El secreto de Poregrath

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Cassander

Cuando la luz de la mañana me da en la cara, no me sorprendo. En realidad, no pude dormir nada desde que desperté la primera vez, y aún era de madrugada.

No dejo de pensar en Rhea, en lo que le hice. Pero ese secreto me carcome de una forma impresionante, y por primera vez, me atrevo a decir que el miedo podría estar consumiéndome.

Si ella se enterara de que quise a alguien más, que estuve dispuesto a perder mucho, ¿todavía me querría?

Si supiera que el nombre de otra mujer solía ser mi palabra favorita, ¿todavía le brillarían los ojos al escucharme decir el suyo?

Asterin fue mi primer amor y prometí que sería el último ante mí mismo. Porque ese amor mató las ilusiones de cualquier existencia del mismo que yo podía creer. Esa mujer era la esencia misma de mi vida, el tiempo en que no estuvo engañándome.

Asterin era una princesa. Yo, el mejor amigo de su hermano, el príncipe Declan Trelbeth. Cuando tuve quince años, me fijé por primera vez en su hermana. Asterin, una muchacha de piel canela y rubia de cabello lacio, era mi ilusión constante al ir al castillo, a pesar de ser ella un par de años mayor que yo. En parte, al día de hoy, le agradezco que me enseñara que la vida no se toma desenfrenada.

Porque me lanzó de golpe de vuelta a la realidad. Le confesé mis sentimientos en una de las veces que el príncipe y yo nos despedimos.

Ella, extrañamente, me correspondió. Aunque tenía más pretendientes de los que era posibles contar con los dedos, una muchacha como ella alimentó las ilusiones de un ingenuo chico de quince años.

Ella me contaba de su vida en el palacio, y a los ratos en los que no estaba con su hermano, hablábamos bajo las estrellas antes de que yo volviera a casa. Así fueron dos largos años, hasta que me enteré de que todo ese tiempo ella había estado comprometida.

Que jugaba conmigo y mis sentimientos. Y por primera vez en mi vida, tuve el corazón roto.

Pero lo peor de mi insensatez, es el rumor que Stelian mencionó cuando fuimos a llevar las joyas la primera vez. Porque hasta donde supe unos años después, es posible, hay una minúscula posibilidad, pero la hay de que yo tuviera algo que ver.

No puedo cambiar eso. Tampoco puedo cambiar lo que esa chica me quitó. Me quitó por un buen tiempo la esperanza de que alguien me quisiera de verdad, porque me hizo sentir como una distracción, un capricho más.

Cosa que, demasiadas personas, lo giraron en favor de la princesa. Mis padres se enteraron, y aunque ya no estaban juntos, fue mi madre quien decidió con quién me quedaría, a pesar de repetir su historia, según mi padre se encargó de recalcarme. Ella le había sido infiel en algún momento, y por eso Lorine nunca estuvo en su mente como su hija.

Pero yo no quería separar a Asterin de quien sería su esposo sólo unos meses. Yo creí que se separaron porque había cometido otra situación parecida con más personas, cualquier otra cosa menos lo que de verdad pasó.

Yo me pasé meses maldiciendo el tiempo que estuve con ella, en que creí en esa palabra absurda. Tiempo después, se supo que su esposo, un príncipe extranjero, la había dejado por una razón bastante vil: ella estaba embarazada.

Cada vez que recuerdo que una vida..., no. Que dos vidas inocentes se terminaron por mi culpa, me entran ganas de tomar la daga y clavármela. El peso de mis errores amenaza constantemente con estropear mi vida, con recordarme que no puedo permitirme estar con alguien a quien quiero, porque como dijo Declan, es como si le presumiera que yo sí pude ser feliz después de que su hermana se fuera.

Pero Declan es mi mejor amigo y lo traicioné cuando Rhea me eligió a mí, más incluso que cuando no le conté que estaba viéndome con su hermana. Se enteró por otra persona, y estoy muy seguro que debió ser quien se lo mencionó a Rhea en primer lugar.

La sombra de la ruina cayó sobre el reino al partir su princesa, dejando fuera cualquier prosperidad. Había una única solución, y era que el príncipe heredero ascendiera al trono después de casarse. Por supuesto, Declan no estaba listo para ser rey. Me suplicó irse conmigo y mi padre cuando nuestro grupo de comercio cambió de sitio, y así fue.

Desde entonces, se piensa que el príncipe desapareció, y nosotros creemos que el reino podría tener más que contar, pues ¿quién podría ser la heredera de la que una vez se nos habló de camino de vuelta al campamento desde el este? No tengo intención de saberlo, de todos modos.

Sólo espero que mi horrible pesadilla no me separe de Rhea. Porque estoy convencido de que la amo y no quiero estropearlo todo.

Ese pensamiento me hace levantarme, movido por absoluto pánico.

El sol ya está en lo alto, así que deberían estar todos ya despiertos, pero al salir al corredor, veo que todas las habitaciones siguen cerradas, a excepción de dos entreabiertas. Posiblemente fueron a algún sitio.

Entro de nuevo a la habitación, y no es hasta pasada una hora que me pongo los mitones de cuero y me dispongo a abrir las cortinas para dejar pasar la claridad. Y entonces los veo. Hay un muelle frente al hotel, y todos están sentados en él, arrojando rocas o simplemente conversando.

Cuando Declan se dispone a lanzar una, todos aplauden cuando llega varios metros lejos. Todos parecen felices excepto ella. Rhea está mirando el agua, las ondas que la agitan.

La observo como si fuera la primera vez. Me pregunto si vale la pena que su sonrisa se borre por algo como lo de anoche. Ella no merece mis arrebatos, no quiero volver a perder el control estando juntos.

Termino de cambiarme, me ato las botas y sólo entonces los escucho volver por el pasillo, entre risas y comentarios sobre el torpe lanzamiento de Viverette.

No salgo de la habitación. Todavía no sé qué voy a decirle a Rhea cuando me cruce con ella.

Parece que lo sabe, porque escucho que golpean la puerta con la argolla del exterior.




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