El secreto de la princesa -parte dos-

Parte cuatro: Rumbo al palacio

Había un ligero cosquilleo en su corazón, pues había recibido un mensaje de ella. Lo estaba leyendo y estaba feliz por tener un contacto con la joven que deseaba ver de nuevo, pero que no sería posible, pues en unos minutos más debía partir al palacio para conocer a la famosa princesa.

Leía y sonreía ante las palabras de cariño que la joven le dedicaba sobre aquel papel blanco. Delineó una sonrisa en su rostro al leer una de las últimas líneas.

―¡Su más preciado tesoro! ―exclamó―. Pero Colibrí, un tesoro jamás se abandona. Yo no lo haría, y aun me rehúso a hacerlo, tú para mí también eres un tesoro ―dijo como si ella estuviera ahí con él―. Pero, ¿cómo puedo ir contra tus deseos? Pienso que tampoco quieres separarte de mí. Debe haber una razón de mucho peso, pero ya es tarde para saberla. En unos momentos más acudiré a esa cita con la princesa del reino.

Carlo repasó con su mirada el texto de Gisselle. Cada palabra y cada línea le llegaban al corazón. Cayó en cuenta que la mano de ella había sostenido la pluma que había escrito aquellas palabras y suspiró.

Su padre lo llamó por quinta vez, pero él no se había dado cuenta.

―¡Ya voy! ―Carlo reaccionó un poco molesto por la interrupción.

Tenía listo su mensaje y lo coloco en la pata de Remso, quien estaba sobre el balcón, junto a Dénis. Ambos pajaritos miraban el rostro ensimismado de Carlo.

―¡Se hace tarde Carlo! ―insistió Leopoldo―. Ya van a dar las nueve. Recuerda que debemos ser puntuales.

―Sí, papá. Como tú digas. Ya casi estoy listo ―dijo con pocos ánimos el muchacho. En silencio hablo para los pequeños palomos.

―Vamos, vuelen hacia ella. Díganle que la extraño ―dijo Carlo con una sonrisa.

Los pajaritos viajaron por el cielo hasta perderse de vista.

El joven arregló su cuello mirándose en el espejo y abrochó los botones de la manga derecha de su camisa.

―¡Carlo! ―gritó Leopoldo con desesperación.

―¡Ya estoy listo! Enseguida salgo ―aseguró el muchacho.

 

Leopoldo caminó por el pasillo en la segunda planta y llegó hasta las escaleras. Bajó rápidamente.

Vestía de traje elegante, como si fuera a una gran fiesta; era un traje muy formal, de pingüino. En sus manos sostenía un bastón negro y sobre su cabeza tenía un sombrero negro que parecía de mago. Se había afeitado temprano, antes de ir con Erick y se había dejado, como siempre, su ridícula barba de candado.

―Clara ―gritó el hombre y ella se asomó desde la segunda planta―. ¿Aún no llega Grettel? ―preguntó tratando de no darle mucha importancia a su pregunta.

La joven se había asomado desde la segunda planta, pues ahora pasaba mucho tiempo con Adolfina, la cual permanecía en la alcoba del virrey.

―No majestad ―respondió con amabilidad―. No la he visto llegar, pero no debe tardar. Ya casi son las nueve y siempre llega temprano.

Leopoldo asintió con la cabeza y ella se alejó.

―¡Calara espere…! ―dijo el hombre y la chica se asomó de nuevo.

Portaba unas zapatillas elegantes y un traje conformado por una falda entallada color mostaza y un saco del mismo color. Su cabello estaba recogido en un gran molote y en sus manos portaba un abanico de madera de color blanco, que le había regalado Adolfina.

―Dígame señor ―respondió la muchacha.

―La veo diferente, ¿qué sucedió con su uniforme anterior? ―preguntó el hombre.

―Este… es que la señora me subió de rango, es decir, de puesto.

―¿Y lo hizo sin mi autorización? ―preguntó alterado el hombre.

―Es que…

―Iré con ella ahora mismo ―interrumpió Leopoldo, subiendo las escaleras.

―No es necesario que subas, corazoncito, ya estoy aquí ―dijo sonriente Adolfina.

Portaba un vestido frondoso de color lila. En sus manos traía un abanico del mismo color. Su cabello estaba suelto con un copete grande al frente. Estaba lista para salir.

―¡Adolfina! ¡Estás de pie! ―exclamó asustado Leopoldo y corrió escaleras arriba.

―Así es amorcito, de pie ―repitió ella―. ¡No te preocupes! Ya me siento mucho mejor. Iré contigo al palacio, ¿no pensabas ir solo? ¿O sí? ―dijo sonriendo.

―Pero Carlo puede verte. ¡Vamos, escóndete! ―sugirió el virrey.

―Pero Leo, ya estoy bien ―aseguró la mujer enfatizando cada frase que decía―. Saber que nuestro principito se casará, me ha hecho mucho bien ―y caminó moviendo exageradamente los glúteos para que nadie dudara de su bienestar.

―Esto no es está bien, Adolfina, nuestro hijo desistirá ―comentó en voz baja el hombre.

―Tú déjalo en mis manos Leo, no te preocupes por nada ―dijo ella.

―Si las cosas no salen bien, será por tu culpa ―dijo Leopoldo, enojado.

Clara atestiguaba todo como si no pasara nada. Leopoldo la miró.

―Y hablando de otra cosa, ¿por qué Clara viste así? Ella no me pudo responder.




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