El silencio de la casa era una losa de concreto sobre mis hombros. Mientras caminaba por el pasillo de la planta alta, cada paso resonaba como un eco fúnebre. Las dudas y la preocupación me estaban despedazando la mente, devorándome las entrañas. No iba a dejar que esta conversación pasara de hoy; la presión en mi pecho era insoportable y mañana temprano tenía una reunión de inversores crucial que no podía posponer. Pero mi vida familiar se estaba desmoronando, y el dinero no sirve de nada cuando el hogar se convierte en un campo de batalla silencioso.
Entré a la habitación principal, sumida en una penumbra azulada. Margaret ya dormía plácidamente, con la respiración pausada y el rostro sereno, como si nada hubiera pasado. Como si las miradas de desprecio que les había lanzado a nuestros hijos esa tarde no hubieran dejado cicatrices en el aire. Sentí una punzada de rabia mezclada con una profunda decepción. ¿Cómo podía descansar con tanta tranquilidad mientras yo sentía que el mundo se caía a pedazos?
Me acerqué a la cama con el corazón latiéndome en la garganta.
—Margaret, necesitamos hablar —dije, pero mi voz apenas fue un susurro ahogado por la tensión. Ella ni se mutó.
Me incliné, extendiendo la mano hacia su hombro. La toqué, sacudiéndola con suavidad pero con firmeza, obligándola a salir de su letargo.
—Margaret, tenemos que hablar. Ahora.
Ella soltó un quejido, removiéndose entre las sábanas de seda de ochocientos hilos. Abrió los ojos lentamente, entornándolos por la parquedad de la luz, con una expresión de susto que se transformó rápidamente en fastidio.
—¿El bebé está bien? —preguntó de golpe, incorporándose un poco, con la voz rota por el sueño y un deje de pánico genuino. El instinto maternal le brotaba a flor de piel, pero solo para uno.
—El bebé está perfectamente bien, duerme en su cuna —respondí, tragando el sabor amargo de mi propia saliva—. Lo que no está bien, lo que es una maldita locura, es lo que estás haciendo con Santiago y Sofía.
Margaret dejó caer la cabeza hacia atrás sobre la almohada, soltando un suspiro cargado de hastío. Cerró los ojos de nuevo, dándome la espalda con una indolencia que me quemó la sangre.
—Es medianoche y estoy agotada, César. Hablemos en otro momento. Mañana, si quieres.
—Me importa un carajo que sea medianoche —bramé, perdiendo los estribos. El tono de mi voz cortó el aire como un cuchillo—. Vas a hablar conmigo ahora mismo.
Su indiferencia hacia nuestros hijos mayores me resultaba insoportable, una tortura psicológica que no estaba dispuesto a tolerar ni un segundo más. El rechazo sistemático que venía mostrando en las últimas semanas era un veneno que estaba matando el alma de dos niños inocentes.
Margaret se sentó de golpe en la cama, despojándose de la manta con un gesto violento. Sus ojos, antes llenos de la dulzura que me había enamorado, destellaron con una furia fría. Se cruzó de brazos, mirándome como si yo fuera el enemigo.
—¿Qué es lo que quieres hablar, César? ¿Qué es tan urgente que no puede esperar a que amanezca?
—¿Qué cambió en ti, Margaret? —pregunté, y la pregunta me dolió en el centro del pecho. Mi voz tembló, no de ira, sino de una profunda tristeza—. ¿Por qué tanta crueldad, tanta indiferencia hacia los niños? Santiago pasó la tarde llorando porque ignoraste su dibujo. Sofía no quiso cenar porque ni siquiera la miraste al llegar. ¡No se merecen eso! Son solo unos niños.
Margaret soltó una risa seca, desprovista de cualquier rastro de humor. Una risa que me heló los huesos.
—Si te das cuenta, César, cargué nueve meses en mi vientre al bebé Ares. Creció dentro de mí, sentí sus patadas aquí, en mi estómago, compartiendo mi propio cuerpo —dijo, golpeándose el vientre con una mano mientras las lágrimas del enojo empezaban a asomar en sus ojos—. Lo traje al mundo con dolor, desgarrándome. Tiene nuestra sangre, corre por sus venas. ¿Quieres más que eso? No quiero que mi hijo legítimo tenga que compartir su herencia con dos niños que no son nada de nosotros. Esa es la verdad, si tanto querías escucharla.
Me quedé helado. Sus palabras se clavaron en mi mente como estacas ardientes. Me esforcé por mantener la compostura exterior, forzando a mis músculos a quedarse quietos, aunque por dentro mi sangre hervía a mil grados de temperatura. El monstruo del materialismo se había apoderado de la mujer que creía conocer.
—¿De qué herencia hablas, Margaret? —pregunté, con una calma fingida que me costó la vida mantener—. Déjame refrescarte la memoria, ya que pareces haber olvidado de dónde vienes. Tú nunca has trabajado un solo día desde que estamos juntos. Tu familia vive en la miseria, son de clase baja, y lo poco que tienen, la casa donde viven, los negocios de tus hermanos, es porque yo se los he dado. Todo ha salido de mis manos.
Ella abrió la boca para interrumpirme, pero la callé con un gesto autoritario.
—Así que, si únicamente quieres dejarle una herencia al bebé Ares, levántate de esa cama, trabaja, suda y construye tu propia fortuna. Porque el día que yo muera, le dejaré la misma cantidad de dinero a cada uno de mis hijos por igual. Sin distinciones, sin favoritismos. De hecho, no tienes que esperar a que pase: ya está estipulado de esa manera en mi testamento legal.
—¡Ares es tu hijo! ¡Tu único hijo de verdad! —gritó ella, perdiendo los papeles, con el rostro desencajado por la codicia y el orgullo herido—. ¡Mi amor, por qué te cuesta tanto entenderlo! Los otros son adoptados, no llevan tu apellido por derecho de nacimiento...
No pude seguir escuchándola. Caminé con pasos pesados hacia la cómoda de caoba, abrí una de las gavetas inferiores con un tirón brusco y saqué el pesado álbum de fotos familiar. Regresé a la cama y lo arrojé sobre las sábanas, frente a ella. Las páginas se abrieron, mostrando las sonrisas de los gemelos cuando cumplieron tres años, soplándoles a las velas de un pastel cubiertos de merengue.