Cassander
Koren se encargaba de las patrullas a esta hora. Yo nunca asisto. Es más sencillo reclamarle por lo que ha hecho mal antes que echarme problemas encima por cambiar la maldita formación.
¿Y qué si no me gusta tener siempre un plan?
—¿Ahora? —pregunto, incrédulo—. Me pasé las últimas cinco horas dando vueltas con ese montón de idiotas, no voy a ir.
—Tendrás que, si no quieres que se arruinen las formaciones.
Suspirando, tomo el cuchillo plano sobre la mesa. Pero no tengo intención de hacerle caso a este hombre.
—Es mi tiempo libre —murmuro por encima del hombro—. Yo decido qué hacer con él.
Sin más, salgo de la tienda oyendo los gritos en el interior. ¿Qué más da lo que pasó hace tres noches? No lo iniciamos nosotros, y mucho menos deberíamos arreglarlo. Es tan pérdida de tiempo revisar esa cabaña que me duele la cabeza al pensar siquiera en llevarme a todos para eso a mitad de la noche.
Estuve todo el día a caballo, no pienso acercarme a uno por nada del mundo otra vez hoy.
Ya no hay tanta actividad al aire libre. La fogata libre, las tiendas casi todas cerradas y otras que no tan sólo entreabiertas. Estamos en la cima de una colina bastante alejada, y la verdad eso no siempre significa que la paz abunde en este lugar.
Lo llamo paz temporal. Así suena más a este sitio.
Me dirijo al centro del campamento, solo para notar que todos están lo suficientemente centrados en sus tareas como para no notarme a mí. Y es lo mejor, porque recién Declan acaba de volver con unos cinco hombres cargando leña.
Perfecto.
Me siento cerca de la fogata a jugar con el cuchillo, finjo mi habitual desinterés. Mi amigo me saluda, pero yo agito la mano con menos ganas. Asigné a Declan a esa patrulla, la del anochecer, justo por lo bien que se le da mantener la calma.
No es una de mis virtudes, eso lo tengo muy claro. Luego de una pequeña ojeada a quienes se van a las tiendas luego de una jornada pesada, me pongo una nueva tarea.
Paso discretamente junto a la leña, y me hago con un tronco más o menos pequeño. Luego, al cierre de todas las tiendas, me quedo un rato más junto al fuego para tallar en la escasa luz.
Hasta que de la nada escucho los gritos de Darcie, nuestra enfermera. Le grita a Koren, quizá. Pero hay algo que me inquieta bastante.
Darcie es de esas personas que nunca levantan la voz a nadie. No falta más para hacerme correr hasta la tienda de nuevo.
—¿Qué pasa? —pregunto apenas bajo la tela a mi espalda, a la espera de una escena mucho peor que la que me encuentro.
—¡Tienen que ir a ver ese lugar! —la chica agita sus rizos rubios al mover la cabeza con preocupación—. Ayer estuve recolectando, y...
—Tienes que calmarte —escucho la voz de Koren, a lo que ruedo los ojos. Tiene tanta paciencia cuando se trata de ella...—. No tiene nada de malo hallar un cuchillo, ya verás que pertenece a cualquiera de nosotros.
Eso despierta un poco mi interés. Me acerco a ella con las manos en los bolsillos, y creo que adivina mi pregunta.
Me enseña un cuchillo que le sobresale por poco de la palma de la mano, pero me sobresalta el grabado en él. Es uno especial, que solo puede significar terror en nuestro campamento y más que en otro sitio en mí.
—T-tienes que ir... —Darcie me suplica, casi pálida—. Cass, por favor. ¿Qué haremos si llegan aquí?
—No quiero que avises a nadie —ordeno a Koren, sin perder más el tiempo—. Me llevaré a la última guardia.
—Aunque seas líder de todo lo que implique... —empieza Koren, pero yo ya no estoy escuchándolo.
Tengo tanto miedo como Darcie, pero todavía peor estoy furioso. Al parecer esas escorias no han aprendido a dar la cara antes de acercarse a lo que es nuestro.
Estaré más que encantado de que se arrepientan de haber pisado nuestro lado del bosque.
Cuando llamo a Declan fuera de la tienda en la que se ha metido, el muy tonto sale con cara de haber estado durmiendo. Me resulta tan hilarante como frustrante en este momento. Tenemos que irnos ya, y el castaño me da las buenas noches.
Le explico a toda prisa lo que pasa, haciendo énfasis especial en que no debe alarmar a la tienda, y él no dice mucho a los de adentro para que nos sigan hasta los caballos haciendo el menor alboroto posible.
—¿Puedo verlo? —me pregunta mi amigo, cuando ambos estamos ensillando los caballos.
Asiento, y solo saco la mitad del cuchillo de la bolsa de la montura, a lo que él traga saliva.
Termino el nudo de la montura sin ninguna clase de cuidado y no pasa tanto tiempo antes de que me encuentre al frente de una fila de siete hombres. Koren mantiene la calma igual que Declan, pero yo quiero devolverles el recuerdito a quienes han estado por aquí.
Luego de avanzar con sigilo el primer tramo, colina abajo vamos cabalgando casi a toda velocidad, con la luz de antorchas a nuestra disposición. Seguro alguien más ha tenido la cabeza fría, porque eso no me importó mucho.
Recordaba el horrible camino hacia esa cabaña, Koren me lo había descrito unas veinte veces desde ayer. Sólo que ahora no estoy completamente seguro de si es la mejor idea llegar precisamente sin más.
Así que decido tomar otro camino, a pesar de los murmullos de sorpresa de quienes van a mi espalda. Hemos evitado tres emboscadas desde que he cambiado de idea sin aviso, así que esta vez no puede ser diferente.
—Ve hacia la derecha —murmuro a Declan, seguro de que es quien viene detrás de mí.
—¿Quieres estar solo? —me pregunta con preocupación.
—Llévatelos hasta el lago. Creo que tengo la pista que buscaba.
Sin más, la hilera de personas se desvía de mí, y me quedo solo con la antorcha que me tendió él.
Estoy seguro de que vi algo. Escucho sus pisadas, estoy seguro de que no pertenecen a mi grupo.
Cabalgo casi en silencio mientras miro hacia todas las direcciones, sin rastro de lo que me convenció hace tan solo unos segundos.