El secreto de Selena.

Capítulo 5: Depredador.

Ethan.

Hay hombres que cazan por hambre y hombres que cazan por placer. Yo había dejado de ser lo primero hacía mucho tiempo.

Esa noche no dormí. No lo necesitaba. Me quedé en el asiento trasero del auto, con los cristales oscuros y el motor encendido, mirando el edificio de ladrillo sucio donde la mujer que había destruido mi vida se escondía como una rata en su madriguera. Cuatro pisos. Balcones oxidados. Una farola que parpadeaba frente a la entrada y un perro sin dueño hurgando en la basura. Aquella era la vida que Selena William había elegido tras traicionarme.

Debí sentir satisfacción. Y la sentí, al menos al principio. Fue una dulzura oscura, casi física, ver el barrio miserable donde terminó la mujer que alguna vez soñó con vivir en mis jardines. Pero luego vi la luz de una ventana del tercer piso encenderse, y una sombra asomarse detrás de la cortina, y algo me removió el estómago de una forma que no supe nombrar.

Era ella. La reconocí por la manera de apartar la tela, con dos dedos, con cautela. La manera de quien ha aprendido a mirar el mundo sin que el mundo la vea.

Me hundí en el asiento. Sonreí.

Sí, que mire. Que tiemble. Que sepa que el lobo ya conoce el camino hasta su cueva.

—Señor —dijo Daniel desde el asiento del copiloto, con la voz baja—. ¿Seguimos aquí?

—Hasta que apague la luz.

—Son las tres de la madrugada.

—¿Y?

Daniel guardó silencio. Un buen empleado sabe cuándo una pregunta no merece respuesta.

La luz de la ventana se apagó veinte minutos después. Me quedé mirando la oscuridad otro rato, con las manos apoyadas en las rodillas y la mandíbula tan apretada que me dolían los dientes. Entonces ordené que arrancaran.

Mientras el auto se alejaba, saqué mi teléfono y abrí el informe que Vargas me había enviado horas antes. Lo había leído tres veces, pero volví a leerlo.

Dirección: Calle Brook 414, apartamento 3B. Alquiler mensual: seiscientos dólares, pagados siempre con retraso de dos o tres días. Sin pareja registrada. Sin vehículo. Sin cuentas de ahorro. Una cuenta corriente con saldo promedio de ochenta dólares. Una vecina anciana, llamada Rosa Benítez, que entra y sale del apartamento a diario.

Y una línea, casi al final, que mi mirada rozó sin detenerse.

Se ha observado la presencia de menores en el domicilio. Identidad no confirmada. Posiblemente hijos de la vecina o de otros inquilinos del edificio.

Lo descarté de inmediato. Niños. En un edificio como aquél siempre había niños, correteando por los pasillos, llorando detrás de las paredes finas. No tenía importancia. Lo que sí la tenía era que Selena vivía sola, sin hombre, sin protector, sin nadie. Que estaba tan desnuda frente al mundo como la primera noche que la arrojaron a la calle.

Perfecto. Una presa sola es una presa que no puede huir.

Llegué a mi ático a las cuatro de la mañana. Me serví un whisky que no me bebí y me quedé de pie junto al ventanal, con la ciudad dormida a mis pies. Pensé en la oficina, en su rostro pálido, en la forma en que había sostenido mi mirada con una valentía que no esperaba. Pensé en la frase que me dijo al irse. Algún día vas a lamentar lo que estás haciendo.

Qué atrevimiento. Qué descaro.

Y sin embargo, aquella frase se me había enganchado en la garganta como un hueso. Porque no la dijo con odio, ni con rabia. La dijo con una pena enorme, la clase de pena que se siente por alguien que está a punto de cometer un error irreparable.

Apreté el vaso hasta que el cristal crujió.

No. No iba a permitir que aquella mujer me hiciera dudar. Ya me había hecho dudar una vez, y todo lo que había construido desde entonces se sostenía precisamente sobre mi decisión de no volver a hacerlo.

Aparté el vaso. Me dije que su dolor no me conmovía. Que su miseria era justicia. Que cada lágrima que derramara sería una moneda más en la deuda que me debía.

Y decidí que al día siguiente empezaría a cobrarla.

A las siete menos cinco ya estaba en mi despacho. Había cambiado el traje oscuro por uno gris carbón, con camisa negra, sin corbata. Me gustaba que se me viera cómodo, relajado, un animal en su territorio. Me senté tras el escritorio, entrelacé los dedos y esperé.

A las siete en punto, la puerta se abrió con un golpe tímido.

—Adelante.

Selena entró empujando un carrito de limpieza que chirriaba con cada giro de las ruedas. Llevaba el mismo uniforme gris, el cabello recogido en la coleta de siempre y el rostro limpio de maquillaje. Tenía ojeras que ni el cansancio ni la luz del amanecer lograban disimular. Evitó mirarme. Se detuvo en el centro de la oficina, con las manos entrelazadas delante del vientre.

—Buenos días, señor Moore.

Señor Moore. Dos palabras que sonaron a cadenas. Me gustó. Me gustó más de lo que debía.

—Llegas puntual.

—Usted dijo a las siete.

—Dije en punto. Y son las siete y veintiséis segundos.

Alzó los ojos, desconcertada, y entonces comprendí que el juego sería más divertido de lo que esperaba. Había una forma de crueldad que no necesita violencia. Basta con la regla arbitraria, con el castigo sin motivo, con el capricho disfrazado de norma. Mi padre decía que el poder verdadero no se grita. Se ejerce con una sonrisa.

—Lo siento —murmuró.

—No lo sientes. Pero aprenderás a sentirlo.

Rodeé el escritorio, con la lentitud de quien disfruta cada paso, y me detuve frente a ella. Dejé que mi mirada la recorriera de arriba abajo, sin pudor, como quien tasa un objeto de segunda mano. Vi cómo se tensaba. Vi cómo el rubor le trepaba por el cuello. Y sentí un placer rastrero, bajo, que me asqueó y me embriagó al mismo tiempo.

—Quiero este despacho impecable —dije—. Los cristales, el mármol, el escritorio, las estanterías. Cada rincón. Y quiero que lo hagas de rodillas.

Selena abrió los ojos de par en par.

—¿Qué?

—Me has oído.

—Ethan...




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