El Secreto de mi Historia

Capítulo 6 - Miedo [2].

—No —respondí por fin—. Estoy... bien —percibí en mi respuesta que estaba cohibida, mi cuerpo inconscientemente se quería encoger hasta querer desaparecer.

Las esquinas de los ojos de esa mujer bajaron, todavía teniendo estampada en su expresión la emoción de la preocupación.

—De todas maneras llamé al doctor en cuánto oí la noticia, en cualquier momento aparecerá —mencionó probablemente con la intención de tranquilizarme.

—No hace falta —murmuré lentamente—. Estoy bien —dije por segunda vez con más seguridad.

—Mi niña, no es necesario que aparentes estar bien, puedes quejarte como siempre, mamá no dirá nada —murmuró con un tono de cariño que me recordó a mi propia madre.

Mis hombros comenzaron a temblar por contener los sollozos que querían escapar desde hace rato, sentía la presión en mi rostro, tal vez distorsionada por evitar llorar.

«¡Por supuesto que no estoy bien señora! Estoy en un lugar desconocido y no sé qué hacer».

Mi estado no pasó desapercibido, porque el movimiento de unos brazos levantarse con la intención de abrazarme atravesó mis ojos, provocando que rechazara tal acción al alejarme con temor, rodeé mi cuerpo con mis brazos en señal de protección.

—No... No me toques, por favor —supliqué en un hilo de voz.

Sus cejas se alzaron en gesto sorprendido, pude reconocer las emociones que pasaron por su rostro; confusión, miedo, tristeza y dolor, pero fue fugaz porque se recompuso con una pequeña sonrisa que decía que todo estaba bien. Terminó levantándose por completo del suelo y alisó las arrugas de su falda con movimientos elegantes.

—Está bien, cielo, mamá entiende —murmuró suavemente.

Un gramo de culpa se instaló en mi pecho, mi mente me traicionó al poner esa escena como un espejo del pasado, vi a mi madre Alma tener esas mismas expresiones y acciones en los años de mi adaptación después de vivir mi infierno.

«Mía, no es Alma, no es tu madre. No sientas culpa ante una desconocida».

Sólo así pude cortar cualquier sentimiento de empatía, así fuera un sueño, las vivencias de éste eran tan reales que necesitaba actuar como si se tratara de la vida real.

Justo en ese momento el sonido de la puerta ser tocada llamó la atención de nosotras tres, la mujer frente a mí giró la cabeza hacia la puerta al igual que yo, ambas vimos cómo la muchacha caminó a paso apresurado para abrirla.

—Es el doctor —anunció la joven, miró a la mujer a la espera de una respuesta.

Ella asintió.

—Hazlo pasar rápidamente.

Con la confirmación hecha, la criada terminó por abrir la puerta, dándole paso a un hombre de apariencia mayor, tenía una prominente barba que cubría su mentón hasta sus patillas y le hacía su bigote, el vello facial era negro con resquicios de blanco por la edad. Vestía un traje negro con camisa blanca y mostraba un tercio de calvicie en su parte superior. No era muy alto, probablemente su tamaño estaba por debajo del mío.

Pero aparté la mirada del supuesto doctor por el movimiento detrás de él, también había ingresado una segunda persona, siendo entonces una figura muy conocida, tardé unos segundos en reconocerla, era la misma mujer que conocí cuando desperté por primera vez en aquel lugar.

Su porte era tranquilo y elegante, digno de una dama noble, sus manos estaban juntas frente a ella y se detuvo a unos pasos de distancia al costado del doctor.

—Morris, revisa a mi hija rápidamente —ordenó con voz neutra quién creía era la madre, lo cual me confirmó su identidad con esas palabras.

Me sorprendió el tono diferente que empleó para dirigirse a él y el semblante serio que adquirió, no se veía a la mujer mortalmente preocupada por su hija.

El nombrado doctor asintió ante la orden y se acercó al borde de la cama, se arrodilló de una sola pierna y dejó el maletín sobre el colchón para quitarle el seguro y sacar algo de allí. Atenta a sus movimientos, mordí mis labios para reprimir mis impulsos de saltar de la cama y esconderme en un rincón, siempre había sido reacia a que me tocaran, pero en la medida era soportable, mi cuerpo se acostumbró a la tensión porque los chequeos con el médico solían ser rutinarios. Otra razón de aguantar era que si no colaboraba y hacía más difícil eso, probablemente me metería en problemas.

El hombre sacó un objeto o una especie de artefacto pequeño al que no le pude dar forma, tampoco me dio el suficiente tiempo para hacerlo porque de inmediato lo rodeó con su mano y alzó su brazo, me encogí de hombros y cerré los ojos, pero al contrario de sentir el esperado toque, hubo una sensación de que algo irradiaba hacia mí, despegué con cuidado un párpado y mi mente se quedó en blanco ante lo que vi.

De una de sus manos se iluminaba en un tenue rojo y la movía como si estuviera escaneando todo mi cuerpo con sólo eso.

«¿Qué es eso? ¿Qué estoy viendo? ¿Qué hace? ¿Está revisando mi estado con esa luz roja que se desprende de su mano como partículas?»

Continuaba irradiando un poco de calor, pero del resto no sentía más nada, ni cosquillas ni el tacto de alguien. Tal vez mi rostro expresaba sorpresa, si era así, ninguno mencionó nada al respecto.




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