El secreto de Poregrath

11

Rhea

Luego de una noche algo larga, estamos frente a un edificio que me provoca una sensación extraña. Es de varios metros de alto, hecho de ladrillos impenetrables.

Cassander va a mi lado igual que Declan, pero ambos están igual de centrados que yo en lo que tenemos delante.

Nevyan está de regreso con nosotros luego de ir hacia la carreta y traer un baúl consigo. Ahora sé más o menos qué tiene por contenido, a juzgar por la precaución con la que se manipula.

—Deberíamos sacarlas —Declan habla con Cassander, pensativo—. Si las mira apenas entramos será más rápido.

Tiene cierta urgencia en la voz, pero no logro distinguir la razón. Parece que a nadie le gusta este pueblo, pero la verdad yo lo encuentro muy bonito.

—Son joyas nuevas —replica el pelirrojo, desconcertado—. ¿Qué haremos con ellas?

—Rhea podría usarlas —sugiere el otro, sorprendiéndome—. Es decir, hay unas cuantas que se le verían bien y así se apreciarían más.

—No vamos a vender joyas puestas en una chica.

—Sólo servirá para que las vean —Declan suena irritado, quizá por la misma aversión a este lugar—. Ella quiere hacerlo.

Cuando Nevyan abre el cofre veo las joyas de todo tipo, pero la que más resalta es una tiara de cadenas de oro colgantes, a juego con los pequeños rubíes que la adornan.

—¿Verdad que sí? —insiste mi amigo, y me vuelvo hacia él.

Pero por algún motivo me giro hacia Cassander, que piensa demasiado la situación como de costumbre. Estamos en un callejón, esta casa es la única en varios metros.

Estamos haciendo algo secreto, lo siento por cómo todo se menciona y pregunta en voz baja. No es sólo una venta, quizá sea algo más grande.

—Si quieres hacerlo, no diré que no —es todo lo que Cassander me dice antes de volver a ponerse en marcha camino abajo.

Cuando me deja sola con Declan, él me indica qué joyas debo ponerme, y me alegro bastante por la ropa nueva que empaqué. Viverette me regaló un vestido café claro con blusa blanca que contrasta bastante bien con las joyas que rato después llevo encima.

Nuestros dos miembros del grupo se acomodan junto a la puerta y por cómo se acomodan en la pared sé que ahí nos esperarán hasta que termine el trato. Tampoco me sorprende mucho quién va al frente de todo esto cuando al llamar con los nudillos lo reciben con cautela dos chicos que nos escoltan al interior de la casa.

Es tan elegante que no puedo creer que su fachada sea la misma que vi.

Declan me indica que debo caminar a su altura, y me repite varias veces que no me detenga a ver nada. Hacemos un recorrido por los pasillos con Cassander al frente y no es hasta que llegamos a un salón con piso de mármol que nos detenemos.

En el centro hay una mesa llena de joyas y en la silla en la cabecera está un chico castaño claro que nos observa con curiosidad. Trago saliva casi inconsciente cuando noto que observa en particular la espada que cuelga de la cintura de Cassander.

—Saludos, Stelian —el pelirrojo hace una inclinación de cabeza con la educación más creíble que le he visto fingir hasta hoy—. Vengo de parte del grupo comercial Escarlata. Koren, mi jefe y líder extiende sus respetos hacia ti y tu caravana comercial. Estamos encantados de comerciar contigo.

No puedo evitar impresionarme. Él no es así. Nunca jamás.

Stelian se cruza de brazos con aire altanero, pero no me quito la sensación de que mira de más la espada que a Cassander. Al final, se acerca a nosotros para saludar al pelirrojo con un apretón de manos y se aclara la voz. Su vestimenta es tan fina como el entorno, y eso me indica que por esa razón alguien se ha esforzado tanto en darle una impresión.

—¿Qué es eso que ha valido tanto la pena como para viajar para enseñármelo?

Declan hace un gesto hacia mí, y el joven me escruta de una forma que me incomoda. Sé que mira los pendientes, las pulseras, brazaletes, la tiara, todo lo que porto que lleva rubíes, pero aun así no puedo evitar sentirme extraña.

Me concentro en el olor a incienso del lugar, pero no puedo cuando este chico me mira demasiado.

Presta particular atención a un brazalete de hilo que tiene las piedras incrustadas en forma de corazones.

—¿Cómo se llama esta pieza? —me pregunta Stelian y tardo bastante en hablar a causa del nerviosismo que me provoca su cercanía.

Lo nota, porque sonríe de una forma que no me parece especialmente amigable.

—Si quiere puedo quitármela para que la vea de cerca —ofrezco, tratando de abrir el seguro de plata con manos temblorosas.

—Tal vez no sea el brazalete, cariño.

Es lo último que me dice antes de acercarse a mí para intentar desatarlo por su cuenta. No me agrada la sensación y mucho menos el hecho de que solo seamos nosotros cuatro. Apenas entramos aquí se encargó de sacar a la servidumbre de la sala.

Cuando trata de abrir el seguro tiene un pequeño contacto conmigo y eso es inexplicablemente incómodo.

Me digo que no es nada, pero tardarse de más al quitarme un estúpido brazalete se desmiente por completo. Estoy a punto de mencionarlo, cuando alguien le aparta la mano de mi muñeca con brusquedad.

—Pensé que recordarías la regla de no tocar joyas recién pulidas —dice Cassander, obligándolo a hacer un espacio entre nosotros.

Al final, es él quien termina de quitarme la joya y yo no puedo evitar mirarlo en el proceso. Declan lo nota, pero finge no hacerlo y lo agradezco por alguna razón.

—Si te gusta, primero debes pagarla, ¿no? —sigue, intrigado. Le deja al joven el brazalete en la mano sin pizca de cuidado—. Y la señorita sólo está aquí para mostrarte la mercancía, no es parte del grupo comercial. Limita las preguntas a mí.

Aunque deben ser de la misma edad, Stelian se ríe ante la formalidad del chico. La misma que ha estado manteniendo para él vacila un poco.

—Ya veo que hay joyas muy preciadas para tu grupo —le dice Stelian, sin sacarse las manos de los bolsillos ahora—. Lástima que en los negocios no se deban tener apegos.




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