Rhea
—Me sirves un poco también —me reclama Viverette cuando lleno hasta el tope el vaso de Declan.
Es una historia algo larga cómo comencé a recolectar lavanda otra vez y es que el sitio de donde la conseguía ya no florecía por alguna razón. Me tardó al menos tres días hallar otro sitio, pero no me arrepiento de que estuve a punto de caerme a un estanque otra vez. Gracias a mi descubrimiento encontré también otra cosa, y esa fue una estructura antigua en medio del bosque.
Cuando le conté a Darcie sobre el pozo que encontré cerca de la frontera se le hizo una historia para nada nueva, y eso me desanimó un poco, pero la historia que tiene consigo me subió el ánimo por completo.
Se dice que ese pozo era uno mágico en el que podías ver el pasado, ese momento que tanto anhelas vivir otra vez. Me parece algo maravilloso, en verdad, pero Darcie dice que es solo un mito. No me molesté en comprobarlo porque con mi suerte al inclinarme habría caído de cabeza sin dudarlo.
No puedo evitar reírme y le sirvo té también a Viverette, ahora que los tres estamos dentro de la tienda de Darcie, porque ella está fuera con Koren por una inspección de las plantas. No sé de qué se trata, pero me permitieron tener un rato con mis amigos.
—Tengo que admitir que no sabe mal —Declan sonríe, tratando de sonar serio—. Nada mal para que lo hayas preparado tú, eso sí.
—¿Eso qué significa? —replico, divertida cuando él mismo me sirve un vaso.
—Que piensa que no sabes preparar cosas —Viverette se ríe también, y por cómo lo hace adivino su próxima pregunta—. ¿Qué es?
—Licor de lavanda. No sabía que aquí había todo para hacerlo, pero parece que sí.
Ambos se ríen en respuesta y yo termino igual. Ha pasado un mes desde el incidente en el bosque, así que se podría decir que hay algo más de calma en el campamento. Y una noticia nueva es que he aprendido a curar el insomnio con algo que no sea manzanilla.
La mala es que recordé que también sabía hacer algo diferente con ese mismo material.
La búsqueda de la relajación comenzó hace una semana, más o menos. Darcie me trajo un par de suturas y una de ellas fue para una niña que sinceramente se las arregló bastante bien para caerse por una ladera. No dije mucho, claro. Porque no fue lo peor.
La mamá de esa niña resultó ser amiga de Darcie y fue como el triple de presión coser la herida una vez que me lo contaron. Fue tanto así que me temblaron los dedos, pero afortunadamente todo salió bien. Excepto mi intento de mantener la calma, por supuesto. Desde entonces, la tienda de la enfermería ha estado tranquila.
Casi me tropiezo cuando me pongo de pie al escuchar el relinchar de caballos en el exterior y pisadas fuertes.
—¿Qué te pasa? —se carcajea mi amiga, y no puedo evitar sonreír.
—Le prometí a Cass que le haría el té hoy —replico, tomando la taza que esperaba se enfriase sobre el escritorio—. No tardaré.
No me preocupa en este instante haber confesado mi secreto de un par de semanas. Lo cierto es que solo es los días que no llega por la madrugada, pero Cass se reúne conmigo para contarme las novedades.
Cuando lo veo atar las riendas del caballo a la valla, no puedo evitar sonreír. El chico se vuelve hacia mí y va a mi encuentro, y me cuesta tanto enfocar tan solo la mirada que no me parecen tan importantes las que el resto del grupo nos lanza. Creí que a él tampoco, pero a pesar de la sonrisa que tiene en la cara me pasa un brazo por la cintura para que vayamos a sentarnos junto a la fogata.
—¿Qué tienes ahí? —me pregunta, divertido.
—¿Qué te parece? —me río cuando acepta la taza, pero se tarda un poco antes de beberla—. ¿Qué? ¿Piensas que te voy a envenenar?
—Quizá no, pero emborrachar tal vez —admite una vez que la taza está vacía. Se aclara la voz, llamando mi atención—. ¿Qué es, si puedo saber?
—Té de lavanda —le informo, trenzándome el cabello casi inconsciente. Cuando tengo una trenza café sobre el hombro lo miro confundida—. Te lo he estado haciendo, ¿no?
Asiente, como si hubiera dicho algo que diera gracia.
—No estás lo suficientemente ida como para olvidarlo, eso es bueno.
—¿Ida?
—Borracha, Rhea —me explica, y yo me irrito.
—No estoy borracha —replico, cruzándome de brazos y casi cayéndome de espaldas en el proceso. Me pone una mano para evitarlo, consiguiendo que me enderece otra vez.
La risa que suelta es genuina, y no puedo evitar considerarlo uno de los sonidos más fascinantes de los que he sido testigo. Sonrío cuando veo su expresión y él lo nota. Al final, enarca una ceja en mi dirección antes de hablar.
—¿Qué te pasa? —murmura, ladeando la cabeza.
—¿A mí? Tú nunca te ríes, debería revisarte la temperatura.
—Adelante.
Sin previo aviso, me toma la mano con delicadeza y se la lleva a la mejilla. Reprimo el impulso de sonreír ante ello, fingiendo que me centro en si tiene fiebre o no. Cass sabe lo que pienso, a juzgar por la sonrisa traviesa que tiene en los labios.
Qué raro. Nunca me sonríe.
Me concentro en él para no perder el hilo de lo que hago, totalmente borracha. Al final, niego con vehemencia.
—Por hoy no estás mal —digo, y algo me dice que debo aclararlo—. Es decir, nunca lo estás.
—La próxima vez que hagas algo para mí procura que sea eso que tomaste tú, ¿sí? Debe ser interesante beberlo ambos.
—No lo creo, sólo sería doloroso.
—¿Doloroso? ¿Eso por qué?
—Porque te estarías riendo tanto de mí que tendría que fingir que eso no me gusta.
Sonrío con lo que digo, pero él se pone algo más serio. El pelirrojo me observa, pero ya casi ni me acuerdo qué fue lo que dije.
Al final, se limita a ponerse de pie y cuando me ofrece la mano la acepto antes de dudar un poco.
—¿Ya te vas a dormir? —pregunto, aunque en realidad es él el que me lleva con cuidado hacia la tienda, la única verde en medio de todas las rojas.