El secreto de Poregrath

34

Cassander

No hemos dicho mucho desde anoche, pero la verdad no puedo fingir que no me preocupa.

Rhea no pasa ni cinco minutos callada y durante todo el camino hacia el palacio no ha dicho una sola palabra.

Anoche sentí miedo por ella, pero no se lo confesaría. Pretendo pasar el día sin presionarla, pero no puedo imaginarme su inquietud. Fue como si yo viviera una pesadilla propia, porque ella no es así.

Sólo cuando estamos a mitad de camino y nos detenemos para acampar en otro sitio habla, y es porque le he pedido ayuda para escoger el armamento con el que la enseñaré hoy, porque gracias a su entrenamiento anterior descubrí que de verdad tiene talento para las armas.

—No quiero —es todo lo que dice, y es tan rápido que me sorprende.

Miro alrededor en el bosque, buscando a Viverette cerca para confirmar que es una broma entre ellas, pero no hay nadie cerca de nosotros. Estamos junto a la carroza, todos preparan el sitio. En realidad hicimos esta parada por pura innecesidad, pero últimamente me he puesto a pensar en que todos merecemos un descanso.

—¿No? —murmuro, desconcertado—. ¿Quieres que usemos otra? Hay varias espadas que...

Apenas la muevo un poco con la empuñadura para tendérsela, pero ella no despega la vista del metal en ningún momento.

Está angustiada a un nivel inquietante.

—¿Qué es lo que te pasa? —pregunto sin poder evitarlo.

—Yo... —se mueve el cabello detrás de los hombros, sin mirarme—. Yo ya no quiero aprender eso. No otra vez.

—¿Por qué no? —repito, y con lo siguiente la espada pesa más en mi mano.

—Sólo no quiero —pierde la paciencia, y su grito es más fuerte de lo que esperaba porque todos los que descargaban cosas nos miran ahora. Su respiración se asemeja a la de anoche, pero no para—. ¿No lo entiendes? ¡No quiero!

Me quedo en donde estoy, incapaz de moverme cuando pasa por mi lado furiosa para ayudar a Dewell y Viverette, que terminan de montar la fogata improvisada.

¿Qué fue exactamente eso?

Termino de bajar las armas con los demás, pero dejo a propósito el saco considerablemente lejos antes de pensar en acercarme a Rhea otra vez.

—¿Puedes escucharme? —casi le suplico, y al oírme Viverette se aleja de la fogata junto con Dewell. Rhea finge no verme mientras sigue atando la madera sobre donde irá el fuego—. ¿Por qué estás enojada conmigo?

—No estoy enojada —replica, pero la molestia parece vacilar para mostrar preocupación—. No quiero que me enseñes más, no es más que eso.

—¿Me tienes miedo? —pregunto sin rodeos, porque es lo único que tiene sentido—. ¿Es por eso? ¿Tienes miedo de que olvide que te enseñaba a ti y te lastime? Sabes que eso no pasará, no lo olvido nunca.

—No quiero que uses una espada otra vez —suelta antes de alejarse para internarse en el bosque, y es algo que quizá para ella tenga coherencia pedirme.

¿Cómo podría dejar de usar espadas? Es literalmente lo que nos salvaría de necesitarse. No la entiendo y dudo hacerlo pronto.




Reportar




Uso de Cookies
Con el fin de proporcionar una mejor experiencia de usuario, recopilamos y utilizamos cookies. Si continúa navegando por nuestro sitio web, acepta la recopilación y el uso de cookies.