El secreto de Poregrath

7

Rhea

—Debes saber que el campamento siempre está despierto hasta las diez, y si estarás más tiempo debes avisar primero o estar haciendo algo importante.

Tampoco es como si me importara escuchar las reglas de un sitio en el que claramente no me voy a quedar, pero Darcie, esta chica tan amable, merece mi educación y sólo por eso sigo escuchando.

Eso y porque está curándome el brazo. A pasadas las nueve, pero es porque no había tenido nada de tiempo con todos los heridos.

—¿No te cansas de hacerlo todo tú sola? —pregunto, sin poder evitarlo. Ambas estamos cerca de la fogata sentadas en el césped, pero con un aspecto totalmente distinto. Ella lleva los rizos recogidos mientras viste un vestido azul pulcro, yo tengo las ondas cafés sobre los hombros y el vestido con un rasgón cerca de mis rodillas.

—No, porque nunca hay tanto qué hacer —dice, sin dejar de atarme un retazo de tela al brazo con cuidado—. Especialmente esta semana, no hemos dormido todos muy bien.

—Tengo algo que ver, creo.

—Sí, algo —suspira, levantándose. Me ofrece la mano y su expresión es horror de repente—. ¿Qué te pasó en la ropa?

—Las rocas tuvieron algo que ver —digo, pero no tarda mucho antes de tomarme de la mano para que crucemos el campamento rumbo hacia una tienda de tela verde oliva, a diferencia de las demás, que todas son rojas.

Nada más entrar me quedo callada al instante. Este debe ser su lugar de trabajo. Y yo no podría estar más fascinada.

Atónita, observo la mesa de la que agarra un tarro con hojas dentro —probablemente la que usó conmigo—, y lo regresa a su sitio, en una alacena llena de muchos tarros con diferente contenido. La alacena es de madera, con muchos cuadritos de madera en los que alcanzan perfecto cada especia, hoja, flor o hierba marcada con su nombre escrito con tinta.

La mesa en la que antes tenía las hojas tiene varios libros apilados y un par de velas.

Darcie nota mi asombro, lo sé por cómo de repente sonríe. Aunque todo el campamento me mire con recelo, ahora sé que nunca fue la intención de ella compartir el sentimiento.

Simplemente me da confianza.

—A ti te gusta todo esto, ¿no? —me pregunta, moviendo la cabeza hacia sus reservas—. ¿Quieres echarles un vistazo?

Asiento, observando más a detalle. Jamás en mi vida podré recolectar lo mismo que ella tiene, esta es una variedad exquisita y no sé ni cómo aguanto la emoción cuando imagino las miles de mezclas y ayuda que podría dar todo esto.

De repente, escucho un crujido de madera y Darcie está mirando un baúl abierto del que saca un vestido de falda blanca y blusa azul claro.

—Creo que puede servirte —cuando lo acepto, ella suspira—. ¿Qué tal el campamento? ¿Te agrada?

Gracias a la luz que dan las antorchas encendidas del exterior junto con la fogata, puedo darme cuenta del grabado en plateado que tiene el vestido en los puños de la blusa. Es muy hermoso.

—Bueno... —empiezo, realmente confundida con la repentina simpatía—. No es un mal sitio. Sólo soy yo, que no sé leer el poema.

—Es un asco —coincide, y reímos—. Lamento que te hayan tratado tan mal. A Koren no le gustan los intrusos, y menos si llevan consigo algo que pertenece al Grupo mercantil.

—¿Qué es?

Esa pregunta la hace dudar un poco, y recuerdo por qué casi al instante. Se supone que yo era espía de ellos, o al menos eso les han contado a todos.

Suspiro, y Darcie niega como para alejar ciertos pensamientos. Al final, vuelve a sonreírme con amabilidad, pero no dura mucho.

En el exterior se oye ruidos de pisadas, y sabemos que la vigilancia de la frontera ha terminado por hoy. Me parece una tontería, considerando que apenas los atacaron hoy. No tiene sentido que nadie quiera ser sorprendido un día después en este lugar, pero no pienso decírselos.

Termino cenando con Darcie en la tienda, porque ella me ofreció una taza de té que comemos con pan. Me cuenta que la cacería es constante, pero que a ella no le gusta mucho lo que han conseguido hoy. Respeto sus ideas, porque la verdad yo no solía comer muchas cosas parecidas antes, tampoco.

Cuando salgo de la tienda para ir a mi ya habitual sitio junto a la fogata, veo a una niña que corre por los alrededores junto con sus amigos, pero ella es la única chica. Me pregunto si se debe a que es la única niña por aquí, pero ese pensamiento se desmiente al instante que veo a un grupo de niñas compartiendo la cena junto a un árbol.

Darcie me quita una hoja del cabello, quizá de los fardos que tenía atados sobre nuestras cabezas en una de las varias sogas que surcan el techo de la tienda. Nota mi curiosidad.

—Ella es Lorine —murmura, pero yo no aparto la vista de la pelirroja para mirarla—. Tiene demasiada energía, pero ya casi es hora de que se vayan a dormir.

—Su madre tiene mucho trabajo —me rio, pero ella ni siquiera sonríe. Me aclaro la voz, confundida—. ¿No es así?

Tampoco dice nada más y me hago a la idea de que Lorine debe ser un enigma. La niña se ríe y grita junto con los otros niños mientras se persiguen unos a otros y de repente noto que noches antes esto no ocurrió. Quizá por fin asuman que ya no hay ninguna clase de peligro otra vez. Eso me reconforta un poco.

Puede que yo quiera escapar todavía, pero no niego que este lugar es algo acogedor cuando nadie trata de hacerme daño. Me gusta saber que en cierta forma hay un sitio al que podría regresar si me voy.

Pero de un instante a otro me percato algo tarde de a quién se parece tanto Lorine.

...

Hoy me han asignado una tarea, extrañamente. Pero da la casualidad de que necesito supervisión para algo que he hecho toda la vida.

Al parecer, Koren es quien toma todas las decisiones y me dijo por la mañana que recolectara hierbas para los heridos de la emboscada de ayer, siempre siguiendo las instrucciones de Darcie, la enfermera del campamento. No sé por qué, pero confía mucho en mí.




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