El secreto de Luciano

Capítulo 2

Sayen observa la forzada sonrisa de su jefe, nota su nerviosismo, pero se mantiene serena y seria escuchando lo que le dice.

Incómodo, Manuel carraspeó como si algo quisiera decir, pero prefiere evitarlo. Teme que su nueva editora, que lo contempla con atención, piense que está loco o inventando cosas inverosímiles.

¿Es mejor decirle la verdad o que ella misma lo descubra? No sabe qué hacer y por eso no puede evitar sentirse más inquieto sin pasar desapercibido ante los ojos de la mujer. Si se lo dice puede huir como su anterior editor, ¿y qué haría en ese caso? ¿Tomar él mismo la tarea de encargarse de Luciano? De solo pensarlo siente escalofríos. Con un pañuelo se secó la frente, no puede dejar de sudar en tan solo pensar en eso.

—Bueno, ahí está su dirección y sus datos —le entrega una carpeta—. Muy buena suerte.

Le dice mientras la despide desde la puerta de su oficina.

—Sí, la necesitarás —dice otro de los editores haciendo que todos en la oficina se larguen a reír, excepto su jefe que los hace callar con una mirada asesina.

Sayen arrugó el ceño ante la actitud de sus nuevos compañeros de trabajo, pero prefiere guardar silencio y salir rápidamente en dirección del lugar señalado por su jefe.

No puede evitar el mal presentimiento que la embarga, por lo que coloca algo de música dentro de su pequeño auto y conduce alejándose de la ciudad. Luciano vive en una zona muy alejada, rodeado de árboles y poco tránsito.

******************

Detiene su vehículo en una casa de rodeada de altos muros grises y un negro portón, se baja del auto observando lo alto que son los muros y arruga el ceño al ver el cerco eléctrico, al parecer su dueño no es muy amigo de las visitas. Toca el timbre varias veces, pero nadie contesta, vuelve a tocar en forma más insistente.

—¿Sí? —responde una voz varonil.

—Buenos días, soy Sayen Antul, la nueva editora de Luciano Alcaraz. Mi jefe debió haberles avisado que hoy vendría. Debo revisar el estado de las novelas del señor Alcaraz —respondió con seriedad mostrando su tarjeta que lo identifica como funcionaria de C & I.

Hubo un momento de silencio antes de recibir una respuesta.

—Está bien, pase adelante —y dicho esto el portón se abrió con lentitud.

Sayen subió a su auto y condujo al interior.

Cruzó por un extenso jardín que luce descuidado, con maleza que cubre casi toda la vegetación, hojas secas y acumuladas, y una entrada a la casa que parece que no ha sido barrida en meses. Todo esto es algo lúgubre y por eso tensó su rostro.

Tal vez este escritor es uno de aquellos huraños que les gusta vivir encerrados, lejos de todos. Aunque la imagen que muestra en internet parece ser contrario a esto, donde luce sociable y amigable. Al final en realidad parece ser que es un escritor encerrado en cuatro paredes que no le importa el exterior, ni siquiera su propio jardín. Debe ser eso lo que quiso decirle aquel impertinente editor que la llamó ‘compañerita’.

Desciende del auto tomando sus carpetas y se dirige a la puerta, aun con esa idea en la cabeza y recordando el nerviosismo de Manuel y las bromas de sus compañeros de trabajo ¿Será que esta es la razón por la que otros editores evitan trabajar con este escritor?

Mientras camina no puede dejar de mirar a su alrededor y lo desolado que se ve el lugar, cualquiera diría que ahí no vive nadie, si no fuera por la persona que le respondió en la entrada de esta casa hubiera creído que es un lugar abandonado.

Suspiró al estar frente a la puerta, calmando su ansiedad, debe ser profesional y no dejarse aminorar por lo que está viendo. Luego de dos golpes la puerta fue abierta con ímpetu, siendo recibido por un hombre que solo lleva una toalla cubriéndole desde la cintura hacia abajo, dejando ver sus bien trabajados pectorales y secando su húmedo cabello con otra toalla.

—Pasa —le sonríe en forma seductora sin dejar demasiado para la imaginación, ya que la toalla que lleva a la cintura solo por un par de centímetros no le muestra lo que lleva escondido.

Es inevitable para Sayen no quedarse paralizada. Incómoda ante tal espectáculo desvía la mirada tosiendo y tomando las carpetas las que presionó contra su cuerpo. Por las fotos que vio en internet sabe que está frente a Luciano. Es en realidad mucho más apuesto y varonil en persona. ‘Todas las editoras terminan enamorándose de él’.

Todas, pero ella es profesional, lo suficiente para separar lo que es trabajo y vida personal. Tosió enderezándose. Cuando levantó la mirada notó que aquel hombre la contempla fijamente. Esto perturbó su serio semblante.

—Bonita figura, un poco pequeña y delgada, pero tienes unos bonitos ojos —le sonríe en forma galante.

—Señor Luciano —se coloca seria por la actitud de aquel hombre—. Vengo a hablar de sus escritos y...

Pero el hombre que ahora se ha acercado bastante le levanta el mentón contemplando la sorpresiva mirada de la mujer. No dice palabra alguna, sus ojos solo están atentos a los labios de Sayen, quien los mueve como si buscara decir algo, pero las palabras no salen de su boca, sorprendida por la desfachatez de aquel individuo.

—¿A qué sabrá el néctar de aquellos labios vírgenes que parecen suplicarme ser tocados? —susurró acercándose a Sayen.

La joven editora se turbó en sus palabras. ¿Qué acaba de decirle? ¿Se le ha insinuado? al reaccionar ante su inusual comportamiento le dio un empujón con fuerzas.

—Le pido que mantenga su distancia si no quiere que me vea obligada a usar mis puños—lo amenazó con el ceño arrugando.

El hombre se queda mirándola anonadado, y sonríe hasta comenzar a reírse, dejándola libre y alejándose para secarse el húmedo cabello.

—Uhm... Bien, vienes solo a trabajar.

Sonríe mientras enciende el secador de pelo y toma asiento en el sofá con una tranquilidad inesperada luego de lo que acaba de pasar. Su cabello despeinado lo hace lucir distinto, tal vez con un dejo de salvajismo que es imposible no admirar. Sayen desvía la mirada intentando pensar en otra cosa que no sea en ese hombre desnudo que solo cubre su intimidad con una toalla pequeña como esa.




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