El secreto de Poregrath

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Rhea

Siempre he pensado que el sitio más cercano a mí es el lago de las estrellas azules.

No conozco a muchas personas que se detengan a admirarlo, pero quizá tenga algo que ver con que es un tesoro que no suelo enseñar a nadie. Aunque hubiera alguien que me escuchara, no le contaría por qué me encanta mirar el cielo en un cuerpo de agua en lugar de levantar la mirada.

El bosque está tan silencioso que casi me relajo. Lo que sólo puede significar que debo llegar a casa antes de que la noche haga caer neblina sobre el suelo que piso.

Lyrie ya debe estar por volver, como siempre siguiéndome la corriente en todo lo que implique buscar lavanda.

Me gustan mucho, pero además de ser bonitas son de lo más útiles en esta época del año en la que tengo más trabajo.

¿Para qué? Deseo algún día que cualquiera encuentre otro de mis más grandes tesoros: el libro con la portada de cuero café. No tiene flores en la portada, no tiene mi nombre, no tiene nada. Sólo el cuero café que protege mis palabras del viento helado que pronto se comienza a sentir por la noche.

Me adelanto hacia los escalones de la casa, totalmente descalza a pesar del resfriado, pero sonrío al recordar que sólo yo en varios kilómetros a la redonda puedo hacer un remedio de lo más rápido y efectivo.

Cuando entro en la pequeña casa de una sola habitación, me siento en el piso de madera fría, comenzando a contar todo lo que he traído conmigo en el fardo de maravillosas variedades.

La manzanilla está presente en grandes cantidades, pero la dejo de lado para enfocarme en la caléndula que tanto necesito para la mano izquierda. En mi corta e insignificante vida como aprendiz en este arte, jamás había encontrado un remedio tan adecuado a mí.

Si no me gustara tanto la idea del acero reluciendo al fuego y ver las formas tan exquisitas que se admiran después de ello, no me quemaría tan a menudo.

Mis padres solían decirme el parecido que tiene mi alma con la llama crepitante en la que solía practicar esa actividad cuando era niña. Y sí, nunca aprendí a manipular el material. Me decían lo difícil que era quitarme ideas de la cabeza, igual que el fuego en gran cantidad se vuelve muy complicado de extinguir.

Yo difiero. No me parezco mucho, y creo que tampoco lastimo a nadie sin piedad, pero no deseo repetirlo. Ahora, completamente sola entre cuatro paredes, sé que mi pasión no tiene nada que ver con esas cosas.

Escribirle cartas a la luna es una actividad mucho más entretenida, pero también no es cosa para todos. A veces deberíamos darnos el tiempo para ello.

Ya bien entrada la noche espero a Lyrie, pues lleva un rato fuera.

Quizá le cuente una historia cuando vuelva, tal vez dos.

Media, una, dos horas.

Mi hermana no ha vuelto a casa y le asusta la oscuridad mucho más que a mí. Tiene ocho años, pero en mi caso es un poco una vergüenza.

Me gusta pensar que no tengo el doble de su edad, así no se oye tan infantil esa y muchas otras cosas que me asustan.

La luna está en lo alto, y al abrir la cortina desgastada de seda, ni un rastro de Lyrie.

Me asomo por la ventana sin pararme, y solo veo una luz naranja en medio de los árboles de sombras enormes.

Quizá ella sepa por qué mi hermana no ha vuelto conmigo.




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