El secreto de Poregrath

24

Cassander

Me bajo del caballo a toda prisa cuando llegamos a la cima de la montaña, pero mis compañeros no comparten mi entusiasmo.

—Tenemos tres horas para terminar de entrenar, así que podrían comenzar por ahora —murmuro, pero levanto la voz al volverme hacia el grupo—. Antes de empezar, me gustaría escuchar sugerencias para el próximo combate.

Todos se miran entre sí, y sólo Dewell intervine en lo que yo supondría sería el turno de Declan de hablar. Pero no es así, y me confunde.

El chico sólo es un par de años menor que yo, pero igualmente aporta en las formaciones.

—No practicamos esgrima desde hace un tiempo —dice, y caigo en la cuenta de que tiene razón.

Aunque esa no es del todo mi forma favorita de combate. La que más me agrada no es muy bien vista, así que me la reservo. Cuando dispones de algo más largo que un cuchillo con el mismo filo, quizá se tenga ventaja, pero un cuchillo en cada mano puede ayudarte más si eres ágil. Pero Koren reemplazó ese entrenamiento por el de lucha. No lo entiendo.

Después de todo, debería tomar un poco en cuenta lo que digo.

No me esfuerzo mucho en oponerme, y es especialmente exacto que las espadas estén en número perfecto cuando abrimos la bodega que hay en la casa de madera improvisada que hay en la montaña. De ahí cuelgan dos repisas en el interior, y conforme pasan a enfrentarse los miembros del grupo les voy pasando las armas.

No tengo ganas de hacer ninguna demostración, y eso es raro considerando que podría pelear de verdad contra cualquiera de estos chicos.

Aunque, eso no es algo precisamente de hoy. Desde que salimos del campamento, no he hecho más que quejarme en silencio porque hoy tengamos que salir, y es que pude decidir que no lo hiciéramos. Soy quien hace el cronograma, después de todo.

Evito el pensamiento constante que ha estado en mi cabeza desde hace un par de días, sobre que el bosque ya no me parece precisamente mi sitio. Es como si ya no supiera qué pasará una vez que salgamos, y empiezo a preguntarme si alguna vez realmente lo supe.

No es que antes no tomara precauciones, pero ahora incluso he oído a Nevyan llamarme excesivo con ellas. No directamente, claro. Cualquiera de ellos sabe lo que habría costado.

Aun así, no es usual mi reemplazo del mal humor por la apatía. Es un poco denigrante.

Declan discute conmigo sobre lo que vemos en los combates, de forma totalmente objetiva. Igual que nuestras conversaciones los últimos días.

En realidad, ahora si Koren debe decirnos algo nos llama por separado y no sé si este chico haya tenido algo que ver con eso. Trato de no sacar a relucir su evidente lejanía actual, pero él lo pone demasiado difícil. Siempre me preguntaba las novedades por la tarde cuando se quedaba cerca del campamento por ir a cazar, o simplemente veíamos las próximas rutas de comercio con nuestro líder. Ahora toma las decisiones por su cuenta y yo por la mía, que normalmente son las últimas las que cuentan.

Después de todo, mis propuestas las conoce y evalúa todo el mundo, mientras que las suyas deben decírmelas un grupo de personas considerable para apoyar al segundo al mando. No es que importe mucho, porque siempre trato de hacerle el mayor caso posible de tratarse de algo así.

—Nevyan todavía no sabe usar bien la izquierda —murmura Declan, ambos con la espalda apoyada a la casa de madera—. Dale unas lecciones.

—¿Dale unas lecciones? —repito, incrédulo—. ¿Ese no es tu trabajo?

—Eso pensaba.

Me trago la réplica ante lo que evidentemente no dice. ¿Por qué Rhea no deja de causarme problemas?

—Te estabas tardando mucho en enseñarle a usar cuchillos —digo, como si fuera cosa cualquiera. Me cruzo de brazos con indiferencia, mirando hacia los chicos que se enfrentan con las espadas—. Además, no es justo que haya mirado y nadie la invitara a participar.

—Qué bueno que el capitán ha aprendido a ser un poco más solidario —se suma Nevyan, que termina recién el combate. El muchacho suena divertido, igual que todo el tiempo cuando se trata de unirse al imbécil de mi mejor amigo para molestarme—. No tiene mucho que la chica llegó y no perdió ni un segundo.

—No hice nada —replico, apenas creyendo lo que dice el sinvergüenza.

—¿No hiciste nada? —Declan se ríe, dándome un codazo con más fuerza de la necesaria.

—No hablo de él, idiota —Nevyan baja la voz antes de comentar—. Rhea es la que no le quita los ojos de encima.

—¿No te enseñó Darcie cuando era tu maestra a no hablar así de las chicas? —le pregunto, desprovisto de paciencia.

—Mira que toqué un hilo suave —sigue el chico, dejando a un lado la espada. Suspira algo agobiado—. A mí no me ha hecho mucho caso, pero es un encanto, eso sí.

¿Que era un encanto? ¿Este niño sabe lo que eso implica, si quiera?

—Es como dos años mayor que tú —replico, riéndome sin disimularlo—. Le daría ternura escucharte.

—La misma que cuando te dice Cass, con esa vocecita. Por favor, capitán. Admite de una vez que te gusta la chica, nadie te criticará por eso.

La risa sarcástica a mi costado nos obliga a callarnos, porque no es para nada habitual.

—¿Cómo va a gustarle? —Declan sonríe, negando—. Si con ella no tiene chance, son todo lo contrario.

—No es que tenga escasa experiencia cuando se trata de eso —replica Nevyan, pero yo no me meto.

—Rhea merece algo mejor.

—También el capitán, y ya lo vemos.

—Si vuelves a decir eso, te obligaré a vigilar por la noche, ¿entendiste? —espeto, y eso solo provoca que sonría. No entiendo a este chico, siempre prueba mi paciencia.

—Cuánto te gusta, Cass.

Niego, por fin irritado.

—Es una tonta, ¿cómo va a gustarme?

—Acabas de mandarme a vigilar en la oscuridad solito por haberle dicho poca cosa.

—No es una cosa —casi le grito.

—Sabes a qué me refiero con eso. Ya, que tres años no son una gran diferencia.




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