El secreto de Poregrath

14

Cassander

Despierto con los sentidos dormidos, con la simple certeza de que viajé en una carreta que no era la mía.

Es una casa abandonada. En cuanto me negué a darle lo que quería, Stelian no perdió demasiado el tiempo. Y me alegro bastante.

No es que mi vida tenga algún tipo de valor, porque ni siquiera estoy seguro de que yo mismo se lo dé.

Por eso ahora, con las manos atadas a las escaleras más inestables que he visto jamás, no me importa mucho que uno de sus guardias tire un fósforo encendido al primer escalón.

Abrasa la madera desgastada, poco a poco. Tiran otros más a las paredes, igualmente antiguas.

Me duele el costado de repente, y al ver la razón aguanto las náuseas. Mi camisa tiene una mancha roja húmeda. Me levanto con todas mis fuerzas, apretando los dientes en el proceso. Quiero ver el sitio por completo.

Todo este lugar se me caerá encima antes de que el fuego me toque. No tiene de qué preocuparse. Soy bastante paciente.

Los guardias, esos imbéciles me miran desde la seguridad del umbral de la puerta del primer piso de esta casa maltrecha. Se burlan de mí. Y creen que voy a intentar escapar.

Prefiero ver la preocupación en sus ojos cuando el fuego arde en gran medida y yo ni siquiera me inmuto. Porque prefiero morir dándoles miedo antes que darles el gusto de ver lo contrario.

El hombre que entra por la puerta me mira con la cabeza alta, desafiante.

Y yo, con una mordaza y las manos en carne viva por el nudo imposible, se la devuelvo.

—¡¿Te decides a ayudarme?! —grita Stelian, divertido conmigo en medio del estrepitoso desastre de cenizas y humo—. ¡¿O necesitas más tiempo?!

—¡Si quieres acompañarme, no tengo problema! —es todo lo que respondo antes de comenzar a toser por el humo, pero la verdad bajar la mirada me ayuda a despojarme la cabeza de ideas estúpidas.

—¡Perfecto! ¡Aguanta sólo un poco más!

Hay una oleada de risas abajo, pero no me afecta. Pronto todos salen de la casa en llamas y quedo solo yo en el segundo piso. No tengo armas, ni ninguna otra cosa, sólo soy yo y los forcejeos que doy a la soga.

Esa idea la tengo grabada en la cabeza con el mismo fuego que hay aquí.

Los minutos pasan con crujidos de la madera, adornos del techo como lámparas que se caen y se rompen, todo pasa frente a mis ojos y sólo miro. Es todo lo que se me ocurre.

No me voy a poder ir de aquí sin una mano libre, pero no consigo soltarme sin importar cuántos tirones dé a la soga. Y para empeorar las cosas, para ver la entrada principal debo estirarme de tal forma que doblo las manos porque estoy atado en los barandales que dan al corredor de esta casa.

Se cae la lámpara de cristal más grande aquí y se quiebra con un estrepitoso sonido que me deja sin aliento.

O tal vez sea el humo, no lo sé.

Me estoy mareando, pero no dejo de forcejear. No soy nada sin un arma cuando se trata de sogas, esa es toda la verdad y me lo han dicho ya varias veces. Sin embargo, no me rindo. Sigo y sigo con mi propia fuerza.

Hasta que estoy seguro de que el humo va a asfixiarme.

Solo entonces me siento junto al barandal, esperando lo inevitable.

No hice tanto en esta vida. Ni siquiera sé si es justo decir que me pertenece, porque desde hace mucho sé que no estaba destinado a recorrerla.

Hice más por lo que otros dirían que merezco la forma en que moriré que una salida, pero no me lamento.

Así es como deben terminar las cosas cuando tienes la conciencia sin un solo lugar más para cometer errores.

Hasta que una voz grita del primer piso, indicándome tal vez que estoy alucinando.

—¡Cass!

El nombre resuena en la casa con angustia pura.

Me escuecen los ojos por el humo, y por eso no logro distinguir la figura que grita mi nombre con desesperación. O no la habría reconocido de no ser porque su voz es la única con la que he estado soñando durante los últimos días.

—¡Rhea, estoy aquí!




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