El secreto de Poregrath

29

Rhea

Tenemos en frente Ciudad Carta. Es impresionante el lujo de esta ciudad, es demasiado opulenta.

Las calles, limpias, y las fachadas de lo más pulcras. Todos aquí tienen un estatus distinto al nuestro, y deduzco que por eso Cass estuvo practicando el discurso conmigo durante el trayecto, hasta que terminé por pedirle que parara porque incluso yo me lo había aprendido.

Cuando llegamos al centro de la ciudad, nos detuvimos en un hotel que parecía ciertamente costoso, pero no me sorprende que podamos costearlo. Después de todo, esta vez viajamos para vender rubíes.

Parece que alquilamos el pasillo completo del segundo piso para que todos los miembros del grupo estemos en el mismo lugar. Una vez dadas las instrucciones, el capitán me indica que vayamos hacia la última habitación del corredor, y entiendo que esa es la mía porque ahí es a donde lleva la única maleta que traje conmigo, que tiene remedios y provisiones además de un par de vestidos, blusas y faldas.

—El closet es hermoso —me oigo decir, viendo el ornamentado plateado que tiene—. Es como si en este lugar hasta la calle tuviera dinero.

—Es algo así —Cass se ríe, y por primera vez noto la otra maleta que tiene con él. La abre una vez que la coloca sobre la cama y veo una tela roja apenas—. ¿Sabes? Estaba pensando en darte esto mañana, pero no puedo resistirme ahora que estamos solos.

Lo miro confundida hasta que me indica que yo misma saque lo que él ha llamado un regalo.

Y al desdoblar la tela veo un vestido precioso. Tiene mangas de tul, del mismo color del vestido, es un rojo vino y tiene pedrería que rodean pequeñas cuentas de cristal. Es una locura.

—¿Qué significa esto? —digo apenas recupero la voz.

—Significa que pude cumplir uno de mis caprichos antes de que las caravanas nos evitaran —murmura, sacando una tiara con colgantes de pedrería roja a juego con el vestido—. Pensé en ti, y la verdad veo que sí te gustó.

—¿Qué...? ¿Cómo...?

—Fueron mis ahorros, así que no te preocupes porque sea dinero del grupo. Uno de mis deseos era comprarte un vestido, porque este en especial se veía hecho para ti.

Contengo el aliento, pasando los dedos por las mangas con delicadeza.

—Son auténticos —dice, y adivino a qué se refiere. Las piedras del vestido son rubíes de verdad.

—No pudiste gastar tanto en mí —replico, encarándolo por primera vez—. Cass, no puedes hacer esto.

No puedo creerlo. Se tomó el tiempo de escoger este vestido para mí. Es un gesto hermoso, pero no quiero ni pensar en lo que gastó, eso me llena de culpa.

—¿Qué acaso no puedo darle un regalo a la persona que más se lo merece? —dice, totalmente ajeno a mi preocupación. Sonríe, esa sonrisa que me fascina—. ¿Te lo quieres probar ahora o esperarás hasta que nos marchemos? Porque, si te parece, me gustaría que fuéramos juntos.

Asiento, divertida.

—Prometo no arruinarlo esta vez como la última —murmuro, recordando ese día desastroso.

—¿Qué? ¿No arruinarlo en qué?

—Voy a demostrar las joyas, ¿no? Como la última vez. Para eso es el vestido.

—Te compré el vestido porque quise hacerlo, no porque fueras a demostrar nada —dice en cambio, desconcertado—. Y ten por seguro que jamás volverás a demostrar nada. No quiero que ningún idiota te ponga las manos encima usando como excusa un pedazo de metal.

Sus palabras me sorprenden, y la verdad no sé disimularlo bien.

—¿Entonces... iré contigo para negociar?

—Eres mejor que yo con las cuentas, según me contaron —dice, y recuerdo a esa persona con cariño. Se acerca para acariciarme la mejilla y dentro de poco apoyo la cabeza en su pecho, un gesto casi involuntario. Miro la tela del vestido, que parece el más hermoso que he visto sólo porque me lo compró él.

—Quedan unos veinte minutos —susurra, inclinándose para hablarme.

—Será mejor que me cambie, entonces —digo sin saber disimular la emoción.

—Será mejor que te compre más regalos a menudo, porque por lo visto te encantó este.

—Me encantó que me lo dieras tú, así hubiera sido una flor —replico, levantando la mirada hacia él—. Gracias.

—De qué —murmura, acariciándome con el nudillo.

Horas después el grupo se ha quedado en el hotel, y sólo es el capitán y el primero al mando los que van conmigo en esta travesía por la ciudad en la que no hay tanto que me entretenga como en aquella ocasión en el este. No, aquí no hay gente tocando música del sitio, no hay puestos coloridos.

Todas las tiendas tienen escaparates finos, unos en ocasiones tienen vidrio que separa telas increíblemente finas de la calle, así como vestidos de mangas holgadas e imponentes cortes. Todas son muy bonitas, igual que las joyas que las acompañan.

Antes Declan me había contado sobre aquí, igual que Viv, pero no pude imaginarlo entonces. Es como si todos vivieran la vida por la que el mundo entero trabajaría toda su existencia, y ni siquiera les impresionara.

En este lugar, la gente viste muchas joyas, así sea de forma convencional como en la ropa o vestidos, broches y gabardinas. Es impresionante, al punto que me siento un poco fuera de lugar.

Sin embargo, me impresiona de igual forma mi manera de vestir esta tarde. Los chicos no visten distinto, llevan los uniformes negros de siempre, y como siempre, no dejo de hacer bromas con Declan por el camino cuando no para de fastidiarme sobre que parezco de la verdadera nobleza vestida así.

Me llamó aristócrata, es un tonto. Me parece un insulto para esas personas.

La casa en la que nos detenemos con el equipaje es impresionante. Se podría decir que estamos visitando una casa de la más alta sociedad de Ciudad Carta, porque incluso tiene un jardín y un timbre moderno en el que llamamos, y nos abren al poco rato la reja. Hay un sendero de piedras perfectamente pulido, y por el que avanzamos sin prisas hasta una casa de fachada blanca con ventanales cubiertos por cortinas color menta.




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