Melissa:
Estaba parada en la puerta cuando la niñera de los niños entró a pedir su renuncia y vi a la niña salir, una pequeña de seis años, ojos claros y pelo castaño claro, el rostro pàlido y delicado con un vestido rosa, parecía una princesita,me sonrió amablemente y no fui capaz de hablarle, la verdad no pude hacerlo. Sentí mi corazón en la boca y solo me quedé observàndola sin ser capaz de pronunciar ninguna palabra mientras se alejaba. Entonces escuché a la niñera de los niños hablando con su padre y me vi obligada a intervenir cuando ni siquiera ella de lo nerviosa que estaba recordaba mi nombre:
—Me temo que no, siento irme de esta manera señor, adoro a los niños pero no puedo hacer nada. Sin embargo quería recomendarle a alguien que va a cuidar bien de los niños... Es, se llama—balbuceaba María con sus manos temblorosas y si la dejaba seguir así César sospecharía, ese hombre no era ningún tonto
—Melissa Santander—pronincié desde la entrada, él levantó la vista hacia mí al verme caminar hacia donde estaba y nuestras miradas se cruzaron. Lo conocía de algún lado estaba segura sin embargo no lograba recordar de donde y eso me aterraba.
—Mucho gusto señor—extendí mi mano hacia él, un hombre alto, apuesto, con carácter, un rostro serio y dominante pero muy bien parecido—apuesto que los niños y yo nos llevaremos de maravilla.
—Tengo que consultarlo con mi esposa y entre ambos entrevistarla—sonreí moviendo mi rostro hacia un lado. La opinión de su esposa me importaba un pepinillo, iba a empezar a trabajar en esta casa y iba a hacer lo que hiciera falta para conseguirlo.
—¿Por lo menos puedo conocer a los niños? Creo que lo más importante son ellos ¿verdad? —cuestioné intentando relajar la situación, la verdad moría de ganas por ver a esos pequeños, escucharlos hablar, abrazarlos y verlos sonreír.
—Hagamos algo—propuso—señorita esta situación de la renuncia de María nos tomó desprevenidos completamente, es que ella es ya como de la familia. Mañana venga y mi esposa y yo hablaremos con usted si la contratamos ya conocerà a los niños. Vamos la acompañaré a la puerta—señaló la salida con educación.
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Margaret acababa de llegar y estaba en el jardín hablando por teléfono con el bebé Ares en brazos.
—Señora Aida necesito que vea con sus propios ojos como César ha cambiado conmigo por esos niños, ya ni siquiera se preocupa por Ares, venga por favor, usted es la única que puede hacer a su hijo entrar en razón..
—Mamà que bueno que llegas—dijo Sofi abrazàndose de las piernas de su madre que retorció los ojos y suspiró.
—¡Estoy hablando por teléfono¡—le gritó a la niña—César los tiene tan malcriados. —continuó en el teléfono.
—Solo quería darte este dibujo que hice para ti..—dijo la niña y ella lo tomó dejàndolo caer a la piscina.
—Ho se me ha caído—dijo fingiendo voz triste.
—Margaret esta semana trataré de ir—respondió la madre de Artur al teléfono mientras la pequeña niña se esforzaba por alcanzar el dibujo
—Ayúdame mamà—gritó al caer al agua. Margaret dio un paso hacia atràs y el teléfono se le cayó de la mano sin embargo besó la frente del pequeño y se quedó mirando inmóvil la situación.
—¡Ayuda! ¡Mamà! —gritó la pequeña que intentaba flotar
—¿Escucharon eso? —pregunté a César que me acompañaba a la puerta.
—¿Qué? —preguntó él. Yo empecé a caminar por el jardín. Había escuchado uno de los niños gritar o ya me estaba volviendo loca. César miró a María confundido y se encojió de hombros enarcando ambas cejas sin haber oído nada y ambos caminaron tras de mí que comencé a correr.
—¡Ayuda!—escuché de nuevo màs cerca y entonces corrí en dirección a la voz encontrando la piscinana y viendo a la pequeña ahogàndose, sin pensar ni un instante me tiré al agua tomando a la niña y llevàndola a la orilla. César al ver lo que pasaba corrió a ayudarnos y nos ayudó a salir yo me aferré a la pequeña y besé su frente.
—Estaràs bien, todo estarà bien—dije y su padre la cargó abrazàndola con ternura y mirando a Margaret allí parada mientras el bebé lloraba.
—¿Qué demonios pasó Margaret? —preguntó César mientras María corrió a buscar unas toallas para envolver la niña.
—Se calló... —murmuró ella.
—¿Por qué demonios no hiciste nada? —preguntó enojado a su mujer.
—Me puse nerviosa—dijo en voz baja bajando la mirada. —los pies no me funcionaron—agregó y me daban ganas de abofetearla por inepta pero de hacerlo jamás me darían el empleo.
—Yo ya me voy—pronuncié.
—Melissa muchas gracias—dijo poniendo la mano en mi hombro.
—No hay de que, cualquiera hubiera hecho lo mismo—respondí acariciando el cabello de la pequeña mientras María ya la estaba envolviendo en una toalla que había buscado.
—Mañana a las siete comienza a trabajar, me he dado cuenta de que los niños no pueden quedarse solos... —pronunció Cesar y mi corazón latió con fuerza mientras mis labios temblaron un poco, al fin una buena noticia em mi vida luego de tanto tiempo.