Estoy en una novela.
Así de sencillo e irreal era mi situación.
Y para agravar aún más mi estado, se trataba no de cualquier novela, sino de la historia que escribí y planifiqué en los últimos tres meses del año.
¿Cómo pasé de repetir incansablemente que me encontraba en un sueño lúcido a aceptar que efectivamente todo lo que vivía era la realidad misma?
Bueno, no fue fácil y tomó tiempo, porque definitivamente mi cerebro no podía procesar al principio que de verdad estaba en otro mundo completamente diferente a lo que conocía, era como la tierra misma, pero con añadidura de elementos fantasiosos.
Lo cual hacía razonable mi negativa ante lo evidente, ¿quién se iba a imaginar que un día despertarías en el mundo de una novela? Probablemente muchos, ya que la imaginación no tenía límites y hubo un tiempo en la empresa donde tuve que editar diversas novelas que trataban justamente la dinámica que vivía. Pero todo quedaba en una simple fantasía, era una obviedad y certeza que algo así jamás pasaría.
Algo que al parecer no se aplicaba para mí.
Porque lo estaba viviendo, y no era bonito, era traumático.
Para empezar, los primeros días me la pasé desorientada porque mi cuerpo presentaba un malestar del cuál desconocía su origen actualmente, los doctores que me revisaron continuaron diciendo que no tenía ninguna anomalía, que quizás mi enfermedad se trataba de un estado mental que físico u otro agente interno.
Así que estuve mayormente dormida hasta que mi propio cuerpo dijera que estaba bien. Mi mente iba y venía entre la conciencia y la inconsciencia, ya no podía despertar con normalidad como al principio, sudaba por la fiebre y el dolor de mis músculos me anclaba a la cama. Lo único que podía hacer era soñar que un día despertaría sintiéndome renovada en mis cincos sentidos, o incluso mejor, que al despegar los párpados, reconocería las paredes de mi confortable cuarto de mi apartamento.
Después de cuatro días presa en la cama, por fin desperté siendo consciente de mí misma y dueña de mi cuerpo. Qué decepción me invadió cuando me di cuenta que continuaba en aquella habitación de época victoriana, la crisis de al principio había aminorado, como si estuviera bajo los efectos de una anestesia o placebo.
Quizá por eso la lógica me pegó sentada en aquel colchón, cabizbaja, observando las piernas estiradas de forma ausente. Un sueño lúcido era ser consciente de que te encontrabas en un sueño, de que en realidad dormías y podías hacer lo que quisieras, en teoría eso era, ¿pero cuánto duraba? ¿Realmente los sueños lúcidos transcurrían por tanto tiempo?
La verdad es que creía que no, no había forma de que fuera consciente en mi propio sueño por una semana completa.
Fue entonces que comencé a sopesar la idea de que esas historias fantasiosas que tanto leí, realmente me estuvieran ocurriendo.
«¡Una transmigración!»
Quise reír de la histeria, sonaba tan absurdo con solo pensarlo. Pero a la misma vez sentía que era la palabra razonable para explicar lo que sucedía. ¿Cómo sería posible sentir un dolor intenso, malestares, sensaciones vívidas al tacto y vistas tan detalladas si no era una persona de carne y hueso? Una de las características de los sueños lúcidos era modificar todo a nuestro antojo, al despertar en mis cinco sentidos lo primero que hice fue imaginar cosas que levitaban hacía mí.
Nada ocurrió, los objetos permanecían intactos en sus lugares dispuestos.
La confirmación de que viví una transmigración cobró fuerza con el pasar de los días. En mi recuperación, de vez en cuando aparecía la mujer mayor, la madre del cuerpo que poseía.
Sinaí de Daft.
Un personaje que creé como relleno también, existiendo en casos puntuales para apoyar a sus hijas, independientemente de cómo se comportaran ante la sociedad, ella las defendería siempre.
Sus visitas eran breves, sólo para comprobar cómo seguía, no platicaba con ella porque aún me sentía intimidada y débil por lo que transcurría. Sin embargo, mi renuencia no la desanimó, Sinaí parecía una mujer perspicaz, comprendió al instante que no estaba en condiciones de conversar, porque solía hacerme preguntas que podían ser respondidas asintiendo o negando con la cabeza.
Tal vez su preocupación genuina por Kilari me hizo pensar en el final terrible que les di a los padres de las hermanas. Pero no profundicé en esos pensamientos, lo que menos quería era simpatizar con personas ajenas.
Personas... Personajes.
No había mucha diferencia.
Sí, seguía siendo una locura mi situación, no podía creerlo del todo.
Aparte de aquella mujer, quién vi con mayor frecuencia fue la doncella principal que servía al personaje original, nunca me preocupé en esta clase de cosas que no fueran mis personajes principales y secundarios, pero conocía la interacción entre una dama y su doncella, pequeñas escenas tuve que escribir con Solange y Selene en relación a sus doncellas, así que tenía sentido que Kilari también tuviera una propia por causa de su estatus.
Pero debido a que se trataba de un personaje extra irrelevante de mi historia, obviamente no sabía el nombre de la doncella hasta que en una oportunidad Sinaí la llamó por su nombre queriendo información de mi estado de salud.
#1146 en Fantasía
#1647 en Otros
#302 en Novela histórica
transmigracion, magia amor aventuras guerras muertes, principe y realeza
Editado: 01.03.2026