El secreto de Selena.

Capítulo 3: Reencuentro.

Ethan.

Cinco años. Mil ochocientos veinticinco días. Los conté todos, aunque jamás se lo admití a nadie.

El hombre que descendió de la camioneta blindada frente a la torre Moore Tower no se parecía en nada al muchacho que lloró en un despacho lleno de vidrios rotos. Ese muchacho había muerto. Yo mismo lo enterré, y sobre su tumba construí un imperio.

Me ajusté los gemelos del traje oscuro mientras mis guardias formaban un pasillo humano hasta la entrada. Los flashes de los periodistas me golpearon el rostro, pero ni parpadeé. Había aprendido a caminar entre cámaras como quien camina entre moscas. Detrás de mí, mi asistente Daniel Rhodes revisaba su tableta con la eficiencia de una máquina.

—Señor Moore, la junta de accionistas lo espera en el piso cuarenta. Después tiene la reunión con los arquitectos y a las cuatro la cena con el alcalde.

—Cancela la cena.

—Es el alcalde, señor.

—Y yo soy el hombre que acaba de comprar la torre más alta de su ciudad. Que espere.

Daniel no discutió. Llevaba tres años a mi lado y sabía perfectamente cuándo debía callarse. Entramos al vestíbulo, un mar de mármol blanco y cristal donde decenas de empleados se pusieron firmes al verme. Murmullos. Saludos temblorosos. Miradas que se agachaban. Me gustaba ese silencio. Era el sonido del respeto, o del miedo, que para mí ya eran lo mismo.

Mientras subíamos en el ascensor privado, me miré en el espejo de acero. Treinta años. Barba perfectamente recortada, mandíbula tensa, ojos grises que ya no sabían suavizarse. Mi madre decía que cada día me parecía más a mi padre. Yo pensaba que me parecía más a lo que él habría sido si hubiera sobrevivido al mundo.

Los últimos cinco años habían sido una carrera sin descanso. Después de aquella noche, me arrojé al trabajo como quien se arroja a un incendio. Absorbí empresas, devoré competidores, expandí el apellido Moore por tres continentes. Los periódicos me llamaban el Lobo de los negocios. Decían que jamás soltaba lo que atrapaba, que jamás perdonaba una deuda, que jamás volvía a dar una segunda oportunidad. Tenían razón en todo.

La familia William fue lo primero que caí. Cumplí mi palabra de aquella mañana. Retiré cada centavo, cancelé cada contrato, y en seis meses la empresa de Charles William estaba en bancarrota. Supe que vendieron la mansión. Supe que se mudaron a una casa modesta en un barrio gris. Supe que Charles tuvo un infarto el invierno siguiente y que se recuperó a medias. No sentí lástima. O eso me repetía cada noche frente al espejo.

Lo único que no había podido conseguir era a ella.

Selena William desapareció del mapa como si la tierra se la hubiera tragado. Contraté a los mejores investigadores del continente. Rastrearon su nombre en hospitales, en bancos, en registros de alquiler, en aerolíneas. Nada. Se había ido sin dejar una sola huella, sin tarjetas, sin teléfono, sin una dirección que pudiera seguirse. Al principio, la rabia me alimentaba. Pensaba que se había ido con su amante, que vivían felices en alguna playa pagada con dinero robado a su familia. Pero ni siquiera él aparecía en ninguna parte. El hombre de aquella noche se evaporó igual que ella.

Eso me atormentó durante meses. Porque no tenía sentido.

—Señor —dijo Daniel, sacándome de mis pensamientos—. Hemos llegado.

Las puertas del ascensor se abrieron en el piso cuarenta. La sala de juntas era un cubo de cristal con vistas panorámicas a toda la ciudad. Diez hombres en traje se levantaron de sus sillas. Les hice un gesto seco para que se sentaran.

La reunión duró dos horas. Cifras, proyecciones, discursos vacíos. Yo escuchaba a medias. En algún momento mi mente se escapó hacia la ventana, hacia los edificios que se extendían hasta el horizonte, y me pregunté, como me preguntaba tantas veces sin querer, en qué calle estaría ella. Si tendría frío. Si tendría hambre. Si pensaría en mí.

Me odié por esa pregunta. La aparté con violencia.

Al terminar, Daniel se acercó con el rostro más serio de lo habitual y me habló al oído.

—Señor, necesito comentarle algo en privado.

Salimos al pasillo. Cerró la puerta de la sala y bajó la voz.

—Recibí un informe esta mañana del agente Vargas. El investigador que usted mantiene en nómina desde hace cuatro años.

Me detuve en seco.

—Habla.

—Dice que ha encontrado una pista. Una mujer con el nombre de Selena, sin apellido registrado, trabaja desde hace dos años en una empresa de limpieza que presta servicios en varios edificios de esta ciudad. Una mujer que coincide con la descripción física. Cabello castaño, ojos oscuros, alrededor de veintiocho años.

Sentí que algo se contraía en mi pecho. No fue emoción. Fue instinto. El mismo que mi padre decía que tenían los lobos justo antes de la caza.

—¿Dónde?

—Eso es lo que quería decirle, señor. Una de las torres donde presta servicio es esta.

El silencio que siguió fue tan denso que pude oír mi propio pulso.

—¿Esta torre?

—Sí. Moore Tower. Aunque no estamos seguros de que sea ella. Hay miles de mujeres que se llaman Selena. Podría ser una coincidencia.

—Yo no creo en las coincidencias, Daniel. —Mi voz salió baja, y vi que mi asistente retrocedía un paso casi sin darse cuenta—. Quiero que me traigas la lista completa del personal de limpieza. Nombres, turnos, pisos. Ahora.

—Ya la pedí. Estará lista en veinte minutos.

—No voy a esperar veinte minutos.

—Señor, tal vez sería mejor que...

—Dije que no voy a esperar.

Caminé hacia el ascensor. Daniel me siguió a toda prisa, con los dos guardias detrás. Mientras descendíamos, noté que mis manos estaban frías. Las apreté en puños dentro de los bolsillos para que nadie lo notara.

Pensé en ella. Sin querer, con una crueldad que ni yo me perdonaba, pensé en la tarde de lluvia, en la biblioteca, en su risa nerviosa. Pensé en cómo me había mirado cuando le entregué el anillo. Pensé en lo que dijo la noche anterior a la boda, por teléfono. Prométeme que me vas a escuchar hasta el final.




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