El secreto de Poregrath

15

Rhea

Es tan obstinado como estúpido. Ni siquiera se le ocurrió gritar cuando vio que todo esto comenzaba, porque de haberlo sabido me habría acercado con Declan para ayudarlo desde hace muchísimo tiempo.

Después del viaje con Stelian los seguimos hasta aquí, en medio del bosque por el que no viajamos nosotros. La casa en la que lo metieron estuvo a punto de caerse sólo de abrir la puerta, y aun así resistió todas las pisadas.

Declan se resistía a entrar antes de que los guardias se fueran, y nos quedamos a esperar que se largaran. Incluso cuando ocurrió, uno de ellos logró vernos y ahora mi amigo los aleja montado en uno de nuestros caballos el tiempo suficiente.

—¡Cass! —el grito no puede salirme más desesperado, la casa está a punto de caerse. Cuando entré, las llamas casi me tocaron, pero no lo pensé mucho.

El primer piso está imposible de cruzar, está ardiendo por todas partes. El humo se me mete en los ojos, es cada vez peor.

—¡Rhea, estoy aquí!

La voz de Cassander me llega del segundo piso y al levantar la mirada lo veo. Está atado en las escaleras.

Miro los escalones que están frente a mí, me invitan a subir por ese camino ardiente.

Me subo la falda y la agarro con una mano para cruzar por ahí lo más rápido posible.

—¡Te vas a lastimar! —lo escucho advertirme, pero sigo esquivando las llamas—. ¡Rhea, quédate ahí!

Tampoco lo escucho, y no es hasta que estoy en el segundo piso que suelto la tela que apretaba con tanta fuerza.

Hay un tablón proveniente de la pared continua, que yace en llamas a mis pies. Es lo único que nos separa, y no me molesto para nada en no darle provecho al ángulo en el que está. Está puesto como una escalera, así que paso por debajo sin problema.

Por fin estoy a su lado, y saco el cuchillo que Declan me dio apenas nos separamos. Miro el nudo que lo ata a la madera y comienzo a cortar con brusquedad mientras él trata en lo posible para hacer más sencillo el trabajo.

—¿Estás herido? —pregunto, sin dejar de abrir los hilos.

—Algo así —murmura, pero la tos lo hace callarse y moverse. Sin querer, le hago un corte grande en el puño cuando el cuchillo resbala con violencia.

La sangre me marea, pero él se limita a apartar la mirada.

—Perdóname... —empiezo, desesperada una vez que lo dejo libre.

Él no parece muy afectado, pero termino de asustarme cuando le veo la camisa.

—Dijiste que no estabas herido —le reprocho, desconcertada.

—No hay tiempo para eso.

Sin más, me toma de la mano para que ambos corramos por el pasillo, pero nada más dar el primer paso se dobla sobre sí mismo por el dolor. Se lleva la mano libre al costado, airado por la situación.

—No iremos muy lejos si no te cierro esa herida —le digo, y dentro de poco tiempo él niega.

—No tenemos tiempo —repite, impaciente—. Sal de aquí.

Pero entré aquí por una razón, no puede olvidarlo así de sencillo.

Sin dejar que lo piense demasiado, lo obligo a pasarme un brazo sobre los hombros para que se apoye un poco en mí. Le duele cada paso, pero finge que no es así.

Al llegar al inicio de los escalones un tablón de la pared se nos viene encima con una rapidez inexplicable. No nos toca, pero estuvo a punto.

No digo mucho cuando Cass me conduce de nuevo sobre nuestros pasos y entra en una de las habitaciones. Ahí hay una ventana, pero poco a poco comienzan a incendiarse las paredes a causa de las puertas que ya estaban abiertas.

Quiere romper la ventana de un codazo cuando comprueba que está atascada, pero al levantar el brazo suelta un insulto por lo bajo.

Estoy segura de que fue una herida de espada.

El humo se filtra más rápido aquí, y aprovecho su distracción con eso para arrancar un trozo de tela de mi falda para atársela al torso sin que tenga tiempo de discutir. Estoy tan concentrada en detener la sangre que ni siquiera titubeo al levantarle la camisa.

Retiene el dolor con la mandíbula apretada, pero tiembla cada vez que mis dedos recorren el corte. Pero tiene razón. Aquí no tengo tiempo de sobra para coser nada.

Él quería romper el vidrio, así que es justo lo que hago. Una de las sillas está intacta y la alzo hacia atrás con toda la fuerza que reúno y la estrello de tal forma que los vidrios vuelan hacia afuera.

—Saldré primero para ver en dónde te apoyarás —anuncio antes de hacer precisamente eso. Lo oigo discutir, pero no podría importarme menos. Contengo la respiración al ver los metros que nos separan del suelo, pero me doy cuenta de que más abajo hay un balcón en el que podríamos izarnos para caer sin hacernos daño—. Dame la mano, Cass.

—No voy a morirme por esto —replica, irritado con la ayuda.

—Pero por ese corte sí, vamos ya.

Capta la urgencia en mi voz porque sale al tejado después de mí y poco a poco logramos llegar al balcón hecho con una especie de verja. No tardamos mucho en decidir cuándo será el momento indicado para saltar al césped todavía libre de incendio.

Sólo cuando toco el césped con mi cuerpo sé que Cass hizo lo mismo. Está doblado sobre el costado, pero se niega a demostrar más que eso de su dolor.

Lo ayudo a levantarse, aunque no quiera, aunque me grite. No servirá de nada haberme metido en esa casa si él no sale con vida de aquí.

Ambos vamos hacia el caballo negro, el que siempre ha montado incluso en Poregrath, nos espera junto a donde hasta hace un rato estuve con Declan.

Se agarra el costado al tiempo que me ofrece la mano y sólo por eso sé qué es lo que pasa. Quiere ayudarme a subirme a la montura.

En respuesta, subo por mi cuenta y le ofrezco mi propia mano cuando es su turno de subir. Me mira airado, pero la acepta.

Cuando ambos estamos sobre el caballo, agito las riendas con las manos de Cass sobre las mías. Está temblando. Tenemos que alejarnos de aquí para que pueda detener el sangrado de su herida. A pesar del aire fresco que me da en la cara a medida que nos alejamos de la casa, todavía no me despojo de la sensación del humo.




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