El secreto de Poregrath

4

Rhea

No sé cómo he aguantado tanto tiempo sin hablar. Se me seca la garganta todavía más de solo pensarlo, pero la verdad no quiero decir nada que pueda empeorar lo que planeen hacer conmigo estas personas.

Me asusta tener que callarme por tanto rato, pero quizá no llevamos mucho andando y sólo sea yo otra vez. Este lado del bosque jamás lo había visitado, y creo que he hecho demasiado bien hasta hoy.

Cuando me enrollo una onda de cabello café en el dedo para calmar los nervios, sólo puedo pensar en si será la última vez que puedo ver las estrellas. Ni siquiera me paré a pensar en esto durante las últimas noches, pero me he tomado la costumbre de contar estrellas y nubes, ambas cosas en el momento del día en que lo necesite.

Ahora estoy mirando al chico que me ató las manos, que en cierta forma me mira con compasión de vez en cuando sin romper la formación en la que avanzamos a caballo. No debería sentir lástima por mí.

No pasaría mucho si mi muerte es hoy. Nadie me extrañaría, porque quizá Lyrie ya no esté más entre nosotros; luego de tres días con la sola compañía de mi pánico, esa idea se me ha anclado en la mente y no creo poder hacer nada para sacarla.

Decido cerrar los ojos por el resto del camino, y sólo los abro cuando nos detenemos cerca de un área verde totalmente al aire libre. El follaje nos indica el otoño, igual que uno que otro sitio en el que he estado, pero hay algo que me llama la atención: no hay árboles que nos cubran ahora, sólo estamos las estrellas y nosotros.

Y una especie de aldea en la que parecen estar esperándonos. ¿Por qué me miran todos como si fuera a incendiar sus tiendas? Eso no pasará, y se los diría si al menos me dieran la oportunidad. Aunque de igual manera, no podría hacer mucho con las manos atadas...

Hay una valla que parece ser especialmente para atar a los caballos, y es justo ahí donde el chico que está detrás de mí baja por fin de la montura. Mira unos segundos con duda a un lugar, o más bien a una persona mientras aguarda por aprobación o alguna instrucción distinta antes de tenderme la mano con vacilación, justo como cuando nos conocimos hace poco.

Sé a quién mira. Es ese joven pelirrojo que casi me mata del susto. Justo ahora parece algo incómodo, pero el motivo podría bien ser la marca de la mejilla que no se le va a quitar con facilidad. Aunque, bueno, la mancha de mi falda no se quitará ni en mil años. Estamos totalmente a mano.

Se ve un poco inflexible respecto a mí, más que quien me ayuda a bajar del caballo. Desde el primer momento ese muchacho quiso matarme, y no lo olvidaré con facilidad. Ha logrado lo que muy pocos, ahora desconfío de él tanto como él de mí. Como si fuera yo quien viste de negro por la noche, me parece una tontería.

Y lo peor es que no parece haber cambiado de opinión respecto a dejarme ir. Porque si este montón de personas hacen sólo lo que ese idiota les dice, podrían cortar la soga de mis muñecas y estaría más que encantada de volver al bosque, sin importar la neblina que me reciba por la mañana.

Los empujones que otros hombres me dan hacia el centro del campamento quizá signifiquen que ni de broma me voy a ir esta noche. Apenas me doy cuenta de que todos están vestidos de negro, y la verdad me resulta menos inquietante por algún motivo. Sé cuál es. Estoy cerca del fuego, ahora hay luz de la fogata y puedo ver con claridad quiénes me rodean.

—¿Qué tenemos aquí? —pregunta un hombre mucho mayor que los que me escoltan sin ninguna clase de delicadeza. Una chica rubia está a su lado, que me mira con una desconfianza que parece fundamentada. No sé qué es, pero siento que saben algo de mí. Él se aclara la voz, haciendo que yo baje la mirada—. ¿Decidiste seguir a una campesina a caballo, Cass?

El pelirrojo se adelanta al grupo, y me da la espalda. Tengo la impresión de que ahora mismo ya no soy ni la mitad de importante que durante su pequeña persecución.

—Ella podría ser útil si queremos saber en dónde está el otro campamento —replicó Cass, irritado—. No hubiera perdido el tiempo si no fuera así.

—Entonces, fue una pérdida de tiempo, ¿no? Porque sí ves que despertaste a todo el campamento cuando pudiste haber dejado los caballos donde siempre, y que todos ustedes pudieron llegar con mucho más... cuidado.

—Claro, porque ese es mi segundo nombre.

—¿En qué puede sernos útil esta señorita? Dilo, Cassander. ¿Qué tiene que ver el cuchillo con ella?

¿Hablaban de eso?

—No sabía... que no podía estar por ese lado del bosque —interrumpo, consciente de que todas las miradas se van hacia mí. Incluso llaman a personas que me habían estado observando desde la abertura de las tiendas—. Ese cuchillo se me cayó por error.

Y es como si hubiera oficialmente prendido fuego a todo.

Cassander me mira como si fuera una verdadera amenaza, y eso no me agrada. Principalmente porque opino lo mismo de él, pero no voy a decírselo. El hombre mayor habla con firmeza, haciéndome reconsiderar mis palabras.

—¿Se te cayó? —murmura, intrigado. Se cruza de brazos, ahora escrutándome—. ¿Te acuerdas de cómo era ese cuchillo?

—Bueno, es que... tiene una rosa grabada en él —digo, totalmente confundida—. Es el mismo que uso para cortar flores.

Mi mejor amigo Cassander se ríe, y por cómo ahora lo miran quienes están a mi alrededor, sé que no es algo que ocurra a menudo. De todos modos, eso hace que quiera cruzarme de brazos, pero sorpresa, tengo las manos atadas.

—Es una espía, Koren —dice entre risas, negando—. Y una de lo más mediocre.

Es demasiado audaz.

—Deja de decir que soy una espía cuando no lo soy —no puedo evitar hablar, se está burlando de mí—. ¿Por qué tienes que mentir?

—¿Qué querías comprarte con la recompensa? —repone, cruzándose de brazos mientras me observa divertido. El resto del campamento se reía a mi costa, incrementando mi enfado—. ¿Más flores?

—Si me hubieran dado dinero, a lo mejor me hubiera apiadado y te compraba un poco de razón.




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