El secreto de nuestra niñera

Capítulo 4: Una nueva niñera

—Al hospital —pronunció Margaret entrando en su lujoso auto para ir al hospital. Su rostro era serio, lleno de orgullo y desdén, y su voz sonó dominante, el tono exacto que utilizaba cuando pretendía someter la voluntad de cualquiera que la rodearara.

August, sentado frente al volante, se tensó de inmediato. El espejo retrovisor devolvió la imagen de sus ojos inyectados en sangre, fijos en la mujer que ocupaba el asiento trasero. El corazón le dio un vuelco violento.

—¿Estás bien? ¿El bebé está bien? —preguntó el chofer asustado, perdiendo por completo la postura profesional y volteándose a mirarla con una mezcla de desesperación y curiosidad.

Margaret, sintiendo el peso de esa mirada que conocía demasiado bien, bajó la vista hacia la criatura que dormitaba entre sus brazos. El pequeño era un recordatorio constante de una noche que desearía borrar de su memoria, pero que al mismo tiempo la encadenaba a un abismo. Al ver su evasión, August estiró el brazo y, con una audacia que rozaba la imprudencia, puso la mano en su hombro. El contacto físico quemó a través de la fina tela del vestido de diseñador de Margaret.

—Margaret ¿qué sucede? Dime qué pasa de una vez.

—¡Ya basta, August! —gritó ella, apartando el hombro de un manotazo limpio y afilado—. Arranca el maldito auto y no preguntes nada aquí. Las paredes de esta casa tienen ojos y oídos, y no voy a permitir que arruines mi vida. ¡Conduce!

El chofer apretó los dientes, metió la marcha con brusquedad y el auto se deslizó en silencio por la rampa de salida. Cruzaron las imponentes rejas de hierro forjado de la propiedad , pero la tregua duró poco. En cuanto el vehículo estuvo algo alejado de la mansión, en una sección apartada de la carretera bordeada por densos árboles, August pisó el freno de golpe y desvió el auto hacia el arcén, deteniéndolo por completo.

El silencio que siguió fue molesto interrumpido solo por el ronroneo del motor.

—¿Qué demonios haces? —cuestionó ella, la furia tiñendo sus mejillas de un rojo encendido—. Te pagamos para conducir, no para secuestrarme en mitad de la carretera. Arranca ahora mismo si valoras tu empleo.

August se desabrochó el cinturón de seguridad y se giró por completo, apoyando el brazo en el respaldo del asiento. Su rostro ya no era el del sirviente sumiso; era el de un hombre acorralado por la verdad.

—Necesito saber la verdad, Margaret. No me voy a mover de aquí hasta que me mires a los ojos y dejes de mentir. ¿Ese bebé es mío, verdad? —preguntó, con la voz rota por una mezcla de esperanza y terror.

Ella lo miró seria, tragando en seco. El nudo en su garganta amenazaba con asfixiarla, pero Margaret era una experta en construir murallas de hielo. Sostuvo la mirada de August sin parpadear, permitiendo que la frialdad de su estatus social se interpusiera entre ellos.

—Si vuelves a decir una tontería de esas, te acusaré por acosarme —sentenció, midiendo cada palabra con una crueldad calculada—. Perderás tu trabajo, tus referencias y me encargaré personalmente de que no encuentres empleo ni para limpiar las calles de esta ciudad. ¿Te queda claro?

August soltó una carcajada amarga, una que nació desde el fondo de su pecho herido. El despecho lo transformó.

—¿Con quién me acusarás? ¿Con tu marido? —exclamó, subiendo el tono, desafiante—. Anda, vamos, entremos de nuevo por esa puerta para que le digas cómo después de una supuesta noche loca con tus amigas terminamos haciendo el amor cuatro veces en su propio auto, justo en este mismo asiento donde estás sentada ahora. Y mira qué maravilla la biología, Margaret: justo después, a los quince días, casualmente estabas embarazada. Haz las cuentas. César sabe de finanzas, seguro que sabe sumar semanas también.

La mención del nombre de su esposo fue como un balde de agua helada que desmoronó la fachada de Margaret. El pánico real, el miedo a perder el imperio que tanto le había costado asegurar, se filtró por las grietas de su máscara. Sus ojos se abrieron con horror.

—César me mataría... —susurró, y por primera vez la soberbia dio paso a una vulnerabilidad desesperada—. A mí, a ti y...

Miró al bebé que llevaba en brazos, cuyos pequeños párpados revolotearon ante la tensión del ambiente, y suspiró profundamente, intentando contener las lágrimas de frustración que amenazaban con brotar.

—Fue un error, August. Entiéndelo de una maldita vez —continuó, forzando una firmeza que no sentía—. Amo a mi marido, amo a mi hijo, amo la vida que tengo y a mi familia. Entiende, August, solo fuiste un desliz, un grave error de una noche en la que no era yo misma. No significas nada para mí. Solo fuiste un error. Déjame en paz.

August la observó fijamente. Detrás de sus ojos oscuros había un destello de locura, el idealismo ciego de un hombre que creía que el amor podía derribar las barreras de la opulencia. Se inclinó un poco más hacia ella.

—Escapémonos juntos —propuso el chofer, con una seriedad que helaba la sangre—. Deja todo esto. Deja a César. Podemos empezar de nuevo en otro lugar, lejos de esta farsa. Yo criaré a mi hijo. Te daré una vida real.

Margaret se quedó estupefacta un segundo antes de que una risa histérica y despectiva escapara de sus labios perfectos. Se rió con ganas, una risa que pretendía humillarlo y pisotear cualquier rastro de dignidad que le quedara a August.

—¿Escaparme contigo? ¿A dónde? ¿A un suburbio miserable a contar centavos para pagar la renta? —lo miró con profundo asco—. Amo a César. Lo amo, ¿de qué forma quieres que te lo diga para que te entre en la cabeza?

August mutó su expresión de la súplica a una mueca de desprecio absoluto. La venda se le cayó de los ojos por completo.

—No me jodas, Margaret. A mí no me engañas —dijo el chofer, su voz ahora baja, arrastrada, peligrosa—. No quieres a César, no quieres a tus hijos, no quieres a nadie. Solo te amas a ti misma. El dinero, el poder, el maldito estatus social... eso es lo único que quieres y lo único que te importa en esta vida. Estás vacía.




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