El secreto de Poregrath

25

Rhea

Ayer me enteré de que Viverette casi se cae de cabeza en el lago de los deseos o como se llame, y no pude evitar reírme de eso incluso al día siguiente por la noche cuando por primera vez no teníamos línea de vigilancia.

El grupo tiene día de entrenamiento, y la verdad no sé en qué consista. Eso es bueno, porque puedo salir por provisiones sin correr el riesgo de que cierta persona se encuentre conmigo.

No tengo intención de hablar con él hasta que sepa qué decirle exactamente, y eso es todo lo cierto aquí. Me encargo de ordenar la alacena de provisiones hasta que Darcie vuelva, quien está centrada en su papel de realizar excursiones a pesar de lo mucho que le ha dicho Koren lo peligroso que sería si no tenemos a nadie en las fronteras.

No hay mucho qué decir al respecto, eso sí. No me inmiscuyo en sus cosas y esperaría el mismo trato, pero no todo es justo.

Que me guste el capitán no es asunto de todos, pero eso parece en los últimos días.

—¿Estás ocupada ahora?

Creo que no sabía que era posible atragantarse con la misma saliva hasta hoy, que estoy a nada de ahogarme. Me apoyo en el escritorio tratando de disimularlo, pero sólo al girarme me doy cuenta de que no estoy alucinando.

Cassander está en la tienda, está a unos pasos de mí.

Y parece preocupado por algo.

—¿Se te reabrió la herida o algo así? —murmuro, y de repente veo cómo se le ensombrece un poco el semblante. No sé qué le pasa.

Y mucho menos qué me pasa a mí. Sin embargo, la risa amarga del capitán termina de desconcertarme.

—¿Crees que siempre vengo por algo así?

La verdad sí, pero no es como si pudiera decirlo a medio ataque de tos. Cass lo nota y se apresura hacia mí, y sólo entonces me recupero por completo.

Está aquí. Vino a verme. Estoy en otro plano terrenal, eso seguro.

Al ver que no digo nada, se apresura a aclararse la voz con incomodidad y sólo nos miramos por unos segundos.

—¿Cómo estás? —me pregunta, como si no me hubiera visto en días.

—Creo que bien —murmuro, tratando de no hacer ninguna pregunta estúpida—. ¿Tú cómo estás?

—Creo... que bien.

—Genial.

—Sí.

Esto es tan raro como incómodo. Y gracias a ello me he dado cuenta de que normalmente me preparo un poco antes de hablar con él. ¿Qué debo hacer?

—¿A qué viniste? —pregunto, a falta de algo mejor para decir.

—A verte.

Me quedo en silencio, porque se quedó con todas mis palabras.

—A ver cómo estabas —murmura, mirando alrededor con curiosidad.

—Ah. Estoy bien —digo, fingiendo que no estoy al borde que me han colocado los nervios. No entiendo por qué juega conmigo. No he hecho absolutamente nada para que piense que puede hacerlo.

Y a partir de ese instante el aire cambia entre nosotros y puedo palpar los nervios de ambos.

—Rhea, hay algo...

Escuchamos los gritos en el exterior.

No es específicamente tarde, pero no se esperaría ese nivel de actividad en el campamento. Es de noche y además el capitán está conmigo. El grupo de vigilancia eran los únicos posibles responsables.

Por cada minuto que pasa yo me clavo en el sitio y él se tensa con el mismísimo temperamento militar del que es dueño.

—¿Qué es ese ruido? —pregunto, incapaz de cambiarme de lugar. El capitán se asoma por la tienda, totalmente provisto de la decisión que me falta.

En su perfil veo la confusión, pero no puedo moverme.

—Están aquí —murmura, alejándose poco a poco de la entrada. Luego de unos segundos, desenfunda el cuchillo que traía sujeto al cinturón, aparentemente ausente—. Rhea, quédate aquí. No, espera...

Se acerca a la alacena y va directo al cajón más grande, pero dentro de poco se acerca a la cama, todo en completo silencio.

—Ven —me indica, y al ver que no me muevo me toma de las muñecas para acercarme a la cama.

Cuando me indica lo próximo, reacciono por completo.

—¿Por qué quieres que me meta debajo? —susurro, comenzando a temblar—. ¿Son ellos? Cass, ¿son ellos? ¿El Grupo Mer...?

Se lleva el índice a los labios mientras parece escuchar algo. Y yo sé que mucho más va mal cuando insiste en que me esconda.

—¿Qué harás tú? —replico, tomándolo del brazo cuando parece mucho más ausente.

No obtengo una respuesta. Se aleja de mí poco a poco no sin antes mirar atrás por última vez. Me siento inútil. Me enseñaron defensa, pero tengo miedo de salir. No sé qué hacer.

Me tiemblan las manos. Pero sólo tengo que levantarme y alcanzar el baúl para sacar el arco y flecha que está dentro. Lo he visto muchas veces cuando Darcie saca ropa nueva para mí.

No me metí bajo la cama, sigo arrodillada donde me dejó el capitán. Dijo que esperara. El silencio es sepulcral, inquietante. Quiero ver si está bien, en dónde están los demás.

Hay una luz en el exterior, poco a poco varias. Las antorchas del campamento no están en el claro, están en los alrededores. Hay una hilera de antorchas. De ellos.

Vienen por nosotros.

Y de un momento a otro, el miedo me deja.




Reportar




Uso de Cookies
Con el fin de proporcionar una mejor experiencia de usuario, recopilamos y utilizamos cookies. Si continúa navegando por nuestro sitio web, acepta la recopilación y el uso de cookies.