El secreto de Poregrath

23

Rhea

Después de varios días en los que no paro de escuchar en el campamento que todos los del grupo de vigilancia no paran de entrenar, me es tiempo suficiente para irme olvidando un poco de Cass y nuestra discusión en el bosque.

Porque, a decir verdad, sería una tontería no hacerlo.

Al menos eso quiero pensar.

Luego de mis deberes habituales con Darcie, ella me cuenta que ese día debe llevar a los niños al bosque para que aprendan algo sobre unos frutos que no deben tocarse, pero no digo mucho sobre ello. Tampoco me ofrezco a acompañarla, y uso de excusa el mal clima que desde hace un par de semanas es más nublado que de costumbre.

Una prueba de ello es lo mucho que ha subido el río que nos separa de las tierras que llevan a aldeas, porque si no mal recuerdo era mucho más bajo.

Otra razón por la que no he salido con Viverette, por cierto. No es que ella estuviera ocupada para mí, en realidad esta vez es al revés.

No me importa cuántas veces lo piense, llegamos a lo mismo de nuevo. No quiero hablar con Cassander y mucho menos quiero verlo.

No sé cómo se atrevió a hablarme así la última vez y tampoco cómo supone hablarme de nuevo.

A lo mejor por eso no se aparece por ningún sitio.

Y es justo así como quiero que siga. No tengo intención de cambiar mi opinión en este asunto, y mucho menos veo sencillo que él lo haga.

No me odia. Sólo me detesta.

No podría compartir más ese sentimiento tan agradable.

Nadie más que yo lo calificaría así, pero supongo que uno aprende a atesorar ese tipo de cosas.

Cuando Darcie sale de la tienda con la bolsa para las provisiones, me quedo completamente sola en la tienda y no puedo evitar ponerme a hacer cualquier cosa con tal de no tener tiempo libre para mis pensamientos.

Estoy segura de que Declan ya le ha contado algo a Viverette, así que otra razón para no hablar con ella. Si salgo de aquí, tarde o temprano voy a tener que hacer o decir algo que no quiero.

Y al ver que las reservas no pueden estar más ordenadas de lo que se encuentran, desisto de ponerme a organizar nada y prefiero sentarme a anotar en la libreta que tiene la enfermera en el escritorio. Se parece mucho a la mía, la verdad. Pero seguramente esa que yo recuerdo es ahora cenizas en esa parte del bosque.

La cortina de la tienda se levanta y me llegan las risas de los niños con los que Darcie debe estar a punto de irse. Una que pertenece a la de una pequeña resuena en la distancia, y no puedo evitar sonreír.

A Lorine le gusta mucho salir al bosque.

Tan pronto como tengo esa idea me invade una culpa espantosa por haberme olvidado al respecto. Pero he de admitir que algunas veces es imposible.

Es así con ella y con otros miembros del campamento, según me han contado mis amigos.

Y de repente esa noche está de nuevo en mi cabeza, trayéndome un pensamiento que creía algo menos frecuente. Hoy no tengo nada en qué ocuparme, así que puedo salir del campamento y buscar a Lyrielle.

Muy poca gente me nota al salir, pero estoy casi segura de que es a propósito que desvían las miradas. Las mujeres con las que normalmente hago deberes con Viverette sólo me llaman porque saben mi nombre y ni hablar de querer saber de mí. Incluso las chicas más jóvenes me miran con desdén de vez en cuando, pero me niego a dejar de mantener la cabeza en alto. No sé por qué les caigo tan mal, la verdad.

A lo mejor se creyeron de verdad que yo era una espía y por eso no me dejan en paz. Eso no me interesa.

Cuando recuerdo ese patético rumor tengo la fuerza suficiente para quebrar las ramas que necesito llevarme conmigo yo misma sin la ayuda de ningún cuchillo y sólo entonces me doy cuenta de que usaba ese mismo objeto para no ensuciarme las manos y no porque la fuerza no me alcanzara para cortar eso o tallos. Para no ensuciarme las manos.

Claro. Como cierto capitán.

Avanzo por el bosque buscando y buscando, pero como por cuarto intento no logro hallar a Lyrie. Es tan frustrante como inútil siquiera pronunciar su nombre. Cada vez que lo digo el viento es egoísta conmigo y se lo lleva lejos, como si no fuera a servir de nada dejarlo correr en el bosque.

Tengo el recuerdo de la noche en que murieron miembros del campamento en la mente otra vez y no puedo evitar que mi corazón se rompa un poco cuando recuerdo con tal nitidez.

A lo mejor se me rompe en especial por alguien que no fingió esa noche por primera vez. Me doy cuenta de la violencia con la que he estado cortando tallos y sólo de pensar eso comienzo a ser más delicada. Quizá Cass ha pasado por muchas más cosas antes y por eso le cuesta tanto ser amable. Yo también me sentiría agobiada por la idea del concepto, así que tiene algo de sentido.

A lo mejor por eso pocas veces es atento, porque no sabe cómo hacerlo.

Recuerdo la noche en que le ofrecí té por última vez, y no puedo evitar una sonrisa que se desvanece un poco al tener total claridad de los hechos en mi mente.

Esa noche él me tomó de la mano. No, me acarició. ¿O quizá yo a él? Recuerdo a la perfección la palma de mi mano contra su mejilla.

Esa visión es tan abrumadora como interesante.

Me llega el sonido de su voz en el recuerdo, pidiéndome que le revise la temperatura. Y claro. ¿Cómo podría tratarse de otra cosa?

La carcajada que me sube por la garganta es amarga y no me explico por qué. Mis ideales sobre esas cosas tienen otro rumbo.

Cuando tenía catorce años, escuché una historia muy antigua de Poregrath, que hablaba sobre una princesa y un ladrón que se escabullía por las noches a su alcoba para verla. Se decía que en el reino no existía amor más puro que el de ese ladrón, que robaba joyas para su princesa a pesar de que esta lo tuviera todo. Ella le decía que nada en su tocador valía más que todo lo que él le conseguía, pues era un ladrón muy codicioso y vil; sin embargo, al final de la historia él cambiaba casi por arte de magia gracias al amor de la princesa.




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