El secreto de Poregrath

16

Cassander

No sé cómo se las arregló para que subiéramos a las habitaciones de la posada, pero estoy justo donde dejé el equipaje. Sólo que esta vez me duele incluso respirar y eso no es demasiado usual.

Estoy de pie mirándola preparar el hilo a la luz de una vela junto al escritorio, toda decisión. Las ondas de cabello café se le van sobre los hombros como siempre y yo se las aparto de lo peligrosamente cerca que están de la vela encendida.

—¿Qué estás haciendo aquí? —casi me grita, como si fuera de lo peor—. Te dije que esperaras en la...

—Ya estuve a punto de morir esta noche, no pasará ahora —replico, haciendo un intento por cruzarme de brazos, pero aguanto un grito de dolor al caer tarde en la cuenta de la cortada enorme que tengo bajo las costillas.

Por suerte, Rhea no se da cuenta y me indica que la siga hasta la cama en la que me niego a recostarme. Me advierte que si no lo hago me empujará, y la verdad creo demasiado en esa amenaza. Prefiero recostarme con cuidado, a diferencia de lo que me haría esta señorita. Abro los botones de la camisa rápido, igual que la forma en que quiero que esto acabe.

Cuando termina de limpiar la herida, no puedo evitar sonreír al verla dudar.

Tiene la aguja en la mano, pero le tiemblan los dedos.

Vaya suerte la mía.

—Recuerda que a quien van a coser es a mí —le digo, cerrando los ojos con cansancio—, no vayas a ponerte a llorar otra vez por una aguja.

—Es... Es que no te quiero lastimar.

—Pues entonces no me toques. Si piensas ayudarme con esto, me va a tener que doler un poco.

Entreabro los ojos para mirarla, y veo que mira la herida con duda antes de adelantar las manos hacia ella. Trato de quedarme lo más quieto posible, pero su tacto en mi mano me desconcierta.

Me pasa uno de los cojines que hay sobre la cama, y luego suspira.

—La primera es la peor... —me dice, acomodando mi mano alrededor del cojín.

Aguanto la sonrisa y asiento.

Sin un minuto más de duda, comienza a hacer su trabajo. Una o dos veces estoy a punto de emitir sonido, pero no lo hago. Sé que si fuera así se asustaría tanto que no volvería a tocarme, así que quiero que Rhea piense que no me lastima.

Me trago el dolor y me concentro en ella. En cómo me toca con delicadeza, cómo es ella la delicadeza en persona. Cómo después de cada puntada al inicio voltea un poco a verme y cómo finjo no verla a ella.

Así permanezco hasta que termina. Y por fin puedo volver a respirar con normalidad.

—Creo que de momento no vas a morirte —me informa, con una sonrisa de la que no logro distinguir la causa. Es tanta mi duda que se la hago saber en voz alta.

—¿Estás feliz porque terminaste o porque no moriré?

No sé por qué me arrepiento un poco de habérselo preguntado.

Ella se ríe, un sonido excepcional que he aprendido a atesorar.

—Podrían existir variaciones —es toda su respuesta antes de ir a buscar la vela y dejarla junto a nosotros en la mesita de noche—. Declan debe estar en camino. Le dije que distrajera a los... guardias.

—Creí que esa había sido idea suya.

—No, su idea era ir por Koren al campamento —replica, divertida—. Dudo que estuviéramos teniendo esta conversación de haberle hecho caso.

—Jamás me había alegrado tanto que seas terca...

Mi voz se apaga a medida que acerca el dorso de su mano hacia mi frente. Me aparta los mechones de cabello para tener un contacto directo, y una vez que comprueba lo que necesita, se aparta con alivio.

Si no deja de tratarme así, no voy a poder hacer mucho.

—Creí que estarías ardiendo para este momento —comenta, mirándome con curiosidad—. El aire estaba bastante frío.

—Me subestimas bastante, ¿sabes?

—Tú también lo haces conmigo, pero nunca me quejo. De todos modos, sí te está comenzando la fiebre.

—Estás mintiendo —replico, divertido ante su pequeño arrebato.

Sin embargo, se acerca de nuevo hacia el escritorio y ya tiene lista la cantimplora para mezclar con algunos de los pétalos que tiene por ahí.

—Me quieres matar, ¿verdad? —pregunto, sin dejar de mirar en su dirección.

—Qué bien tratas a la mujer que te salvó la vida.

—Tú no me salvaste la vida —replico, incrédulo—. Me ayudaste a escapar, fue todo.

—Sí, bueno... Igual y nos conviene consultarlo con la almohada.

Se acerca a mí con una taza de porcelana que acepto y bebo con cuidado, según sus indicaciones.

Cuando pasa un buen rato, vuelve a revisarme la frente, pero esta vez también hace lo mismo en las mejillas y el cuello. Y cada momento en que se aparta de mí siento unas ganas irracionales de pedirle que no lo haga.

El dolor me está haciendo delirar, al parecer.

Justo cuando pienso en dicha posibilidad, me encuentro mirándole esos ojos que de pronto parecen el color más interesante que yo haya tenido la fortuna de ver. Lo que no veo bien es la línea que hay entre nosotros, porque al poco tiempo ella nota mi mirada y parece confundida.

—¿Por qué Stelian se molestaría en hacer algo así contigo? —me pregunta, guardando todo lo que usó para curarme en una bolsa de cuero—. Es decir, no es como si fueras la última persona a la que yo pretendería... eliminar así, pero no pareces la primera tampoco.

—¿Tú serías capaz de eliminar a alguien? —pregunto, y no puedo evitar la sonrisa cuando su expresión se torna un poco con la angustia.

—¿Me creerías tú capaz?

—Por supuesto que no. Aun así..., no es tan difícil hallar límites cuando el odio te ciega —explico, refiriéndome a su pregunta—. El comerciante y yo tenemos diferencias. A lo mejor por eso no supo cómo controlar su... hostilidad.

—¿Qué clase de diferencias?

—No creo que llegues a imaginártelas. Sólo digamos que no debería volver a mencionarlo.

—¿No tuviste miedo? —pregunta, como si fuera lo peor de este viaje—. Estuviste a punto de morir esta tarde.

—Ese no fue precisamente el encuentro más cercano con el fin de mi vida.




Reportar




Uso de Cookies
Con el fin de proporcionar una mejor experiencia de usuario, recopilamos y utilizamos cookies. Si continúa navegando por nuestro sitio web, acepta la recopilación y el uso de cookies.