El secreto de Selena.

Capítulo 8: Dibujo.

Selena

Me di cuenta en el ascensor.

Fue un presentimiento, un frío en la nuca, y mis dedos buscaron por instinto el bolso que colgaba del carrito. La solapa estaba abierta. Rebusqué entre el monedero, las llaves, el pañuelo arrugado, el frasco de crema para las manos agrietadas. Todo estaba allí. Todo menos una hoja doblada en cuatro.

Se me aflojaron las rodillas.

Evan lo había dibujado la noche anterior, en casa de Rosa, mientras yo secaba los platos. Me lo entregó muy orgulloso antes de dormirse, con la lengua entre los dientes y las manos manchadas de cera. Tía Selena y sus espías, había dicho, deletreando las letras con ayuda de Rosa. Yo lo doblé y lo guardé en el bolso para llevarlo conmigo, para tener algo de ellos mientras trabajaba, un pedazo de cielo en medio del infierno.

Y ahora no estaba.

Pulsé el botón del piso veintidós y luego el del cuarenta y cinco, sin saber qué hacía. Subí. Bajé. Me quedé con la frente apoyada contra el acero frío de la pared, tratando de recordar el último momento en que lo había visto. Lo guardé en el bolsillo lateral. Estaba segura. Luego, en el despacho de Ethan, el bolso se resbaló del carrito. Cuando Victoria entró, lo recogí a toda prisa.

No. No lo recogí. Lo dejé caer otra vez al salir. Y no me di cuenta.

Cerré los ojos. Ethan lo tenía. Lo había visto. Tenía que haberlo visto.

Pero ¿qué había en ese dibujo? Una casa, un sol, una mujer, tres niños y un lobo. Tres niños de ojos pintados con crayón gris. Un lobo solitario mirando de lejos. Un título escrito con letras torcidas. Cualquier persona con un mínimo de sentido común vería un dibujo infantil, el garabato de un crío de cuatro años. Pero Ethan no era cualquier persona. Ethan era un hombre que llevaba cinco años estudiando cada uno de mis gestos. Y el gris de aquellos ojos era su gris.

Sentí que me ahogaba.

Las puertas se abrieron en el piso veintidós. Marta me esperaba con una cara de funeral.

—Selena, ¿dónde andabas? La jefa ha preguntado por ti tres veces. Dice que si sigues desapareciendo, tendrá que llamar al nuevo dueño.

—El nuevo dueño me tiene asignada a su despacho. Está todo en orden.

—Sí, eso me ha dicho. —Marta bajó la voz y me apretó el brazo—. Cariño, ¿qué te está haciendo ese hombre? Hoy te vi salir de su oficina y parecías un fantasma.

—Nada, Marta. Es un jefe exigente.

—Los jefes exigentes no ponen rosas blancas en los jarrones de las limpiadoras.

—No eran para mí.

—Entonces para quién.

No supe qué responder. Me limité a mirarla, y ella leyó algo en mi cara que le hizo callar. Me abrazó brevemente, con su fuerza de mujer corpulenta, y me dio una palmada en la espalda.

—Si necesitas algo, grita.

—Gracias.

Seguí con mi trabajo como una autómata. Fregué pasillos, vacié papeleras, limpié cristales. Mis manos se movían solas mientras mi mente daba vueltas, como un animal enjaulado, alrededor de la misma pregunta. ¿Qué haría Ethan?

Porque lo conocía. O lo había conocido. El Ethan de antes habría guardado el papel en silencio y se habría quedado pensando durante días, rumiando cada detalle hasta encontrar el hilo del que tirar. Era metódico, obsesivo, incapaz de dejar una duda sin resolver. Eso me enamoró de él, su manera de escuchar, de atar cabos. Y eso, ahora, me aterraba.

A las doce y media me avisaron por el intercomunicador. El señor Moore requería mi presencia en su despacho. Inmediatamente.

Las manos me temblaron sobre el mango de la fregona. Respiré hondo tres veces. Me recogí un mechón suelto. Y subí.

Esperaba cualquier cosa. Que me tirara el dibujo a la cara. Que me interrogara con aquella frialdad letal. Que llamara a sus guardias. Pero cuando entré, lo encontré de espaldas, mirando por el ventanal, con las manos cruzadas detrás de la espalda y los hombros rígidos. No me volvió el rostro cuando oyó la puerta.

—Cierra.

Cerré. Esperé.

—¿Quién es la tía Selena? —preguntó.

Sentí que el corazón se me detenía en seco. Aquello no lo esperaba. No en ese tono, tan quedo, tan carente de furia.

—No sé de qué habla.

—Se te cayó esta mañana. Un dibujo. —Se volvió muy lentamente, y vi en su mano la hoja doblada—. Tía Selena y sus espías. Dime, ¿quién lo hizo?

Tragué saliva. Había ensayado mil respuestas en mi cabeza durante la mañana y todas me parecieron absurdas.

—Un niño.

—Evidente.

—Un niño del edificio. Uno de los nietos de mi vecina. Me lo dio ayer como regalo. Les ayudo con las meriendas, a veces.

—¿Y por qué te llama tía Selena?

—Porque soy la vecina de su abuela. Los niños llaman tía a cualquier adulto que les cae bien. Es una costumbre.

—¿Y por qué te dibujó con tres niños?

—Porque son tres hermanos. Se dibujaron a sí mismos conmigo.

—¿Y el lobo?

Me quedé muda.

Ethan avanzó un paso. Luego otro. Sus ojos, esos ojos que ahora tenía de frente y que me quemaban la piel, no se apartaban de los míos.

—Hay un lobo, Selena. Mirando desde lejos. Solo. Sin pertenecer a la familia. —Levantó el papel, sin mirarlo—. ¿Por qué un niño de cuatro años dibujaría un lobo en un retrato de su familia?

Se me secó la garganta. No había dicho de cuatro años. Había dicho un niño. Pero Ethan acababa de calcular su edad solo por el trazo, o por algo más. Lo vi en su mirada. Había empezado a armar el rompecabezas.

—Les gustan los cuentos de lobos —dije, con la voz más estable que pude—. A todos los niños les gustan. Es lo que se lee en las escuelas.

—Los lobos suelen ser los malos de esos cuentos.

—No siempre.

—¿Y en este?

Cerré los puños a los costados. Tenía que improvisar algo creíble. Algo que lo descolocara. Y entonces, con una intuición brutal que me dio vergüenza de mí misma, decidí usar su dolor como escudo.

—En este, el lobo es un animal triste —dije en voz baja—. Que perdió a su manada por un malentendido y que no sabe que sus cachorros lo esperan.




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