El secreto de Poregrath

32

Cassander

Terminamos de discutir sobre los mapas como media hora después, sin ni una sola intervención por parte del segundo al mando, y en cierto modo lo agradezco. Después del trato en la cantina vuelvo con Declan hacia el hotel, y aunque un par de guardias nos acompañan esto no puede ser más incómodo.

Al menos en este viaje nadie nos obliga a compartir opiniones y no tendrá intención de hacerlo de no ser que con todo lo que estuve hablando con Rhea se me ha forzado demasiado el sentido de culpa.

Es una locura, pero ahora quiero que hablemos sobre lo que pasó en Ciudad Carta, y es que ella me dijo que cuando sugirió lo del viaje en barco él le dijo que sí sin demasiadas explicaciones.

No pienso todavía de qué modo sacarlo a relucir, así que es justo la distancia la que me obliga a actuar. Cuando dejo los mapas junto a los sacos de armas en uno de los vehículos fuera del edificio, veo a Declan ordenando estos al lado de las cajas de provisiones.

Estamos solo nosotros ahora en las calles vacías.

—Es una tontería seguir con esto —murmuro, incapaz de seguir callándome.

No es un secreto que no tengo tacto, pero creo que fue el peor momento para demostrarlo.

Declan me mira sobre el hombro, pero continúa con lo que hace.

—No tiene sentido —repito, acercándome hasta apoyarme en la madera a mi espalda a una buena distancia de mi amigo—. Tenemos que hablar ya.

—¿Tú quieres hablar? —murmura, divertido—. Después de todo Rhea sí te golpeó la cabeza, porque no te gusta hablar de eso.

—No quiero hablar de otra cosa que no sea parar con esta estupidez —espeto, incapaz de concederle más—. Y no hables como si ella...

—Por favor, capitán —dice luego de reírse—, no se tome en serio mi comentario. Sólo digo que su hermosa novia le cambia las ideas a voluntad y usted no tiene inconveniente.

La poca paciencia que tenía se acaba.

—Sólo quería enfriar lo que sea que estuviera pasando. Ya veo que tú no tienes ganas.

—Es que tú no lo entiendes —se vuelve hacia mí por fin, irritado—. Destruiste a mi familia. Aun así, seguí a tu lado, Cass. Eras mi amigo, sin importar lo que otros me dijeran. Pero sin importarte nada a ti la apartaste de mí.

—Esa fue una decisión de dos —replico, sin poder creerlo—. Y si tienes algún comentario, no sólo me lo digas a mí. Pareciera siempre que tengo algo en tu contra de no ser que ahora estemos hablando sobre esto, pero Rhea no lo sabe.

—¿Y cuál es el propósito de esta plática? ¿Que me aleje de Rhea?

—Que no abras la maldita boca cerca de ella. Es todo. Traté de ir sin prisas sobre este tema, pero ya te apuraste bastante.

—¿El plan es parecer inocente a sus ojos para siempre? —me mira con furia contenida—. No eres perfecto, pero a ella la engañaría cualquiera.

—No hables así de Rhea si no está aquí para escucharte. No estoy de humor para dejar pasar nada.

—Nunca lo estuviste. Excepto cuando estaba Asterin, cambiaste radicalmente por ella.

—No quiero que la menciones aquí. No cerca de Rhea.

Se ríe, haciendo que yo apriete el puño.

—¿Por qué? ¿Fue un error, capitán?

—Sabes que así no fue como se dieron las cosas, lo sabes a la perfección.

—No —ambos sin paciencia ya, sube el tono—. Tú solamente. Eres el único que vivió eso, nadie más. No se te olvide que nunca tuviste la decencia de contarme nada.

—Era como un juego. No significó...

—No quieras dejar a mi hermana de lado, porque te destruyó la vida tanto como tú a ella en su momento. Te hundió. Te quitó todo el orgullo, y espero que Rhea te haga pasar lo mismo porque no te mereces ser feliz con ella.

—Siento interrumpirles, pero... Rhea podría escucharlos.

La voz de Viverette nos sorprende a ambos, y Declan sólo me dedica una mirada de furia contenida antes de alejarse hacia el interior del edificio. El resto debe estar en el muelle, ahora que lo pienso. Viverette dejó a sus amigos ahí.

Suelto el aire que había estado reprimiendo, mucho más enojado que al inicio.

—Tú le contaste sobre Asterin, ¿verdad? —empiezo, tratando de racionalizar mi molestia—. ¿Por qué?

—No lo hice —la chica me mira confundida antes de continuar—. Supuse que querrías hacerlo tú, pero sólo se me escapó el nombre.

—No quiero que lo sepa —digo al instante, sin importar lo desesperado que suene—. Por favor, no se lo cuentes.

—No se lo contaré —me tranquiliza luego de un rato, sin saber disimular su sorpresa—. No quiero arruinar lo que tienen, porque es lo que ambos necesitan.

No me molesto en negarlo, porque realmente no sé qué haría sin Rhea en mi vida ahora.

—Pero deberías hacerlo tú —murmura con cautela—. Antes de que alguien más lo haga, por supuesto. Podrías arrepentirte.

—Nunca se lo voy a decir. Jamás. No se puede enterar de eso, así que no vuelvas a mencionárselo.

Viverette, como casi todos en el campamento, tiene una historia interesante y es la razón de que esté en el campamento, tan unida a Declan más que a Rhea antes de que llegara.

Estaba prometida a uno de los nobles de Ciudad Carta desde mucho tiempo antes de conocerla, pero hasta donde yo supe era muy buena amiga incluso entonces. Declan la conoció porque cuando no estaba ocupado estudiando o haciendo cualquier cosa en el castillo, solía escaparse conmigo para ir por el pueblo. Un día, la vimos cerca del puerto. Estaba corriendo en dirección totalmente contraria a la nuestra, y Declan decidió seguirla.

Apenas la alcanzamos, la chica demostró estar muy herida y no físicamente.

Su familia había pactado su futuro, después de todo, y ella no tenía ni dieciséis años. En ese entonces yo todavía hacía un par de visitas al palacio, así que le conté a Asterin sobre ella. Se las arregló para hablarle a sus padres sobre los de la chica y fueron citados al palacio dándonos el tiempo perfecto para ayudarla a escapar de su casa.

Desde entonces, vivió en el palacio en secreto como una chica del servicio, y tiempo después al irnos ambos del pueblo, vino con nosotros. Tenía una vida hecha en el castillo siendo parte de la servidumbre, una vida segura, pero decidió venir y arriesgarse.




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