El Secreto de la Vida

Capítulo 34

Narrado por VALERIA

La tela rasposa me irrita la piel, pero al menos me cubre. Es una concesión mínima, una burla vestida de piedad después de la brutalidad que he sufrido. Mantel, cortina, me da igual. Lo importante es que disimula las marcas, el ultraje que siento tatuado en cada centímetro de mi cuerpo. La revisión fue invasiva, humillante, una profanación que aún me duele en lo más profundo.

Él me observa desde la distancia, con la mirada gélida de quien descubre un parásito en su hogar. Yo le devuelvo la hostilidad, sintiendo el mismo recelo corrosivo. No confío en él, en ninguno de ellos. Son depredadores disfrazados de soldados, hambrientos de poder y sedientos de sangre.

El general, o lo que sea que sea, se acerca lentamente, como si fuera a diseccionarme con la mirada. Su escrutinio me revuelve el estómago. Intento mantener la compostura, la dignidad que me queda después de semejante vejación.

—Ya nos hemos visto antes —dice, con un tono que oscila entre la acusación y el reconocimiento—. Tú no eres de aquí.

Mi instinto me impulsa a defenderme, a demostrar que soy más que una simple intrusa rogando por un minuto de vida.

—Sí —respondo, tratando de modular la voz para que no tiemble—. Hice una cobertura en zona de guerra, antes de que la zona segura fuese vulnerada.

—Es cierto —replica, con una sonrisa que no llega a sus ojos—. Linda y deliciosa muchacha, ideal para los medios de comunicación.

El comentario me enciende la sangre. No soy un objeto, una cara bonita para vender noticias. Soy una periodista, una investigadora, una voz que busca la verdad y una mujer desesperada que llegó a este sitio del demonio…

—No he pedido opinión sobre mi físico —le espeto, con la voz cargada de agriedad—. Vengo por otro motivo.

Su sonrisa se desvanece, reemplazada por una mueca de irritación.

—Y un poco contestataria…

El bigote ralo que le cubre el labio superior se mueve al ritmo de sus palabras, como una oruga venenosa. Se inclina hacia mí, invadiendo mi espacio personal, y siento la imperiosa necesidad de alejarme. No quiero que me toque, que me hable, que me mire. No quiero que este hombre despreciable se acerque un milímetro más.

—El presidente presentará su rendición —suelto, como una bomba, esperando detenerlo.

Funciona.

Sus ojos parpadean, desconcertados, y retrocede un paso. La sorpresa lo ha tomado desprevenido.

—¿El presidente? —pregunta, con incredulidad—. El derrocado presidente del Sefirá, querrás decir.

—Sabe que buscaban filtrar y comercializar la información del libro —afirmo, con firmeza—. Esa es la causa de la invasión.

La mención del libro parece sacudirlo. Su mirada se endurece, revelando la verdadera naturaleza de su ambición.

—Cierto —murmura, con voz ronca—. Tú fuiste la paloma mensajera de esa información. Margarita ya me puso al tanto de que no llegó a sus manos. Me habló el idiota de Quismet amenazándome y no tuvimos más opción que abrir fuego.

—¿A quién ibas a vender esa información? —pregunto, sintiendo un escalofrío recorrer mi columna vertebral y sin un ápice de respeto por “tutearlo”..

—Naciones enteras lo buscan —responde, con una sonrisa lasciva—. El mejor postor se lo lleva.

—¿Y sabes qué significa siquiera eso?

Su risa es estridente, carente de humor.

—Me traen sin cuidado un montón de jeroglíficos —declara, con desprecio—. Quiero lo que me corresponde, entregarlo y olvidarme de todo para nadar en mi bendito dinero.

—No habrá dinero que disfrutar si desatas una guerra mundial —replico, sintiendo la urgencia de hacerlo entrar en razón.

—La guerra nunca se marchó —responde, encogiéndose de hombros—. "La política es la continuación de la guerra por otros medios". Ya lo decía Foucault, quien tenía demasiado tiempo para pensar, como sucede con esa gente, filósofos, ja.

Su cinismo me repugna. Este hombre es un ignorante, un oportunista, un peón en un juego peligroso que no comprende ni usa el cerebro.

—¿Crees acaso que la Historia y la Antropología que permiten leer jeroglíficos y la Filosofía que nos permite interpretar la realidad no sirven? —le pregunto, exasperada.

—Solo sirven las armas —afirma, con convicción.

—Para buscar un libro —señalo, con ironía.

—Y tu presidente decide exponer la vida de miles de inocentes antes que entregar el bendito libro a quienes realmente se lo merecen —me ataca, con furia.

—No son naciones ni patriotas—le corrijo, sintiendo la verdad abrirse paso—. Son privados poderosos los que piden esa información, ¿verdad? Grandes millonarios con más dinero que continentes enteros y con más poder que una organización mundial son capaces de hacer todo con tal de conseguirlo. ¿Por qué?

Su silencio es una confirmación.

—Porque dicen que es el secreto de la vida, ¿no? —pregunto, con un dejo de amargura.

—Yo no sé nada —dice—. Ya te dije que no me importan tus jeroglíficos.

—Con todos muertos, no hay vida que se justifique —afirmo, con vehemencia.

De repente, saca un revólver y me lo apunta directamente al rostro. El metal frío me hiela la sangre.

—La que va a morir eres tú si no me dices la verdad respecto de a qué viniste —me amenaza, con la mirada inyectada en odio.

—Digo la verdad —respondo, con la voz apenas audible—. El presidente ha solicitado espacio para su rendición.

—¿Y eso cómo lo corroboramos?

Respiro hondo, consciente de que la siguiente frase puede ser la última. No tengo otra opción.

—Jazmin —susurro, con el corazón latiendo a mil por hora.

Su rostro se desencaja. El color se drena de su piel, dejándolo con una palidez espectral.

—Jazmin es tu hija, ¿no?

Mi estómago se contrae al pronunciar su nombre.

—No te atrevas a mencionarla —gruñe, con la voz temblorosa.

—Está retenida por Defensa Nacional —le informo, con el corazón en un puño— hasta bien me entreguen con vida y a salvo a mi país. Entonces el presidente se manifestará públicamente y cederá el poder a vuestras tropas.




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