Cassander
La besó. Lo hizo después de notar que llegaba. Y tal parece que no importa.
No me molesto en terminar de ver la escena, me alejo hacia el bosque con más irritación de la que debería.
Ella le ha gustado desde que la conocimos, yo lo sabía. El del error soy yo. Porque me permití tenerle afecto a esa chica que comencé a conocer desde el desagrado y la subestimación.
No sé cómo ocurrió, y dudo tener una respuesta para ello pronto. Sólo sé que Rhea está en mis pensamientos cada vez que las flores se mueven con el aire o que me siento tan solo que sólo son ella y sus risas las que me hacen sonreír.
Y ella no lo sabe. La besó él. No tiene idea de cómo me siento.
Eso tampoco cambiará pronto.
Es tan inútil molestarse por esto como arrojar una piedra al agua esperando a que flote. En lo personal es lo más acertado que puedo decir, porque fue justo lo que hice cuando tuve el río frente a mí.
Arrojé la piedra con tanta fuerza que salpicó, pero la verdad es que no entiendo bien mi enojo. ¿Qué más me da? Ellos son amigos, Rhea y yo ni siquiera somos eso.
Sin embargo, la respiración se me aceleró de una forma estúpida cuando la vi besarlo.
Es tan patético como irónico.
Así que para despejarme de cualquier indicio que me indicara la posibilidad de que ocurriera lo contrario, decidí pasar la noche vigilando la frontera, igual que he hecho otros días con el pretexto de ver a Rhea por la mañana.
Ahora cuando vuelva ni siquiera la miraré. Ya no me corresponde.