Rhea
Como no tuve nada mejor que hacer durante el trayecto de regreso, me entretuve contabilizando las hierbas nuevas que recogí en el último sitio en el que nos detuvimos. Y, claro, ahora yo iba en el asiento del frente junto a Declan.
A pesar de los encuentros con mariposas ocasionales igual que pequeños ríos, no estaba tan fascinada como cuando recién íbamos al pueblo.
No lograba disipar del todo mi enojo, pero al menos retomar el camino me entretuvo un poco.
Cuando estuvimos lo suficientemente encarrilados al ritmo de las piedras sueltas del sendero, Declan se inclinó hacia mí sin soltar las riendas.
—Lamento lo que pasó en el pueblo —susurró, algo azorado.
—¿Qué pasó en el pueblo? —replico, sin quitar la mirada de las lavandas que pongo en montones sobre mi regazo.
—Que no te haya escuchado y eso. No pretendía hacerlo.
Incluso lo había olvidado, pero me limito a suspirar.
—No pasa nada —le digo, tratando de que no se me note—. Estabas diciendo lo que te enseñaron, yo sólo entorpecía.
—Pero tuviste razón —replica, echando una ojeada rápida a nuestra espalda antes de volver su atención al camino—. A lo mejor las cosas hubieran sido distintas si no hacíamos lo que tú querías.
—Tal vez tenga algo que ver que dejaste de escuchar lo que debías hacer y escuchaste lo que tú también querías.
—Siempre que sea un secreto no tengo problema —asiente, divertido—. ¿Te gustó ir al este? Antes de todo lo que pasó, claro.
Lo pienso un poco mirando hacia ambos lados del bosque por el que avanzamos.
—Siempre quise ir cuando era niña —le cuento, sin poder evitar una media sonrisa—. Me lo esperaba distinto, más como las leyendas que hay.
—Poregrath es el sitio de las leyendas. No esperes hallar nada de eso en el este.
—Técnicamente es lo mismo, ¿no?
—Se considera al este una porción adicional de las tierras, pero no tanto como Ciudad Carta. Ese lugar sí está desprovisto de toda magia.
Me cuenta una que otra cosa al respecto, bastante para hacer que me altere un poco. Ciudad Carta es como las cosas que cuentan a los niños para que no se acerquen a un lugar, pero la verdad resulta bastante interesante después de que suena aterrador.
No imagino un lugar en el que la monarquía absolutista del Poregrath no se note, y tampoco uno en el que el pueblo sea el que rija, porque parece ser lo más apropiado para describirla. Declan dice que la mayoría de loa habitantes se olvidaron de su posición en la sociedad y simplemente tratan de volcar la corona.
A mí no me parece posible, pero lo que me inquieta un poco es que se crean capaces.
El sol nos acompaña el resto del camino y sólo cuando el atardecer se deja ver nos detenemos de nuevo por una causa muy distinta.
Dos hombres a caballo nos observan desde la lejanía, pero debe ser por algo importante a juzgar por cómo se tensa el chico a mi lado. No sé de qué se trata, pero cuando ambos nos encaran veo que nos han estado escrutando.
—¿Por qué nos detenemos? —escucho murmurar a Cassander, pero todos guardamos silencio.
—Buenas tardes —saluda el primero que se nos acerca, que porta un uniforme gris.
Sólo por eso me pongo todavía más nerviosa.
—El palacio ordena inspección a todos los que usen esta ruta. La pérdida de un rubí es precisa en estos momentos.
—Puede revisar —lo anima Declan, ocultando la sonrisa amarga—. Lo que menos tenemos ahora es un quinto.
Y así, bajamos de la carreta para que los oficiales la revisen. Nevyan incluso abrió los sacos para que puedan verlos con mayor claridad.
El otro hombre más joven mira en mi dirección y trato en lo posible centrarme en cualquier otra cosa.
No es posible, porque pronto llama nuestra atención.
—¿Qué lleva al cuello? —me pregunta, y los chicos a mi alrededor me observan con desconcierto.
Aprieto la cadena de plata que llevo conmigo, la que tiene un dije de una flor.
No sé cómo la vio, porque la tenía dentro de mi blusa.
Trato de responder, pero dentro de poco el oficial está frente a mí y personalmente inspecciona la pieza.
—A la joven heredera le interesaría esta posesión —comenta, pero a mí me parece más un anuncio que una observación—. ¿No le interesaría eso a usted?
—No... —murmuro, cautelosa—. No, gracias. Es importante.
—¿Ni siquiera por una recompensa?
Todavía sostiene el lirio que tiene por dije entre sus dedos, pero yo niego apenas con la cabeza.
—Ni siquiera por eso.
No tarda mucho en arrancarme la cadena cuando dejo de hablar.
—He intentado negociarlo —es todo lo que dice a modo de disculpa.
—Ella dijo que no. No tienes ni un solo derecho.
Cassander habla como si antes no hubiera estado herido, con la misma autoridad de siempre. En cambio, el oficial frente a nosotros se ríe.
—No eres más que un comerciante. Y que le quite a una jovencita algo preciado para la corona no es tu problema.
—Puede que sea solo un comerciante, pero recibí educación suficiente —espeta, interponiéndose entre nosotros—. Le vas a devolver lo que es suyo, ¿entiendes? No querrás una queja con su majestad sobre un trabajador insolente. Porque eso es todo lo que eres.
—Respeta a tus mayores, jovencito —se burla, aunque quizá no lo dirá por un par de años—. ¿Quieres que difame a tu caravana? ¿Eso es lo que quieren?
Y es como si volviera a respirar. No puedo causar problemas por esto.
—Déjalo así —le tomo la muñeca a Cassander cuando veo que no cederá. Cuando no voltea a verme, tiro un poco de él—. Déjalo.
El pelirrojo tarda unos segundos, pero al final regresa despacio unos pasos atrás hasta donde estoy con Declan a mi otro costado.
Tardamos una hora más o menos mientras terminan de inspeccionar las cajas y sacos, alargando la espera a propósito. No es hasta que la luna puede verse por completo que hay una pausa en su revisión.
—De acuerdo, pueden irse —el oficial que revisaba nuestro cargamento dio dos golpes a la carreta con la palma—. Adelante.