacía pocos minutos que había escrito un mensaje para Guepp, a quien debía decir adiós porque jamás iban a poder estar juntos. Solo debía resignarse y mantener comunicación a través de aquellos pajaritos blancos. La princesa releyó el mensaje que había escrito.

 

Vaya que sí duele. Separarse de alguien a quien amas es algo muy difícil. Pero te aseguro que un día me lo agradecerás, pues tal vez podría costarte la vida estar a mi lado. Jamás me perdonaría eso. No es por mí por quien te dejo, sino por ti. Porque yo moriría si tú no estuvieras. Tal vez ahora no me entiendas, pero sé que después lo harás. Nunca te olvidaré, Guepp, ¡nunca! Estarás en mi mente siempre, como el tesoro más grande de mi corazón. Tú eres mi más hermoso recuerdo. No lo olvides.                                   

Te quiere siempre: Colibrí.

 

―¡Es una lástima que se haya hecho de noche! ―dijo Gisselle a Dénis y Remso―. No podrán llevarlo, pero mañana sí. Lo más temprano posible ―de pronto su rostro se puso serio―. ¡Oh no! Mañana es el día, mañana vendrá ese príncipe… Mañana deberé decirle adiós para siempre a Guepp. Pero, ¿cómo? Jamás podré olvidarlo. Mas no todo está perdido…―dijo como quien planea algo―.  Haré quedar mal a ese príncipe frente a mi padre… o no sé, pero no puedo casarme con él. Aunque, supongo que mi padre hará todo para que me case con él. Ahora lo desconozco… yo…

Alguien llamó a la puerta y rápidamente escondió el mensaje en un pequeño baúl de madera. Se puso de pie y abrió la puerta. Era Gloriett.

Ambas se miraron con nostalgia.

La mujer de cabello rizado entró sin invitación.

―Nana, ¿por qué estás distante conmigo? ―preguntó Gisselle con voz afligida―. Yo te necesito mucho.

―Pensé que confiabas en mí, hija ―dijo Gloriett―. Pensé que… que yo era tu confidente y descubrí que no es así. Nunca fue así ―Gloriett se hacía la fuerte, pero moría por abrazar a su princesa―. Ya perdóname, soy una tontona ―dijo y se lanzó a los brazos de Gisselle. Ella la recibió feliz y se le salieron las lágrimas enseguida.

―Perdóname tú a mí, nana ―pidió Gisselle sin deshacer el abrazo―. Solo que, no supe el momento adecuado para decirte. Todo esto es mi culpa.

―Tienes razón, es tu culpa ―coincidió Gloriett―. Pero ya, dejemos el pasado atrás, y ven, siéntate ―jaló a Gisselle hasta la cama y ambas se sentaron―. Así que mi niña se veía con un jovencito. Que guardadito te lo tenías. ¿Cómo es? ¿Cómo se llama? ¿Dónde vive? Cuéntamelo todo ―dijo con ansiedad y con unos ojos expectantes.

―¡Ay nana! ¡Eres increíble! ―dijo sonriente la princesa―. Te cuento.

Ya no había caras tristes, solo risas y emociones.

―Te escucho ―dijo emocionada la vieja y paró oídos.

―Solo éramos niños cuando nos conocimos ―inició Gisselle―. Cuando yo tenía quince años, él me dio mi primer beso ―Gisselle se puso roja por su confesión―. Fue hermoso. Cuando debía irme a Jordan a tomar mis clases, me dolía mucho separarme de él. Lo que me alentaba era volver y verlo de nuevo. Me moría por regresar y así sucedía, sin embargo, ahora que regreso mi papá quiere casarme con el principucho del reino.

―Es que tu padre se puso muy molesto cuando Paulette le dijo lo de ese muchacho y tú. Yo jamás habría dicho nada y lo sabes, pero ella es una…

―¡Paulette! ―interrumpió Gisselle con enfado―. Esa traidora, ¿dónde está? ―los ojos de Gisselle irradiaban fuego de color verde.

―Debe seguir en su cuarto de servicio. Al parecer le picó una tarántula y ahora está recostada sin poder hacer nada. No sé si sea verdad o mentira. A esa mujer no se le puede creer ni el saludo.

―No me importa cómo se encuentre, ahora mismo me va a escuchar ―advirtió Gisselle y se levantó de la cama.

―¿A dónde vas, hija? ―preguntó la nana tomando la mano de la princesa―. No vayas a hacer una locura…

―No le haré nada… ―interrumpió furiosa la princesa―… nada que no se merezca esa mujer hipócrita. Ahora regreso.

―Te acompaño hija ―ofreció Gloriett, temiendo que su niña fuera a cometer una tontería con la sirvienta.

―No, nana, iré sola. Por favor, espérame aquí ―pidió la joven.

―Prométeme que no harás una locura.

―No haré nada que no merezca esa traidora… ya vuelvo.

Gisselle salió rápidamente de su recámara. Llegó a las escaleras y miró a un par de soldados avanzar hacia el salón del trono. Esperó a que pasaran. Después bajó los peldaños y fue al cuarto de la traidora.

Escondida, cerca del jardín real, estaba la habitación de Paulette. Gisselle tocó la puerta, pero nadie abrió. Entonces decidió abrir ella misma y al dar vuelta a la perilla, la hoja cedió sin dificultad. Como había luz en la recámara, no fue difícil identificar a la traidora recostada en la cama. Sudaba y respiraba afanosamente, como una niña que tiene mucha calentura. A Gisselle eso no pareció preocuparle.

―Es usted una traidora, Paulette ―reclamó la princesa―. ¿Cómo pudo decirle a mi padre mi secreto? Yo lo iba a hacer, de otra manera… en cambio, quien sabe de qué forma se lo dijo usted, pues se puso furioso. Jamás me había visto con esos ojos ―dijo con ímpetu y vehemencia hacia Paulette.

Ella abrió los ojos y puso cara de perrito regañado.

―Princesa… ―musitó.

La princesa quitó la sabana que cubría a Paulette.

―Nada de princesa ―dijo Gisselle molesta―… deme la cara… ¿por qué lo hizo? Deme una buena razón para no golpearla ―amenazó.




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