Rhea
Cuando me despierto, Declan ya no está a mi lado, pero esa no fue la mayor sorpresa. No, fue la forma en la que desperté.
Hay un grupo de tres chicos cerca de mí ahora mismo, pero no se a cuál de ellos le ha parecido buena idea tirarme un cubo de agua encima. Porque sí. Así de bien dan los buenos días en este lugar.
Los miro reírse, mientras yo solo puedo pensar en cuánto me voy a tardar en secarme la ropa.
—¿Quién de ustedes fue el idiota? —pregunto, poniéndome de pie.
Un rubio se ríe en mi cara antes de alejarse, y sé quién fue el responsable. Pero tampoco podría estar del todo convencida.
Cierto pelirrojo me observa desde la comodidad de la sombra de un árbol algo alejado, igual de entretenido. No sé qué está haciendo ahí sentado, pero ahora mismo va a escucharme.
—¿Te dio mucha risa? —casi le grito una vez más antes de acercarme a él, furiosa—. ¿De verdad?
—Creo que estoy enloqueciendo —murmura, sin molestarse en levantar la mirada de lo que está tallando. Incluso habla con calma—. Escucho voces.
—No sé cómo, pero ahora mismo vas a dejarte de idioteces y me pedirás disculpas.
—Sí, y también matrimonio.
—Primero muerta, que lo sepas.
—No podría estar más de acuerdo —de repente, deja de lado lo que estaba tallando y sólo conserva el cuchillo, que mueve entre los dedos mientras me observa—. ¿Por qué sigues hablando conmigo?
—Te lo dije antes.
—Bueno, pues que sepas tú que no vas a escuchar una disculpa para ti salir de mi boca jamás.
El frío de la mañana me da en todo el cuerpo gracias al vestido empapado, y eso me alienta a seguir reclamándole. Miro alrededor antes de acercarme un poco más al idiota que se burla de mí.
—¿Puedo preguntarte por qué me detestas tanto? —pregunto, de verdad confundida—. Creo que te conocí apenas ayer.
—No estoy para darte ningún tipo de...
—Fue por lo de Koren, ¿no? ¿No te gustó que te pusiera en ridículo?
El pelirrojo me encuentra con la mirada una vez más, pero por única vez veo algo de vacilación en su sonrisa arrogante. Así sé que he dado en el blanco.
Sonrío con suficiencia antes de cruzar los brazos sobre el pecho.
—Sí, ¿verdad? Eso es. Te puso en ridículo frente a todos. Todos.
Aprieta el cuchillo en la mano, pero es como si me diera más cuerda. Escucho a las personas despertarse, pero me da un poco igual ahora.
—No te pareció tan divertido como traerme por una estúpida ilusión tuya, ¿no? Hay alguien a quien debes doblegarte, no puedes cambiarlo, Cass.
No basta más para que arroje el cuchillo cerca de mis botas. El metal se queda enterrado en el césped con tanta fuerza que el agarre de madera que tiene se tambalea. Doy un respingo, pero más que miedo es sorpresa.
—¿Quieres matarme otra vez? —me río, sin poder creerlo.
—Cuando Koren no te necesite viva —murmura él, levantándose para desenterrar su arma—, volveremos a tener esta conversación. Y por si tenías un poco más de duda, yo no te hice esa broma estúpida. No tengo tiempo para esas cosas, niña.
Me molesta tanto que considero arrebatarle el cuchillo, pero en ese mismo instante que se aleja oigo que el campamento ha comenzado a ocuparse de las tareas. Y también recuerdo que no soy del todo bienvenida en este lugar. ¿Por qué debería escuchar al tal Koren? No tengo nada que ver con lo que sea que busquen, tampoco lo voy a dirigir a ningún otro campamento, no tiene sentido retenerme aquí. Lo único que lograrán es hartarse de mí, lo puedo asegurar.
Tengo que irme esta noche. También debo buscar más a Lyrie. Suspiro, tratando de entender qué debo hacer ahora.
Miro a mi alrededor, todos reparan en mí, pero fingen que no cuando me topo de cara con ellos. Todo da vueltas, los ruidos, las voces, cada cosa que hacen me hace sentir más incapaz de salir de aquí.
La respuesta me llega al instante. Tengo que irme ahora.
No lo pienso bastante. Contemplo el campamento unos segundos más antes de correr hacia la bajada de la colina. Y corro de nuevo como no dejé de hacer en los últimos días.
Ni siquiera me molesto en volverme al oír las voces. No quiero estar ahí otra vez. Nunca más.
Me late el corazón a toda velocidad, pero no me detengo ni porque las ramas de los árboles me raspen los brazos. Si me quedo en ese lugar moriré.
Respiro con trabajo, pero sé a dónde debo ir. Tengo que llegar al otro lado del bosque, hacia donde está la cascada. Cuando estuve ahí encontré un sitio tranquilo, sólo debo correr un poco más. O mucho más. Aquella vez tenía un caballo de las personas que vivían por ahí, pero ahora sólo soy yo.
Eso es justo lo que está detrás de mí ahora, bastante cerca a juzgar por los cascos contra la tierra. Me están siguiendo.
No dejo de correr. Casi sin mirar, me subo a unas rocas para subir más en el terreno, pero resbalo rasgándome el vestido. Misma acción que una flecha hace en la piel de mi brazo derecho cuando intento subir a la roca otra vez.
Miro la herida, atónita; apenas es profunda, pero no deja de sangrar. Sólo escuché el silbido de la flecha que ahora yace en las rocas.
Entonces me vuelvo hacia quienes me siguen, pero lo que más me asusta no es darme de cara con Cassander. Ninguna persona que lo acompañe lleva un arco y tampoco hay ningún carcaj.
Quienes se despliegan en una hilera de caballos miran a mi espalda con alarma. Incluso quien va al frente del grupo está tan sorprendido como yo. Él sabe de qué se trata, y quizá piense que yo soy la razón.
No importa. No me voy a quedar para que me mate por eso.
Y otra vez escapo colina abajo.