El secreto de Poregrath

20

Rhea

Hoy acompaño a Viverette con sus tareas porque Darcie me dio el día libre. Parece que está muy ocupada, pero no me permite ayudarla.

Así que ahora estoy ayudando a Viverette a lavar su ropa en el río junto a las otras chicas y las mujeres que deben ser sus madres o simplemente deciden ayudar a todos.

Porque si algo he aprendido de este lugar, es que todos ayudan en todo.

Así que nos encontramos a la orilla del río, lavando con las barras de jabón que estaban en la tienda que hace de almacén junto a la de Koren.

No es muy justo decir que una mancha de lodo es difícil de quitar, pero la que está en el vestido de mi amiga es verdaderamente imposible de sacar. No sé ni cómo la ha hecho, pero incluso me arrodillo en el césped a diferencia del resto, porque me cansé de estar inclinada ante el agua.

Me ajusto la banda en la que me he recogido el cabello, y la verdad me parece una gran idea por parte de Viverette haberme dado la más gruesa que tenía. Parece algo gracioso, pero la verdad ahora me siento más tranquila estando alrededor de la gente del campamento.

Ya no hay rumores sobre que sea una espía, y hay quien en su momento lo creyó por completo. Ahora soy más de cumplir tareas, porque esta no es la primera vez que lavo ropa que no es mía. Me encuentran de utilidad en este lugar, según veo.

No tiene mucho sentido, porque me conocen más o menos de un par de estaciones, pero todo parece más sencillo.

Escucho aplausos frente a nosotros, y levanto la vista solo para encontrarme con el grupo de vigilancia a unos metros de nosotros. Arrojan cuchillos hacia un tablero improvisado en un árbol, y justo Nevyan acaba de incrustarlo ahí cerca del centro.

Me río cuando unas chicas más jóvenes que yo se quedan mirando al muchacho con admiración, y la verdad es realmente algo admirable que al tener trece o catorce años ya sepa manipular bien un arma.

Regreso a mi tarea de tallar el lodo de la falda, escuchando los comentarios de Viverette sobre poder hacerlo mejor que ellos. La brisa nos favorece y me indica dónde debo tender la ropa al terminar, pero no veo posible eso mismo en un futuro cercano.

Sin embargo, las chicas de mi edad murmuran entre sí y llaman mi atención. Sigo sus miradas y me encuentro mirando al capitán de la guardia siendo retado por sus amigos a tirar el cuchillo con los ojos cerrados. Lo animan y al final cede, usando la mano con la que no sostiene el arma para cubrirse los ojos. De encima, da la espalda al árbol. Y, claro, el muy descarado acierta justo al centro a juzgar por los silbidos de felicitación.

Todas estas chicas lo miran y eso me disgusta un poco. ¿Qué ven en él?

Mira en nuestra dirección al escuchar los murmullos y su mirada se encuentra directamente con la mía.

Lo más importante, ¿qué le veo yo?

Es humillante.

Regreso a mi tarea, pero casi se me resbala el jabón cuando Viverette me da un codazo.

—¿Qué te pasa? —protesto, irritada mientras enjuago la prenda. Por fin logré que se viera el color original de la tela.

—¿Qué te pasa a ti? —replica, poniéndose mechones sueltos tras las orejas—. ¿Ni siquiera le vas a sonreír?

—¿A quién? —me hago tonta, pero me molesta la risa que le sale a continuación. Todas las miradas se centran en nosotras y me llevo el índice a los labios para que se calle.

—¿A quién va a ser? Al mismo que te llevó a la tienda hace como tres noches. No deja de verte en los últimos días, justo como ahora.

—Deja de decir mentiras.

—Es un descarado, Rhea. Míralo tú misma.

Le hago caso, por alguna razón quiero saber si miente. Cuando lo sorprendo mirándome aparta la vista como si de repente el cuchillo que tiene entre los dedos fuera el objeto más interesante del mundo.

A mí la falda que tengo entre las manos igual me parece muy interesante para entonces.

—No lo sé, podría estarte viendo a ti —murmuro, distraída.

—Ya, claro. ¿Quieres que te explique de qué forma te vio cuando comenzaste a decir tonterías estando borracha?

—No estaba borracha —replico, bajando la voz para que haga lo mismo—. Cass sólo fue amable conmigo, es todo.

Cass te estaba tratando con demasiada amabilidad.

—El capitán —me corrijo, parándome junto a ella para tender los vestidos. Ella lavó el que me dio Darcie y ahora ambas los colocamos juntos—. El capitán sólo es amable.

—Ya, pero no es amable con nadie. Y a ti te sonríe. Esas son dos cosas bastante sospechosas.

Me pasa una pinza que acepto y después ambas vamos hacia la canasta de ropa lista que tienen chicas más jóvenes. Después, volvemos a la soga y las tendemos. Yo tardo a propósito. No tengo muchas ganas de volver al campamento tan pronto. Aunque técnicamente llevamos aquí toda la mañana, ni siquiera me ha dado por aburrirme.

—Propongo que le digas cómo te sientes —murmura Viverette, divertida—. Así se entenderán mejor.

—¿Lo que siento? —me río, sin poder creerlo—. No siento nada.

—Tú también le sonríes a veces, no mientas.

—Por cortesía. Cortesía. Sabes qué es, ¿no?

—Y por cortesía te mira tanto. Ya dilo, te gusta.

—No me gusta —replico quizá demasiado pronto. Para suavizarlo, me aclaro la voz—. Además, eso de presumir con armas es una tontería. De lo más cualquiera.

—Si crees hacerlo mejor, te observo.

Doy un brinco por el susto y de repente veo a Cassander mirándome cerca de nosotras ahora. Viverette se ríe, pero yo hago lo posible por mostrarme indiferente.

—No, gracias, capitán. Tengo mucho que hacer —murmuro, poniendo pinzas a una blusa que pronto tiendo. Cuando veo la canasta vacía a mis pies, me apresuro a tomar algo de la otra que mi amiga tiene al lado.

—No sé qué he hecho para ganarme esa formalidad, así que no te molestará explicarme —responde, con las manos en los bolsillos.

—No me apetece lanzar cuchillos a un pobre árbol como afición, lo siento.




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