El secreto de Poregrath

35

Rhea

Todos charlan cerca del fuego, y yo ayudo a Viverette a trenzar las flores para las guirnaldas que ha insistido en colocar en cada extremo del campamento cuando volvamos. Al parecer, es el aniversario desde que todos se unieron como miembros definitivos de un grupo comercial.

El bosque está oscuro gracias a la caída de la noche, pero no se siente para nada solitario. No, esta vez ocurren cosas distintas en nuestro campamento improvisado.

La alegría y las historias son protagonistas, e incluso el vino ha saltado de los vasos al chocarse.

Es como si todo estuviera resulto, todos los miembros ríen y conviven, deseosos de volver a casa.

Viv se levanta de mi lado cuando Dewell la toma de la mano para que practiquen una especie de baile junto con otros chicos, y mi amiga pasa entre varias parejas para que todos aprendan a la perfección, pues nadie más que ella debe conocer mejor los pasos. Hay un instrumento que toca Declan. No estoy segura de recordar su nombre, pero podría apostar a que se llama rabel.

Las melodías cambian y cambian igual que los gritos, porque es como si tuvieran que formar grupos y destruirlos. Se ve divertido, no puedo mentir.

Pero incluso rodeada de todo esto, no puedo estar del todo tranquila.

Todavía debo una disculpa.

Miro entre los chicos, y no hay rastro del capitán. Tengo que contener un suspiro, pero pronto mi orgullo cede y estoy encaminándome entre los árboles para encontrarlo.

A mi espalda se sigue escuchando la música, pero más adelante no se escucha absolutamente nada.

Sólo estoy yo y mis pensamientos.

Que en este momento no son los de siempre.

Esta era una de esas veces en las que temo que sea de noche porque no quiero dormirme.

Avanzo por el césped con cuidado, y me doy cuenta del estado en el que me encuentro cuando al encenderse un par de luciérnagas estuve a punto de correr.

Entonces lo veo: Cassander está unos pasos delante de mí, y continúa caminando hacia algún sitio.

—¿A dónde vas? —pregunto, y cuando se vuelve a mirarme puedo ver el alivio en su rostro. Al menos me tranquiliza no ser la única a la que inquietó el bosque esta noche.

—¿No deberías estar dormida? —murmura, y es la primera vez que noto lo que tiene entre las manos. Está tallando un pedazo de madera con una hoja de punta fina—. Te ves cansada.

—No lo sé, yo también creí que estaba cansada —murmuro, centrando la vista en el césped que brilla con tan sólo la luz de la luna—. Me siento extraña.

—Tendrás que ser un poco más específica.

—Es difícil de explicar. Siento que, si me duermo, nada será como antes.

—¿Tienes miedo de dormirte? —repite el pelirrojo, riéndose un poco esta vez.

Quiero que termine esta distancia entre nosotros, pero no lo hará si no le digo lo que la provocó.

—Tengo miedo de estar soñando justo ahora.

—Eso se llama ansiedad.

—No es ansiedad —replico, frustrada—. Simplemente no sé cómo explicar.

—Si te da tanto miedo estar soñando, puedes pellizcarte el brazo —me dice, y al notar mi mirada oculta la expresión divertida. Deja de lado lo que hacía para acercarme a él con un brazo, hasta que estamos tan cerca que puedo abrazarme a su cintura.

Suspiro, escuchando el ruido de la noche.

—¿Qué tienes miedo de que sea diferente? —pregunta, acariciándome el cabello.

—Nosotros.

No necesité pensarlo demasiado.

Parece que se esperaba esa respuesta, pero no dice nada.

—De verdad lamento haber perdido la cabeza —digo, sin saber cómo empezar. Apoyo la frente contra su pecho, y sus caricias se detienen cuando lo miro a los ojos por fin—. No sé... no sé en qué pensaba. Había algo que no estaba del todo... claro, pero ahora es distinto.

Silencio. Sólo se escucha el viento y yo espero que no escuche los latidos de mi corazón.

—Tienes sueño y sólo te estás forzando a no dormir —murmura el capitán un buen rato después. Esta vez no hay respuesta de mi parte. Se aclara la voz, haciendo más suave y lenta la caricia a propósito una vez que la reanuda—. Te llevaré de vuelta.

—Cass.

—Rhea.

—Lo lamento. Jamás podría...

—Sé que jamás podrías. Pero esta es nuestra última noche antes de volver al campamento y no conocernos, ¿recuerdas? No quiero pasarla sin ti.

No entiendo a qué viene tan poco interés en lo sucedido esta tarde, pero no tengo las ideas en completo orden para replicar.

Sólo espero lograr tenerlo antes de volver a casa.

...

Tarda mucho en hablar, pero agradezco no haberme dormido. Estamos ambos junto a la línea provisional de vigilancia que se ha inventado este tonto obsesivo, pero no replico en absoluto.

—En... en un reino que ambos conocemos..., una chica solía visitar un lago. Un lago cristalino capaz de reflejar únicamente a las almas más puras. Ella... solía viajar varios días sólo para pedir deseos, aunque la mayoría lo tachara de inútil...

Con cada palabra se aleja de ser la persona que conocía con apenas un día de diferencia.

—Ella era preciosa. Su presencia competía con las estrellas, y hacía que hasta el último soldado tirara a un lado su espada para que no le temiera. Como último deseo, suplicó que el soldado correspondiera a sus sentimientos...

—Ya no me cuentes más —digo, totalmente en serio mientras me aferro a él, que me abraza desde hace ya un rato. Niego—. Todos saben cómo termina.

—Pensaba que no conocías las historias del reino —dice, un poco confundido—. Además, no tiene nada de malo una historia sin finales felices.

—No es un final infeliz. Es un final horrible.

—Rhea, así es la vida a menudo y nadie se queja —replica, disfrutando con mi enojo—. Si te sirve de algo, a mí me gustaba mucho esta historia. Más que la del ladrón y la princesa, esa era una tontería. Esta es... realista.

—Deprimente. Tiene sentido que me la cuentes tú, le tienes fobia a hablar de finales felices.




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