## CAPÍTULO 2: El precio de la sangre
**César Duarte**
Crucé el pasillo con el corazón latiéndome con fuerza contra las costillas. Cada palabra de Martha se había quedado clavada en mi mente como una astilla envenenada. Me detuve frente a la habitación de Ares, cuya puerta blanca estaba entreabierta, dejando escapar la suave luz cálida de una lámpara de noche. Entré con pasos silenciosos y encontré a Margaret de pie junto a la cuna, contemplando al bebé con una expresión de absoluta devoción que jamás le había visto antes.
—Si se duerme ahora, no nos dejará pegar un ojo en toda la noche —pronuncié, intentando que mi voz sonara normal, aunque la tensión me arañaba la garganta.
Margaret se sobresaltó un poco, pero al verme, una sonrisa radiante iluminó su rostro.
—Es tan lindo cuando duerme, ¿ya lo has visto con detalle? —murmuró, estirando un dedo para delinear con extrema delicadeza la manito del niño—. Es idéntico a ti, César. Tiene tus mismos ojos verdes, tus manos, la estructura exacta de tu rostro. Cada vez que lo miro... recuerdo cuánto nos amamos y con cuánto amor lo procreamos.
Se dio la vuelta y se acercó a mí, rodeando mi cintura con sus brazos y apoyando la cabeza en mi pecho. Escucharla hablar así, con ese misticismo casi obsesivo sobre la genética, me revolvió el estómago. Yo suspiré, incapaz de corresponder el abrazo con la misma calidez de siempre. Sentía una distancia abismal abriéndose entre nosotros.
—Quiero que hablemos de algo importante, Margaret —dije, tomándola de los hombros para distanciarla un poco.
Ella parpadeó, asombrada. Su mirada se fijó en mis ojos, buscando respuestas.
—¿Margaret? —preguntó con un hilo de voz, desconcertada. Casi nunca la llamaba por su nombre de pila; para mí siempre había sido "mi amor", "cariño" o "mi vida".
Antes de que pudiera confrontarla, el estridente sonido de mi teléfono móvil rompió el silencio del cuarto. Gruñí con frustración al ver la pantalla. Era una llamada de la división tecnológica en Tokio; un problema crítico con los servidores asiáticos que requería mi autorización inmediata. Era una llamada que no podía rechazar bajo ninguna circunstancia si quería mantener a flote el contrato multimillonario que acababa de firmar.
—Hablamos en un momento —le prometí, soltando el aire con pesadez—. Debo atender esto.
Salí al pasillo a toda prisa, arrastrando conmigo la frustración. La llamada se extendió por casi una hora de discusiones técnicas que solo lograron aumentarme el dolor de cabeza. Cuando colgué, me sentía agotado. Fui directo a nuestra habitación principal, me di una ducha rápida para quitarme el estrés del viaje y me vestí con ropa cómoda. Miré el reloj de pared: eran las seis de la tarde. En nuestra casa, la disciplina era una ley inviolable; todos los días cenábamos exactamente a esa hora, juntos, como la familia unida que siempre presumimos ser.
Bajé las escaleras a paso firme, esperando encontrar el bullicio habitual en el gran comedor. Sin embargo, al cruzar el umbral, me quedé helado.
La gigantesca mesa de caoba para doce personas se sentía desierta. Sentada en la cabecera estaba Margaret, luciendo un vestido elegante, impecable. A su lado derecho reposaba el cochecito de Ares, quien jugaba con un sonajero de plata. Pero los platos de Santiago y Sofía no estaban puestos. Los cubiertos de mis dos niños pequeños habían desaparecido de la mesa.
Una punzada de furia me atravesó el pecho. Ya no eran suposiciones de los empleados; lo estaba viendo con mis propios ojos.
—Te estábamos esperando, mi amor —dijo Margaret, dedicándome una sonrisa perfecta, como si estuviéramos viviendo en un comercial de televisión.
—¿Dónde están los niños? —cuestioné, mi voz saliendo en un tono peligrosamente bajo y cargado de disgusto. No me senté. Permanecí de pie, controlando el temblor de mis manos.
Margaret suspiró, restándole importancia con un leve movimiento de hombros.
—Están cenando en la cocina, César. No pongas esa cara.
La miré lleno de rabia contenida. En una parte recóndita de mi mente, todavía esperaba que tuviera una explicación lógica, un argumento médico, lo que fuera que demostrara que Martha estaba equivocada. Pero sus ojos fríos me dieron la respuesta antes de que volviera a abrir la boca.
—¿En la cocina? —reclamé, dando un paso hacia adelante—. ¿Por qué demonios mis hijos están cenando en la cocina y no aquí, con nosotros, como lo hemos hecho cada maldito día de sus vidas?
—Porque quería que cenáramos a solas, mi amor —respondió ella con una suavidad pastosa, una dulzura fingida que me enervó los nervios—. Tú, yo... y nuestro hijo. —Sonrió, acentuando la palabra "nuestro" con una crueldad que me pareció inhumana.
—¿Qué demonios está pasando aquí, Margaret? ¡Quiero una explicación ahora mismo! —exigí, perdiendo los estribos.
—¡Que ahora somos una familia real, César! —soltó ella, perdiendo también la compostura, su rostro transformándose en una mueca de amargura—. Tenemos un hijo. Nuestro propio hijo de sangre. El hijo legítimo que siempre soñamos y que por fin la vida me dio.
—¡Tenemos tres hijos! —grité con todas mis fuerzas, descargando un puñetazo violento sobre la mesa de caoba.
El impacto hizo temblar la vajilla de porcelana y las copas de cristal. Ares, asustado por el estruendo, estalló en un llanto ensordecedor. Margaret se puso de pie de un salto, con el rostro pálido, y sacó al bebé del cochecito para acunarlo contra su pecho, fulminándome con la mirada.
—Adoptamos a esos niños porque pensábamos que no podíamos tener hijos, ¿o es que ya lo olvidaste? —escupió ella, y sentí como si me hubieran dado una bofetada. Era la primera vez en seis años, desde el día en que firmamos los papeles de adopción de los gemelos, que Margaret usaba la palabra "adoptados" con ese tono de desprecio. La primera vez en seis años que marcaba una línea divisoria entre el bebé y los gemelos.