El secreto de Poregrath

26

Rhea

Quizá Cass tenga este plan diseñado desde hace unos meses, porque cuando sale de la tienda no vacila ni un segundo antes de avanzar pegado a las sombras de la tienda, incluso cuando ve al líder del Grupo Mercantil inspeccionando el lado contrario del campamento. No sé exactamente por qué, pero creo que algo malo pasará si me quedo en la tienda.

Es decir, sé que me dijo que me quedara con totalmente buenas intenciones, pero algo no está bien. Desde que estuve pensando en salir o no, me dio la impresión de que no sólo estaba yo en la tienda, o cerca de ella. Es algo muy extraño, tomando en cuenta lo pequeña que es y lo oscuro que está todo a esta hora.

Trato de ir por el lado contrario que el capitán, tratando de imitar la forma en que pasa desapercibido. Tengo un carcaj en la espalda y un arco en la mano, pero ni por asomo ganas de poner a prueba mi corto entrenamiento. La luna está en lo alto, y es por eso que nadie dentro de las tiendas sospecha lo que está pasando. No sé cuál podría ser el plan. Si ellos quisieran, prenderían fuego a las puntas de las flechas que todos los miembros portan y las arrojarían a las tiendas con tal de que el fuego indique su presencia, como tantas veces me ha contado Darcie.

Dice que en cualquier ciudad en la que saquean primero incendian un sitio. Aquí no debe ser la excepción, y por eso no temo tanto. La verdadera angustia es saber que mis amigos todavía no saben que debemos salir de aquí.

Cuando me encuentro cerca de la valla de los caballos, corro sin mirar atrás, tratando de hacer el menor ruido posible. Tengo que encontrar a Darcie, sé que sabrá cómo sacarnos. Por más tiempo que haya pasado en compañía del capitán, no tengo ni idea de cómo ayudar al campamento. La idea de que él se esperara todo esto se esfuma en cuanto recuerdo cómo nos encontramos. Si de verdad se lo hubiera esperado, no hubiera malgastado el tiempo conmigo.

Una vez lejos del claro, el bosque es amplio y totalmente apto para que entre en pánico. No sé leer el bosque cuando es de día, pero esta sensación de escapar es totalmente familiar para mí ahora. Me recuerda a esa noche y a muchas anteriores.

Pero ahora es distinto. No quiero escapar para nunca volver. Tengo que volver.

Para mi alivio, todavía no se ve ningún posible desastre cerca, así que cuento con el tiempo medido para que todo salga bien. Darcie ha pasado mucho tiempo aquí, seguro conoce alguna forma de escapar sin que nadie nos vea. Y de cualquier modo no nos vendría mal un rato juntas, tiene varios días que sale con Koren.

Un silbido en el aire me hace voltear y es como si hubiera vivido esto antes.

Porque lo he hecho. Esa flecha quería ser clavada en mi espalda.

En la adrenalina del momento, que no tengo una antorcha conmigo para alumbrarme la visión, saco una flecha del carcaj y la pongo torpemente en el arco para arrojarla. El sonido es mi guía. El único. La disparo. Y por el sonido que provoca sé que no acerté. Sólo me llega la advertencia de que soy patética usando armas.

Recojo la flecha a mis pies, y al tenerla en las manos se me hace algo demasiado particular que algo brilla sobre la madera antes de llegar a la lanza. Es un brillo rojo. La flecha tiene dos rubíes. Son minúsculos, pero puedo verlos con total claridad.

Escucho una risa de satisfacción en el aire y otra flecha está a punto de lastimarme, pero me aparto el tiempo justo para que se clave en el tronco del árbol que tengo detrás.

Esas piedras están ahí para distraer. Y yo les di lo que querían. Mi pregunta es quién me está siguiendo.

—Si a tu gente le gusta dar y recibir, que así sea entonces —escucho la voz de nuevo, se trata de un hombre montando un caballo. Lleva un farol que sostiene para mirarme, alejándoselo lo posible de la cara. Lleva una capucha café que me hace retroceder—. Tardaron mucho en quitarme ese cuchillo del hombro. No tardes tú en decirle a Cassander cuánto sangró por días por culpa suya.

—¿Q-qué? —murmuro, incapaz de mirar para encontrarme con nadie. Todavía tengo la flecha con rubíes en las manos, que ahora tiemblan.

—Ese día te estaban siguiendo —me dice, como si nos conociéramos de mucho—. ¿Te portaste mal?

Comienza a andar en el caballo sobre el que está en círculos a mi alrededor. Contengo el aliento, apretando la madera.

—Es lógico —sigue, tal cual le hubiera dado una respuesta antes—. Ese lugar no está hecho para personas como tú. Almas tan puras no se conservan en ese campamento.

—Pues yo creo que es mucho más certero decirlo de alguien que no muestra la cara —casi grito, pero eso le causa gracia. Esa risa, ronca, pero medida, es como una advertencia. Deja de moverse y yo me quedo mirándolo con el corazón acelerado. Tengo que correr. Tengo que escapar.

—Hermosura. Es una lástima lo de tu muer...

Se saca una daga de la montura del caballo, y yo preparo la flecha. Logro dispararla cerca de su antebrazo, lo que me da el tiempo suficiente para correr. El bosque es mi enemigo. Tan hermoso de día y engañoso por la noche. Algún día yo viviré en el pueblo, lejos de todos estos árboles.

El corazón me late demasiado, tan fuerte como ese día en la casa en llamas, y no hablo de la mía.

Tardo tanto tiempo en escuchar el sonido de la cascada que cuando lo tengo en frente casi me derrumbo de alivio. Logré escapar. Lo logré sin lastimarme. Y no sé de quién exactamente.

Lo de que el capitán lo haya lastimado no es precisamente una pista para saber quién es este hombre. Existen demasiadas personas con un caso similar.

De repente, los cascos de los caballos se oyen por el piso, más fuertes de lo que desearía y tengo la necesidad de correr otra vez. Estoy segura de que ya nadie se pensará nada dos veces luego de haber clavado una flecha.

—Aunque quisiera que esto dure todo el día, no lo tenemos para nosotros —la voz de Cass me llega y suelto aire que de nuevo contenía. Se baja del caballo negro para ayudarme a subirme y una vez estoy con la espalda pegada a su pecho, no se piensa mucho agitar las riendas con fuerza. Me siento segura, pero todavía no estoy tranquila.




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