El secreto de Poregrath

28

Rhea

Los rayos del sol se filtran en la tienda luego de la primera semana durmiendo sola en ella.

Tengo que ayudar a los demás con lo que sea posible, así que me pongo rápido las botas y el vestido.

Cruzo corriendo el claro para llegar hasta la cocina, en la que las mujeres trabajan sin parar. No puedo evitar preguntar qué hace falta, y Solyn, una de las amigas de Viverette, me dice que ayude a esta que está en el río, terminando de lavar la ropa pendiente.

Me apresuro a su encuentro, olvidándome por completo del desayuno por segundo día consecutivo.

Me acerco a la orilla, y Viverette levanta la vista para mirarme. Tiene el cabello recogido en una coleta, y parece cansada. Aunque su gesto es comprensivo cuando me arrodillo junto a ella y comienzo a tallar lo que quede en la canasta.

—¿Cómo estás?

Esa pregunta. He llegado a odiarla en estos días. Suspiro, tratando de desahogar la molestia en tallar con fuerza.

—No estoy mal —murmuro.

—Koren ha estado hablando sobre trasladarnos. ¿Irás con nosotros?

Me quedo callada por bastante rato, aguantando un nudo en la garganta.

—¿Por qué lo preguntas?

—Pues... —sigue, dejando lo que hace para mirarme—, como dijiste que buscabas a tu hermana...

—Mi hermana está... —suspiro, sin poder creerlo—. ¿Koren cree que no iré con ustedes?

—Después de lo que pasó con el capitán, diría que no eres su persona favorita. Y menos le sentará bien que tú te quedes en ese sitio que era de ella, pero no puede negar que necesitaremos una enfermera.

—No puedes hablar en serio —replico, incrédula—. No quiero ocupar su sitio. No quiero...

—Es hablar por hablar, Rhea —me tranquiliza—. Pero supongo que lo de Koren no es del todo mentira.

—No puedo creer lo que le hizo a Cass... ¿cómo pudo?

—Cómo pudo callarse el capitán —murmura, tensa—. No se calla ante nadie, pero supongo que tiene algo que ver el parentesco.

Era cierto. Ese detalle casi lo olvido y me da casi tanta inquietud como los últimos días.

—Parecía un secreto hasta esa noche —coincido, volviendo a nuestra tarea.

—Es un poco un secreto después de lo que pasó con su hijo y Asterin.

—¿Asterin?

Suelta un respingo, pero al instante su expresión cambia.

—Deberíamos volver, ¿no crees? A ver qué tal está todo —dice, terminando de tender la ropa en tiempo récord.

—¿Quién es Asterin? —replico, desconcertada una vez que ambas avanzamos por el sendero.

—Si él quiere que sepas sobre eso, te lo contará. No quiero ser quien te lo diga.

—Pero, Viverette...

—Vamos, que para este momento debe estar buscándote.

Volvemos al campamento sin hablar tanto, o más bien yo no hablo mucho. Viv no deja de hablar, pero no puedo compartir la conversación. Asterin. He escuchado ese nombre antes, me gustaría recordar de dónde.

—Debo terminar en la cocina, pero apuesto a que querrás escuchar las buenas noticias —me dice ella, sonriéndome débilmente por última vez antes de salir corriendo en dirección contraria una vez que ambas estamos en el claro.

Y de repente alguien me abraza por la espalda.

—¿Debería preocuparme?

—¿De qué? ¿De ser la única persona a la que abrazaría en este campamento? —Cass habla despacio, pero al soltarme la cintura caminamos de la mano hacia la tienda—. Te busqué apenas volví de la frontera.

—Quería hacer algo útil, con eso de que no muchos quieren que los cure —murmuro, preparando las infusiones de té que ya estaban a medio hacer sobre el escritorio.

—¿No quieren? —repite, desconcertado.

—Pues... no es del todo un secreto que no confiaban en mí —digo, tomando la tetera de porcelana con cuidado entre los dedos—. Ahora menos si podría tener algo que ver con el ataque sorpresa. Casualmente, tú y yo fuimos de los pocos que salieron ilesos de toda locura.

—Una locura sería que alguien te hubiera lastimado estando conmigo.

Me quedo en silencio sirviendo en las dos tazas provicionales el té que tengo aquí. Mientras, Cass limpia el desastre que dejé con los tallos de lavanda, aunque le dije que lo haría después yo misma. Hoy no lleva la misma ropa de siempre, que parece un uniforme. No ha cambiado de color favorito, pero lleva una camisa negra de lino con botones pequeños forrados con la misma tela, junto con pantalones sueltos. No parece demasiado afectado con que yo lo mire tanto, aunque la verdad no puedo evitarlo demasiado.

Dentro de todo, parece que de verdad me correspondió. Estamos juntos por puro gusto esta mañana.

El pelirrojo se vuelve hacia mí y yo no lo miro a los ojos cuando le tiendo la taza.

—¿Qué tienes? —murmura, indicándome que me siente a su lado en el colchón.

No respondo, moviendo mi taza Siento una rara sensación en las manos, como si tuviera que hacer algo con ellas.

Ante mi silencio, que no es para nada incómodo, el capitán bebe el mismo té que yo, ambos sin decirnos nada.

Me quedo mirando las velas usadas sobre el escritorio, pensando en cuánto tiempo llevo viviendo aquí, y qué habrá sido de los escombros de mi cabaña. No tuve muchas ganas de volver a ver que fue de ella, pero ahora tengo una nueva duda en mente.

No me había percatado de la fuerza con la que apretaba las sábanas con la mano libre hasta que el capitán cubre mi nudillo con su mano, obligándome a mirarlo.

—Te he extrañado —me cuenta, esbozando una pequeña sonrisa—. No es lo mismo salir a vigilar sin ti por ahí.

—No ha sido necesario por lo mismo —murmuro, tratando de apartar ese problema de este momento. No he tenido la oportunidad de hablar con él en días. Suspiro—. Viv me dijo que tenían buenas noticias, ¿es cierto?

—Parece que alguien ha arruinado la sorpresa —asiente, sin poder evitar reír un poco—. Rhea, ¿recuerdas el viaje al este cuando recién llegaste?

—Lo recuerdo, sí —digo, como si no fuera la estupidez más grande que me ha preguntado.




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