El sonido de la cerradura al cerrarse por fuera me hizo voltear de inmediato. Caminé hacia la pesada puerta de madera de la biblioteca y giré la perilla. Nada. Estaba bajo llave.
—¡Santi! ¡Sofía! ¡Abran la puerta ahora mismo! —ordené con mi voz de CEO, esa que hacía temblar a mis ejecutivos.
—¡No, papá! —gritó la vocecita de Santiago desde el pasillo—. ¡Melissa está muy triste porque mamá la regañó y tú tienes que darle un beso para que se sienta mejor!
—¡Hasta que no sean novios no les vamos a abrir! —secundó Sofía antes de que escucháramos sus pequeños pasos correr a toda prisa por el pasillo.
Solté un suspiro frustrado y me giré. Melissa estaba de pie junto al gran librero, con las manos entrelazadas y los ojos húmedos. Margaret la había humillado esa tarde frente al servicio, y mis hijos, en su inocencia, habían decidido intervenir a su manera.
Me acerqué a ella lentamente. El silencio de la biblioteca nos envolvió, volviendo el ambiente peligrosamente íntimo. Su respiración se aceleró a medida que yo acortaba la distancia.
—Lamento la travesura de mis hijos, Melissa —dije en un susurro, deteniéndome a centímetros de su rostro—. Aunque... para ser honesto, es la primera vez que no me molesta en absoluto que me desobedezcan.
Ella levantó la vista, atrapada entre el miedo a su secreto y el evidente deseo que brillaba en mis ojos.
💥 El plan de los niños está funcionando... pero el peligro acecha en las sombras.