Cassander
No sé qué quería que hiciera. ¿Tenía que suplicar perdón? ¿Decirle que tenía razón?
Por favor, estábamos hablando de mí y lo sabía. No me quiere retener aquí por casualidad, quiere algo que el grupo puede darle.
Cuando los guardias bajan las espadas se encargan de escoltar a Rhea y Declan fuera de la casa, de modo que solo quedamos el idiota de Stelian y yo en el comedor.
Sé que pueden irse para dejar las cosas en orden. Lo sé y me aferro a esa idea.
—¿Por qué necesitas tanta privacidad para pedirme dinero? —le pregunto, sin poder entenderlo—. Sólo dilo, tenemos los fondos listos para ti.
—Si quisiera dinero, le hubiera mandado a Koren el aviso de que estás en mi casa. No sabes quién soy, ¿no?
—Evidentemente, nadie que me importe.
Lo conozco, pero no pienso decírselo. Se habla de él en Poregrath, de su incapacidad para sellar tratos por los buenos términos. Todo lo que tiene es gracias a su familia, así que me parece de lo más insolente que quiera presumirme las cosas como el poder o el control. Yo no tengo una casa de mármol, pero igual poseo ambas cualidades.
Sin embargo, no necesito guardias para demostrar lo suficientemente hombre que puedo llegar a ser cuando amenazo a cualquiera.
—Tal vez no te acuerdes de mí, Cass. Pero yo sé un par de cosas. Una de ellas bien podría ser qué tal va la situación de tu familia.
Me quedo mirándolo, tanto rato que habla otra vez.
—Supuse que querrías saber qué fue de tu madre con ese hombre, ¿no? ¿O se te olvida quién te crio para ser la persona que hoy eres? Sólo es una pequeña suma a cambio de la información, no es tanto.
—Y crees que te daré dinero que no es mío —replico, sorprendido con el descaro—. No tengo tiempo para estas cosas.
—¿Y para Asterin?
Ya estoy dándole la espalda cuando de repente toma el control por un momento.
—¿Te olvidas de ella? —se burla de mí, disfruta de ese dolor que creía muerto—. ¿De cómo la mataste?
—Ella no está muerta —replico, divertido con su intento de fastidiarme, aunque sé la verdad—. Si fuera así, no tendrías por qué mencionármela en todo este plan de moneda de cambio, no seas patético.
—Asterin murió al dar a luz a una niña —me dice, como quien recuerda un chisme cualquiera—. No te avisó Koren porque lo creyó prudente.
Me detengo por completo. El tiempo se detiene. Mi corazón, todo.
—Espero no haya sido tu hija —es lo que dice para ganarse mi furia.
Desenvaino mi cuchillo, listo para ponerle fin a sus palabras.
—La memoria de Asterin no te concierne.
—¿Y la de tu hija? —Stelian suspira, incrédulo, aunque tengo el cuchillo muy cerca de su garganta—. Todos en el este saben que es la hija de ambos, que mataste a una mujer de descendencia real.
—Esta noche se ve perfecta para morir, ¿no lo crees?
—Piensa lo que quieras y engáñate como quieras también —replica, divertido—. Koren me debe bastante y tú puedes pagarme. Los padres de Asterin te darían una fuerte suma si lograras infiltrarte al palacio. Escuché que su hermano era amigo tuyo, seguro se acuerda de ti.
—No tiene sentido hablar de esto si no vas a ser sensato.
—No tiene sentido tampoco si no valoras tu vida.
Lo miro y también mi futuro en esas palabras que para mí no significan mucho. Guardo el cuchillo, pensando en cómo me gané lo que siempre estará por culpa de precisamente pensar tan poco las cosas.
En lo que una vez me costó ser feliz para que después se fuera como si nunca hubiera pasado. Ahora es como si la factura fuera el doble o más por una mísera felicidad.
Pero así es la vida. La mía en particular siempre tiene un precio para todo, por eso procuro nunca deberle nada.