—No exageres —intervino el sanador con una sonrisa mientras sacudía la mano, dejando caer las últimas gotas de aconilita—. Los ungüentos actuales, reforzados con partículas mágicas, curan rápido. En pocos días tu piel volverá a estar como antes. El atacante, al parecer, no lo sabía.
Cecilia exhaló con alivio, aunque en su mirada aún brillaba la ira.
—Ahora solo falta encontrar al culpable —dijo con tono afilado—. Si no lo hacemos, podría intentarlo de nuevo... incluso matarme. —Miró fijamente a Evelina—. ¡Confiesa! ¿Quién te pagó? ¿Quién te ordenó verter veneno en mi baño?
—Nadie —respondió Evelina, segura, consciente de que si no lograba demostrar su inocencia, la esperaba la muerte—. Ni siquiera sabía que existía la aconilita. Greta me pidió que llevara el agua, eso es todo.
Los ojos de la duquesa se encendieron de rabia. Se arremangó de nuevo y se abalanzó hacia Evelina, mostrándole los brazos hinchados y enrojecidos.
—¡Mira esto! ¡Es tu obra! No puedo creer que mi sirvienta de toda la vida haya intentado hacerme daño. ¡Fuiste tú! ¡También le echaste algo a ella! ¡Por eso se siente mal!
El ceño de Anvar se frunció, su tono se volvió severo.
—Sus acusaciones carecen de lógica, duquesa. Estoy convencido de que Ayne no es la culpable. Pero con tu criada sí deberíamos hablar.
Evelina miró la piel inflamada, las ampollas redondas, como gotas gruesas de agua suspendidas en carne. Sentía una urgencia inexplicable: quería tocarlas, borrarlas, sanarlas. El deseo se volvía obsesivo. Sin pensar, como poseída, alzó la mano y acarició las heridas de Cecilia.
Una calidez brotó en su abdomen, ascendió al pecho y se bifurcó hacia sus brazos. De sus dedos emergió una neblina verde, espesa, envolvente, que cubrió a la duquesa como un velo esmeralda.
Evelina se asustó. Había usado su magia frente a todos y temía haber herido aún más a Cecilia. No deseaba hacerle daño, pero no podía detenerse. Algo la impulsaba, la arrastraba a seguir, como si la magia misma hubiese tomado control de su cuerpo.
Sintió una mano firme rodear sus muñecas. Anvar. Bajó lentamente sus brazos. Evelina se apoyó en él con gratitud, esperando no haber causado un daño irreparable. En ese instante, comprendió la esencia de la magia oscura: no se trataba solo de poder, sino del miedo de perder el control, de convertirse en verdugo sin quererlo.
La neblina comenzó a disiparse. Evelina bajó la mirada, se escondió en el pecho de Anvar y tembló. Mordió los labios para no llorar. Cuando finalmente logró hablar, su voz fue apenas un susurro:
—No lo hice a propósito. No sé cómo sucedió. Esa niebla... apareció sola. Solo quería ayudar. Lo siento. Tal vez deberían encerrarme... mantenerme lejos de todos. Así no podré herir a nadie más.
El silencio que siguió fue absoluto. Luego, un suspiro de asombro escapó de entre las sirvientas. Evelina no se atrevía a abrir los ojos, y como buscando protección, se apretó más al rey. Anvar no la rechazó. Acarició su espalda y la estrechó contra sí. Por un instante, el mundo desapareció. No había miradas indiscretas, ni murmuraciones, ni reglas de etiqueta. Solo ellos dos.
—Permítame examinarla, Su Majestad —dijo el sanador con voz inquieta. Evelina rogaba en silencio que Cecilia estuviera bien.
—¡Increíble! —exclamó Titus tras unos segundos—. Hace tiempo que no presenciaba algo así. Vuestra Majestad, creo que estamos ante una verdadera sanadora.
Anvar levantó el rostro de Evelina entre sus manos y la miró con ternura.
—Ayne, ¿sabías que poseías el don de curar?
—¿De qué habla? —musitó Evelina. El rey hizo un gesto hacia la duquesa.
La joven se giró con el corazón en un puño. Tenía que enfrentar las consecuencias. Pero lo que vio la dejó sin palabras: la piel de Cecilia estaba perfecta. Ni una sola marca. Ni rastro de las ampollas.
Titus explicó:
—La has sanado. Todo su cuerpo se ha regenerado. El don de curación es raro, muy raro. ¿De dónde eres, niña? ¿Quiénes son tus padres?
Evelina negó con la cabeza, confusa. Miró a Anvar, sabiendo que él nunca creyó del todo en su amnesia. Sin embargo, deseaba encontrar en él comprensión.
El rey mantenía una expresión impenetrable, pero no apartaba la vista de ella. Evelina se mordió el labio.
—No lo sé. No recuerdo casi nada. Ni siquiera sabía que podía curar...
—¡Claro que no! ¿Y esperas que creamos esas fábulas? —bramó Cecilia, más furiosa que agradecida—. Te han descubierto, y ahora finges para desviar las sospechas. ¡Estoy segura de que fuiste tú quien puso la aconilita! Solo falta saber de parte de quién actuabas.
Editado: 13.08.2025