El secreto de Poregrath

9

Rhea

—Gracias por haberla traído ayer —le digo a Declan, que está a mi espalda mientras acomodo las nuevas provisiones tal y como Darcie me pidió que hiciera—. Olvidé la canasta luego de todo el alboroto.

—¿Cómo está tu brazo?

Esta vez me lo pregunta una chica de cabello negro, que me mira con curiosidad. Declan se aclara la voz, y yo dejo lo que hago para mirarlo.

—Ella es Viverette —la presenta, divertido—. No sé si antes la habías visto, ayuda a veces en la cocina.

Algo que tuve la oportunidad de ver gracias a mis tareas matutinas, es que la cocina de este campamento consta de un horno hecho de ladrillos que está resguardado por un techo de paja y una meseta de concreto frente a él. Siempre parece haber actividad, así que me mantengo lo más alejada posible para no estropear nada a nadie.

Y, sí. Ya había visto a esta chica hace dos días, cuando Cassander me trajo al campamento. Ella estaba con Declan, pero no estaba entonces para saludar a nadie.

—Es un placer —digo ahora, sonriendo un poco. Ella me devuelve la sonrisa, y asiento con rapidez antes de responderle—. Ya no me duele tanto, gracias.

—Cualquiera diría que estabas muriéndote —comentó divertida sólo para recibir una mirada airada de Declan.

Yo también me río, me lo dice con intención de que ambas riamos.

—Soy un poco exagerada —coincido.

—Bueno, era una herida de flecha. No cualquiera la soporta sin gritar.

Cuando por fin termino de escorar las hierbas, Viverette nos indica que vayamos todos juntos hacia la cocina, y sólo entonces me percato de que traía puesto un delantal porque se lo quita antes de tomar un plato que nos lleva a mí y a nuestro amigo. Ahora que la miro, lleva un vestido blanco de puños verdes. Siento el olor del pan recién salido del horno, pero no pasamos tanto tiempo ahí.

Nos sentamos los tres junto a la fogata.

—Digan qué tal están —la chica señala las galletas en el plato, decidida—. Toda la verdad.

Espero a que Declan tome una para hacer lo mismo, y me deleito con la cubierta. La masa trenzada alrededor de la mermelada lo hace parecer un pie. Cuando la pruebo, es todavía mejor.

—¿Tú las hiciste? —pregunta Declan, como si fuera imposible.

—Sí, gracias por no sorprenderte tanto —Viverette me mira con expectación.

—Son deliciosas —digo, apenas termino de disfrutarla—. Tienes un don.

—Gracias —ella pasa de la seriedad a la dulzura—. Te llamas Rhea, ¿no?

Cuando asiento, ella me mira unos segundos más con recelo mal disimulado. Me preocupa un poco, pero al instante cambia su expresión.

—Oí que Cass irá mañana al este —comenta Viverette, comiendo ahora igual que nosotros—. Raro, ¿no? Se aleja de ahí a toda costa.

—¿Por qué lo dices? —pregunto sin poder evitarlo, pero ella suspira a modo de disculpa.

—No sé si pueda decirte —parece admitir—. Por lo de que eres nueva, y eso...

—Evita a alguien en el este —murmura Declan, sin inmutarse.

Eso no me sorprende mucho. Cassander parece la clase de persona que tiene enemigos en cada punto cardinal, pero no digo mucho al respecto. Me limito a terminarme otra galleta y a escucharlos conversar.

—Iré con él esta vez —Declan continúa, pero esta vez se dirige a su amiga—. No tiene mucho de la última vez, y lo más probable es que no se lleve a todo el grupo.

—Quizá Rhea vaya con ustedes —coincidió, dejándome confundida—. Con eso de que Darcie tiene cosas que hacer aquí con quienes todavía se recuperan de la emboscada...

—El este no es tan malo —me tranquiliza Declan cuando nota mi alarma—. Sólo debes estar cerca de nosotros, no te alejes. Es la única regla. Si fuéramos a Ciudad Carta, entonces tendrías que preocuparte.

—¿Qué hay en esa ciudad? —pregunto con curiosidad.

—Está llena de bandidos. No muchos van ahí, es un terreno comercial. Sólo vamos dos veces al año.

—Aguarda, entonces... ¿ustedes son comerciantes?

—Gracias por notarlo —Viverette se ríe—. Sí, somos comerciantes. Una que otra vez ladrones, pero sólo particularmente.

—Lo que Viv quiere decir —interviene el chico, divertido—, es que no somos igual de ruines que ellos. Sólo eso. Comerciamos con joyas y piedras preciosas, pero las segundas son un éxito.

Asiento, tratando de asimilar que con quienes hablo no son simples campesinos. Nunca hubiera imaginado que este lugar no era sólo una aldea.

Me despiertan de mis ideas las voces a nuestro alrededor y veo que el grupo ha vuelto después de vigilar la frontera con la aldea continua. No entiendo muy bien por qué se molestan en ello, pero pasa casi todos los días.

Me fijo en un pelirrojo en particular, que baja del caballo para atarlo a la valla igual que el resto. Lorine se acerca para recibirlo y no puedo evitar sonreír al ver que él la levanta con un brazo y comienza a escucharla hablar al tiempo que van hacia el bosque juntos.

Pero me deja con una sensación extraña que antes de alejarse se vuelva un poco hacia donde estamos. No sé qué espera que haga, si quiere que le sonría o lo salude. Me limito a sostenerle una mirada lacerante que de algún modo percibo falsa porque es para mí.

—Se portó amable contigo, ¿no? —Viverette me hace volverme, divertida—. Estaría igual que tú. Él es más de armas tomar.

—¿Eh? —repito como una tonta.

—Sí, ya sabes. Es raro.

—Cass es un idiota —coincide Declan al tiempo que se levanta con cansancio—. Me voy a dormir, queridas amigas. Nos vemos mañana.

No pasa mucho tiempo y desaparece en su respectiva tienda. Viverette se ríe y yo me quedo mirándola luego de haber estado admirando una luciérnaga en una hoja cerca de nosotros. Es el único ruido que había en el claro hasta hace unos segundos.

—¿De qué te ríes? —pregunto, algo desconcertada.

—Tienes una buena opinión de Cassander ahora, ¿no? —dice, como si fuera verdad. No espera mi respuesta y se levanta también—. Te daré un consejo: mejor olvídalo.




Reportar




Uso de Cookies
Con el fin de proporcionar una mejor experiencia de usuario, recopilamos y utilizamos cookies. Si continúa navegando por nuestro sitio web, acepta la recopilación y el uso de cookies.